Carrington

Director: Christopher Hampton.

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Intérpretes: Emma Thompson, Johnathan Pryce, Steven Waddington.

El guionista y dramaturgo Christopher Hampton peleó durante años -por lo que él cuenta- hasta conseguir productor para esta película, de la que es también guionista. Tiempo tuvo para mejorar el guión.

Sobre hechos y personas reales, construye la historia de la peculiar relación afectiva (1915-1932) entre la pintora Dora Carrington y el escritor Lytton Strachey, miembros del ahora hiperjaleado grupo de artistas e intelectuales de Bloomsbury. Como en otros acercamientos cinematográficos a esa época de la cultura inglesa, Hampton repite y repone el acento en lo extravagante y, en definitiva, en lo superficial. Superficial porque no se transmite lo que de valioso hubo, sin duda, en las obras de ese movimiento. Superficial porque de sus personas -está dicho- se subraya sólo lo chocante, en detrimento y olvido de la calidad y hondura que en toda persona inteligente y sensible hay. Y superficial porque se miente llamando libertad lo que es desatado libertinaje, y serenidad anímica y normalidad a lo que no pudo ser sino problemática interior, torturada conciencia y desarraigo; sin hacer referencia a las muchas causas que, de ser consideradas, apuntarían alguna explicación a tanto suicidio, por ejemplo.

Todo el film se queda en un gusto exquisito, así que el mérito debieran llevárselo el director de fotografía Denis Lenoir, la decoradora Caroline Amies, el vestuario de Penny Rose… Ni siquiera tiene especial consistencia la premiada interpretación de Johnathan Pryce en su papel de homosexual lleno de agudezas y frases felices; tampoco Emma Thompson sabe muy bien qué hacer con una Carrington inexplicada, y así los demás actores con sus personajes reales: como Samuel West con el escritor Gerald Brenan.

Dije gusto exquisito pero, poco a poco, se va convirtiendo en algo que bordea la descarada indecencia, a medida que la Carrington y el Strachey se sueltan el pelo con sus amigos y amigos, respectivamente -que es adonde parece que se quería llegar-; y el gusto exquisito se queda en fina hipocresía.

Pedro Antonio Urbina