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Guión: Nikita Mikhalkov, Vladimir Moiseyenko, Aleksandr Novototsky. Intérpretes: Sergei Makovetsky, Sergei Garmash, Aleksei Petrenko, Yuri Stoyanov, Nikita Mikhalkov. 159 min. Jóvenes. (VD)

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Hace 50 años Sidney Lumet dirigió un intenso y dramático film judicial sobre las deliberaciones de un jurado, Doce hombres sin piedad, a partir de un argumento ideado por Reginald Rose. El resultado rozaba la perfección, por lo que una nueva versión pasado medio siglo a cargo de un cineasta ruso, Nikita Mikhalkov, sonaba a capricho de director con pocas ideas, que trata de agarrarse a una trama sólida, de eficacia probada. Lo cierto es que Mikhalkov, con ayuda de sus coguionistas, conserva el esqueleto de la narración original, pero la sitúa en la Rusia actual, y así la enriquece con múltiples novedades en torno a los personajes.

Un jurado, compuesto por doce hombres, se retira a deliberar acerca del caso de un joven checheno acusado de haber asesinado a su padrastro ruso. Inicialmente el grupo se toma su misión frívolamente: su deseo es acabar cuanto antes lo que consideran una tarea ingrata, que les roba su valioso tiempo. Todos están convencidos de la culpabilidad del encausado, pero en realidad no se han detenido a considerar las pruebas. Sólo cuando uno de ellos rompe la unanimidad, en un arranque de dignidad que le lleva a hacer la consideración elemental de que están juzgando a un ser humano, comienzan a sumergirse en un caso que no sólo es el del acusado. Aquello les obliga a mirarse dentro de sí mismos y ahondar en tantas heridas del alma no cicatrizadas.

Es sorprendente lo que ha logrado Mikhalkov. Lo que parecía un artificio, situar la historia en Rusia, resulta revelador de este país. Pues se entra a considerar cómo se ha asimilado el sistema democrático, y se habla de los odios étnicos, la corrupción rusa, las desigualdades sociales, la desestructuración familiar. Y todo ello con enorme inteligencia, de modo que la cosa no resulta nada postiza. Todo lo contrario: sirve para indagar en el sentido trágico del pueblo ruso, con una magnífica contraposición de personajes, que trasladar la atención de unos a otros con gran naturalidad, muchas veces en soberbios duelos actorales que implican a dos o tres intérpretes. Podría reprocharse al film la acumulación de pasajes catárticos, pero se trata de un reparo menor. El entero reparto está sobresaliente, insufla vida ya sea al tosco taxista, al cirujano de orígenes humildes, al “nuevo rico” empresario televisivo o al tipo que siembra las dudas.

Mikhalkov no sólo exhibe un alto sentido dramático, o presenta una encomiable humildad al reservarse un papel pequeño, que sólo brilla hacia el final, sino que entrega un film muy cinematográfico, de perfecta fotografía, fabuloso uso del marco del gimnasio escolar donde está reunido el jurado, e inspirada partitura musical. Los flash-backs acerca de los antecedentes del crimen son muy reveladores y nada torpes, con momentos muy intensos. Y estampas como la pelota de baloncesto atascada en el tablero de la canasta, del pajarillo encerrado, de la tubería vista o de una imagen de la Virgen olvidada, son muy gráficas acerca de lo mejor y lo peor de los rusos.

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