Cien clavos

Guión: Ermanno Olmi. Intérpretes: Raz Degan, Luna Bendandi, Amina Syed, Michele Zattara, Damiano Scaini. 92 min. Adultos.

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En la antigua biblioteca de la Universidad de Bolonia cientos de incunables aparecen desgarrados por un clavo en un acto vandálico que parece haber cometido un loco. Al mismo tiempo, un prestigioso y atractivo profesor de esa universidad decide dejar su empleo para vivir en una pobre cabaña a orillas del Po.

El veterano realizador italiano Ermanno Olmi, autor de joyas como La leyenda del santo bebedor o El árbol de los zuecos, se despide del cine de ficción (a partir de ahora solo rodará documentales) con una película tan sencilla en su realización como compleja en su interpretación. La cinta arranca con una fuerza arrolladora con la investigación del sorprendente atentado para después instalarse en un tono más pausado y, también, en cierto sentido, más convencional.

En el segundo tramo, Olmi vuelve a demostrar su pericia en mostrar la vida humilde de las “personas de a pie”. En estas escenas serenas y bellamente fotografiadas -un magnífico legado visual- parece encerrarse la propuesta de Olmi: la defensa de la vida sencilla y material frente a la complicación de la intelectualidad.

Sorprendentemente en un autor que siempre ha destacado por su espiritualidad y que, de hecho, ha elegido cerrar una etapa de su carrera rodando una cinta con una fuerte presencia de la religión, su crítica parece también extenderse a la propia religión. Incluso podría decirse que su última película es una amarga imprecación a un Dios que no ha logrado salvar al mundo del sufrimiento. Sin embargo, en medio de esta queja, hay también indicios de que la postura de Olmi no es la de un agnóstico simplista sino la de un artista que rinde un tributo a otro Artista al que no acaba de entender, que a veces se muestra cercano y asequible, y otras, simplemente, desaparece.

En cualquier caso, como él mismo ha declarado, Cien clavos es un legado que habla de la fascinación de Olmi por la figura de Jesucristo y es quizás en sus propias palabras donde hay que buscar la interpretación a esta difícil, oscura, discutible y fascinante parábola.

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