Saldos de la revolución sexual

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El ruido de vestiduras rasgadas ante el Directorio de Pastoral Familiar publicado por los obispos españoles revela que muchos abanderados del pluralismo son adeptos del pensamiento único cuando de sexo se trata. Cabría esperar que en una sociedad que admite diversos “modelos familiares” no extrañara que la Iglesia propusiera el suyo, con la misma legitimidad que cualquier otro grupo. Mucho más cuando se trata de un programa para la actividad evangelizadora de la Iglesia, que ella decide en ejercicio de su autonomía. Pero aquí hasta los laicistas más acérrimos no se conforman con la indiferencia, sino que aspiran a dictar a la Iglesia lo que tiene que decir, so pena de linchamiento mediático.

Este tipo de respuesta sigue un guión que empieza a ser habitual. En vez de informar del contenido de un documento para que el lector pueda juzgar, se aísla una frase que infringe algún tabú de lo políticamente correcto. Una vez creada la piedra de escándalo, se piden opiniones a portavoces de lobbies que estarán en contra por oficio, y se provocan “reacciones” de grupos sociales y políticos sobre un texto que casi nadie ha tenido tiempo ni ganas de leer. Todo ello se utiliza como ariete contra la enseñanza de la religión en la escuela: ¿vamos a permitir que se enseñe eso a los niños? Finalmente, se puede concluir que una vez más los obispos han despertado la indignación del pueblo soberano con un documento que “da la espalda a la realidad social”. Pero de lo que podemos estar seguros es de que los opinadores han dado la espalda al texto.

En este caso se ha buscado un motivo de alarma social de efecto seguro: la violencia doméstica. Quien se haya guiado por las informaciones publicadas estos días, habrá pensado que los obispos han elaborado un documento sobre este tipo de violencia, con una doctrina escandalosa que propugna la sumisión de la mujer y prácticamente justifica al maltratador. En realidad, nada de eso se justifica en el documento de 250 páginas. Se trata de un texto que da directrices sobre la ayuda que pueden prestar los organismos de la Iglesia a las parejas que quieren vivir su matrimonio y su vida familiar conforme a la doctrina católica.

La única referencia específica a los malos tratos afirma que cuando en la convivencia familiar surjan estas dificultades, “los Centros de Orientación Familiar pueden ofrecer consultas e intervenciones adecuadas para restablecer la armonía. Si se llega a situaciones graves de malos tratos ha de aceptarse la separación como un mal menor. Además, puede estudiarse si ha habido causa de nulidad” (del matrimonio).

Pero lo que más ha irritado ha sido la falta de respeto de los obispos a la sacrosanta “revolución sexual”, de feliz memoria. Hay que reconocer que no se han cortado un pelo al decir que “el tiempo ha mostrado lo infundado de los presupuestos de esta revolución y lo limitado de sus predicciones”, así como lo “pernicioso de sus efectos”. Entre ellos, señalan los traumas de las rupturas matrimoniales, “un alarmante aumento de la violencia doméstica”; abusos sexuales de todo tipo, también con menores… Este párrafo es una mera enumeración, sin pretensiones de un análisis sociológico de fenómenos complejos. Pero ha bastado para crear el cliché: los obispos atribuyen la violencia doméstica a la revolución sexual, cuando todos sabemos que el problema es el machismo (¿y por qué subsiste el machismo tras la la liberadora revolución?).

Tiro por la culata

Se comprende la irritación mediática, porque la revolución sexual es el último saldo que nos queda de los años en que creíamos hacer la revolución. La revolución política fue un fiasco desde China a Cuba; la revolución económica dio paso a un capitalismo más engreído; la revolución social no ha visto disminuir las diferencias de clase. ¡Pero que no nos toquen la revolución sexual, que está al alcance de todos los bolsillos! Como Fidel con “¡Patria o muerte!”, aquí estamos atrincherados cantando las glorias de la revolución sexual.

Es verdad que, según noticias de estos mismos días, España registró más de 50.000 denuncias por violencia doméstica en 2003; que, según la ONG Save the Children, España se sitúa entre los cinco primeros países del mundo en las prácticas de turismo sexual con menores; que más del 50% de los anuncios por palabras de diarios nacionales tienen que ver con la prostitución; que el morbo sexual sigue siendo el reclamo de la telebasura… Revolución, sin duda, ha habido; lo que está menos claro es que haya traído más felicidad que las otras revoluciones.

Aquí se ha producido eso que Octavio Paz llamaba uno de los “tiros por la culata de la modernidad”. Como escribía el poeta mexicano en su obra La llama doble: “Se suponía que la libertad sexual acabaría por suprimir tanto el comercio de los cuerpos como el de las imágenes eróticas. La verdad es que ha ocurrido exactamente lo contrario. La sociedad capitalista democrática ha aplicado las leyes impersonales del mercado y la técnica de la producción en masa a la vida erótica. Así la ha degradado, aunque el negocio ha sido inmenso”.

Hay quien ha quedado anclado en una visión de la liberación sexual años sesenta, cuando implicaba riesgo y ruptura frente a los convencionalismos, cuando tenía un aire fresco de novedad y prometía goce sin traumas. Pero lo que entonces era transgresión hoy es industria y costumbre mostrenca. Hoy lo audaz, con riesgo, es defender una idea del matrimonio y de la familia como la que han propuesto los obispos.

Ignacio Aréchaga

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