Un Papa que trae aires de reconciliación

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Duración lectura: 9m. 57s.

La comparecencia de Obama y Raúl Castro, el 17 de diciembre de 2014, para anunciar el próximo restablecimiento de las relaciones entre Cuba y EE.UU., fue una sorpresa para todos los cubanos –para la inmensa mayoría, una grata sorpresa–, y el asombro fue mayor cuando ambos mandatarios agradecieron la mediación de una figura de bien ganado prestigio: el Papa Francisco.

Hay un nuevo clima en las relaciones entre el gobierno, la Iglesia en Cuba y el Papa

Ese sentimiento de gratitud, de parte de 11 millones de cubanos que han vivido cinco décadas oyendo hablar de EE.UU. como el enemigo eterno y que están hartos de retórica vacía y de penurias económicas, es el que precede a la llegada del Pontífice a la Isla. Gracias a su mediación, escribe Willy Pino, obispo de la oriental ciudad de Guantánamo, “se respiran aires de esperanza en nuestra vida nacional por las nuevas posibilidades de diálogo que están teniendo lugar entre EE.UU. y Cuba. ¡No es fácil vivir peleados con el vecino de al lado! Por eso es muy importante lo que viene haciendo el Papa, como Pastor universal de la Iglesia, en la búsqueda de la reconciliación y la paz entre todos los pueblos de la tierra”.

Así pues, se palpa un clima de alegría por la visita de Francisco, que llegará como “Misionero de la Misericordia”, y es una sensación que se extiende a los no católicos e incluso a los ateos. “El ambiente es similar al de la visita de Juan Pablo II, pues la de Benedicto hizo menos olas en general –me comenta Emilio, profesor de Literatura Inglesa–. Casi todas las personas con las que he conversado del tema tienen pensado ir a la misa del día 20 en La Habana. Yo, que no soy católico, espero ir, y como yo unos cuantos miles más”. “Tú sabes que no soy creyente –añade Ana, periodista de un medio oficial–, pero este Papa me encanta, es muy natural, original, y se mete en asuntos peliagudos. Me ha causado tan buena impresión como Juan Pablo. ¡Como todos!”.

De La Habana a Holguín, y a Santiago

Esa buena disposición general la podrá constatar el Papa desde el instante en que pise suelo cubano, en la tarde del sábado 19 de septiembre. En el recorrido de 18 kilómetros que cubrirá su vehículo entre el aeropuerto capitalino y la Nunciatura Apostólica, se encontrará previsiblemente con el afecto de miles de habaneros, y al día siguiente, otras decenas de miles asistirán en horas de la mañana a la celebración de la eucaristía en la Plaza de la Revolución. A tenor de esto, un dato curioso: en el altar, Francisco tendrá a su izquierda el edificio del Ministerio del Interior, en cuya fachada luce la efigie de un paisano suyo: el Che Guevara, cuya concepción del mundo estaba justamente en las antípodas de la que profesa Bergoglio.

Ese mismo día, en horas de la tarde, será recibido por Raúl Castro en el Palacio de la Revolución (algunas fuentes aventuran una reunión también con el ex presidente Fidel Castro), y acto seguido acudirá a la Catedral Metropolitana, donde celebrará las vísperas con los sacerdotes, religiosos y seminaristas, terminado lo cual saludará a los jóvenes congregados en el exterior del cercano Centro Cultural Félix Varela.

El lunes 21 de septiembre, el Papa volará temprano hacia la oriental provincia de Holguín, en cuya bahía de Nipe se encontró en 1612 la imagen de Santa María bajo la advocación de la Virgen de la Caridad. En la capital provincial oficiará la santa misa y, posteriormente, bendecirá la ciudad desde la Loma de la Cruz, elevación en la que un fraile franciscano colocó en 1790 una cruz que aún se conserva.

En un país harto de retórica vacía y de penurias económicas, la visita del Papa aporta esperanza

Momentos después, el Papa se desplazará hasta Santiago de Cuba, donde se reunirá con los obispos en el Seminario San Basilio Magno, contiguo al Santuario de la Virgen de la Caridad, en el poblado santiaguero de El Cobre. Justo allí, en la basílica dedicada a la Patrona de Cuba, celebrará la eucaristía en la mañana del martes 22. Posteriormente, sostendrá un encuentro con las familias en la Catedral de la arquidiócesis, y al concluir, partirá en su avión hacia Estados Unidos.

El “exilio” de la Iglesia, un mal para toda la nación

La visita de Francisco marca en la Isla caribeña un paso más en la normalización de los nexos entre Iglesia y Estado, unos vínculos sobremanera tensos décadas atrás, cuando La Habana tenía en el bloque comunista europeo su principal sostén económico y en Moscú su mayor aliado ideológico.

Signo temprano de hacia dónde iba escorándose la nave es la carta ¿Roma o Moscú?, de 1961, en la que el entonces arzobispo de Santiago, el gallego Enrique Pérez Serantes, llamaba a los católicos cubanos a estar alerta ante el influjo del comunismo y advertía sobre sus fatales efectos en la educación y la familia. El prelado, que en 1953 había intercedido para salvar la vida a Fidel Castro tras su frustrado asalto a un cuartel santiaguero (1), había acogido inicialmente con entusiasmo el proceso revolucionario, pero la progresiva hostilidad contra la Iglesia, que se tradujo en la confiscación de colegios y templos católicos, así como en el exilio forzoso de sacerdotes y religiosos, terminó decepcionando al obispo y configurando una muy áspera relación Iglesia-Estado, que duraría décadas.

El exilio interno en que vivió la comunidad católica cubana, sin acceso a los medios de comunicación y sin posibilidad de continuar su labor educativa, dejó huella en la Iglesia, pero no solo en ella: el “destierro de Dios” de la escuela, la forzada ausencia de cualquier manifestación o símbolo religioso en los centros laborales y educativos, y la ciega fidelidad al jefe del Estado, paradójicamente dotado de una versión terrenal del don de la infalibilidad, se tradujo en el alejamiento de muchísimos fieles (2), en una pérdida de valores morales y en un desfiguramiento de la familia como centro de estos.

Los tristes frutos se cosechan hoy: son un materialismo rampante, una ausencia de compromiso con el bien común, y una agresiva falta de civismo sobre la que el propio Raúl Castro ha llamado la atención. “Por todas partes –abunda Mons. Pino– encontramos miserias morales, espirituales, sociales, intelectuales, psíquicas, materiales… y encontramos también gente que se insensibiliza ante el dolor humano. Muchos se quejan de la dureza con que los tratan los demás. Aumenta entre nosotros un lenguaje sin misericordia. La violencia está a flor de piel. Hay agresividad en las familias, centros de trabajo, comunidades, etc.”

Nueva sintonía

En este contexto de destrozo moral es que la Iglesia intenta poco a poco recuperar espacios, no por su propio bien, sino por el bien de todos los cubanos, católicos o no. “Maestra en humanidad”, sabe que el pueblo está urgido de aprender la cultura del diálogo, algo necesario tras décadas de escuchar que el adversario político no era más que un “vil gusano al servicio de Miami”, al tiempo que, para no pocos en Miami, los cubanos de la Isla eran casi todos unos “comunistas irredentos”.

La Iglesia intenta poco a poco recuperar espacios en un contexto de destrozo moral y de falta de civismo

En esta labor de reconciliar y tender puentes se pueden cosechar algunos frutos, y más aún con Francisco a las puertas. El 1 de septiembre, por ejemplo, en un hecho inédito desde 1959, el cardenal Jaime Ortega fue entrevistado durante una hora en la TV cubana, en horario estelar, y días después, el diario Granma anunció que 3.522 reclusos serán indultados en ocasión de la visita del Papa, muchísimos más que los 200 que lo fueron durante la estancia de Juan Pablo II en 1998.

“Ahora hay una sintonía entre el gobierno cubano, el cardenal y el Papa –me explica un periodista extranjero que radica hace 25 años en la Isla–. Y todos van a tratar de aprovechar el asunto para sus diferentes proyectos. Es la misma negociación, pero con más confianza entre los participantes”.

Para algunos, sin embargo, no es el tipo de implicación que quisieran por parte de la Iglesia. Les gustarían pronunciamientos políticos más directos y contundentes del clero contra el gobierno, y mediante acciones más mediáticas, como los intentos de atrincherarse en templos católicos, pretenden forzar a la institución a posicionarse. Obvian, sin embargo, que ha sido la silenciosa mediación eclesial la que ha logrado en varias ocasiones la liberación de opositores políticos y obtenido la tolerancia gubernamental hacia ciertas manifestaciones y grupos contrarios.

Ante el relativismo, la necesidad de despertar

Para incidir con mayor efectividad, no obstante, la Iglesia debe “desclericarizarse”: ser quizás más activa en la formación del laicado; del laicado general, no de la pequeña corte que dirige ciertas estructuras eclesiales y que se preocupa más por “hallar gracia” a los ojos de la jerarquía que de conducir sus actos en modos testimonialmente cristianos.

Y debe, además, afinar la puntería, para que los escasos recursos con que cuentan sus publicaciones no se derrochen en divulgar futilidades y planteamientos extraños al Magisterio. Tras cinco décadas y más de asentir a “verdades” que demostraron ser aire, quienes llegan a los templos necesitan, para quedarse, algo más que los vistosos ornamentos de la arquitectura católica, o correrán el riesgo, pasado el entusiasmo por la visita de Francisco, de volverse por donde mismo vinieron y de dejar en stand-by el “retorno de Dios”.

Hoy, más que una ideología política concreta, el peligro es el relativismo que zarandea a Occidente y que se introduce en Cuba de modo más o menos sutil. Las corrientes que pugnan por tergiversar realidades como la familia, ven a la Iglesia cubana como el último valladar a derribar para imponer sus nuevas definiciones y “derechos” a una mayoría que no ha pedido modificación alguna de la institución familiar.

El materialismo, el relativismo y la acusada pérdida de valores son, en fin, algunas de las llagas que encontrará Francisco en tierra cubana, y no dejará de poner el dedo sobre ellas. Pero también hallará un pueblo que le acogerá con cariño y que prestará atención a las palabras de quien, con su oración y con su acción, le ha prestado un gran servicio.

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Notas

(1) En la historiografía revolucionaria se trató de anular el papel de Mons. Perez Serantes en este suceso. El periodista católico Juan Emilio Friguls (1919-2007), enviado por el cardenal Arteaga a acompañar al prelado santiaguero en esa misión, narró a este redactor la versión citada por Ignacio Uría en Iglesia y Revolución en Cuba: Enrique Pérez Serantes (1883-1968), el obispo que salvó a Fidel Castro, pp. 135-162.

(2) Según estadísticas vaticanas, 6,7 millones de cubanos son católicos, en una población de 11 millones de habitantes. La cifra esconde la realidad de que la inmensa mayoría de los que así se declaran no están bautizados y solo expresan su simpatía por la religión católica, o están bautizados y no practican la fe, o practican cultos afrocubanos sincréticos, muy difundidos.