Por qué los jóvenes no se casan

Uno de los temas que ocupan al Sínodo de la familia es que los jóvenes retrasan o evitan el matrimonio. Es un fenómeno especialmente marcado en Europa, aunque también se observa en otras partes del mundo. El sociólogo español Pablo García Ruiz señala en un análisis para Iglesia en Directo los cambios de circunstancias y de mentalidad que han llevado a esta situación.

En su reciente viaje a Estados Unidos, el Papa Francisco se refirió al temor de los jóvenes a casarse: “Nos equivocaríamos si pensáramos que esta ‘cultura’ del mundo actual sólo tiene aversión al matrimonio y a la familia, en términos de puro y simple egoísmo. ¿Acaso todos los jóvenes de nuestra época se han vuelto irremediablemente tímidos, débiles, inconsistentes? No caigamos en la trampa. Muchos jóvenes, en medio de esta cultura disuasiva, han interiorizado una especie de miedo inconsciente, y no siguen los impulsos más hermosos, más altos y también más necesarios. Hay muchos que retrasan el matrimonio en espera de unas condiciones de bienestar ideales. Mientras tanto la vida se consume sin sabor. Porque la sabiduría del verdadero sabor de la vida llega con el tiempo, fruto de una generosa inversión de pasión, de inteligencia y de entusiasmo”.

El divorcio se divisa como un fracaso que se teme y que, de hecho, hace dudar a quienes piensan en aceptar el compromiso

Dificultades

García Ruiz indica algunas circunstancias objetivas que hacen más ardua la decisión de contraer matrimonio. Una es el coste de la vivienda (en España, supone entre el 52% y el 61% del salario medio de los jóvenes, según sea comparada o alquilada: cfr. Aceprensa, 9-11-2014). Otra es la elevada tasa de paro entre los jóvenes en edad propicia para casarse (20-29 años): 16% de media en Europa; 31% en Italia, 37% en España. (En el conjunto la OCDE, uno de cada seis jóvenes de 15 a 30 años no estudia ni trabaja: cfr. Aceprensa, 29-05-2015.)

Entre los que trabajan, muchos tienen empleos inestables o poco remunerados. Tres de cada cuatro contratos que firman los jóvenes europeos son temporales. (Otro dato expresivo, de Gran Bretaña, es que los puestos de comerciales o de baja cualificación son el 45% entre los jóvenes, más del doble que en el conjunto de la población: cfr. Aceprensa, 22-07-2015.)

La inseguridad laboral contribuye al retraso de la emancipación, especialmente marcada en Italia y España, donde los jóvenes de 25-34 años que viven con sus padres ha subido del 25% en 1990 a casi el 40% en la actualidad. Pero esto no obedece solo a las inclemencias del mercado laboral, señala García Ruiz. “La familia de origen se vive ahora como un lugar de protección y seguridad, en el que los jóvenes se benefician de una armonía generacional sin precedentes y, además, en régimen de libertad. Emanciparse significa perder calidad de vida pues, de ordinario, supone renunciar al nivel de bienestar y consumo alcanzado por su familia de origen”.

Temor al fracaso

Hay además motivos y creencias que apartan del matrimonio. Para un tercio de las parejas de hecho, es una institución desacreditada, pero las demás lo valoran positivamente: ¿por qué entonces no se casan? El motivo más mencionado en las encuestas es simple “comodidad”. Esto se refiere, por una parte, al costo de la boda. Pero otro motivo para no dar el paso es más profundo: “Casarse es asumir un compromiso distinto, específico, concreto, que implica un proyecto a largo plazo para el que mucha gente no sabe si está preparada o si será capaz de vivirlo. No es que la gente no esté segura de los sentimientos que alberga hacia su pareja (solo el 4% lo reconocen así). Es, más bien, que muchos dudan de estar a la altura”.

La extensión del divorcio en el entorno, quizá en la misma familia de origen, alimenta la inseguridad. “No es que se celebre la ruptura –precisa García Ruiz–. Más bien, se divisa como un fracaso que se teme y que, de hecho, hace dudar a quienes piensan en aceptar el compromiso”

Así, pese al prestigio social del matrimonio, “en la mentalidad cultural actual, al matrimonio le rodean importantes riesgos e incertidumbres”, dice García Ruiz. “Es difícil fijar las expectativas, anticipar las obligaciones mutuas y los comportamientos que resultarán apropiados en el incierto contexto social, laboral, económico y cultural actual. La evolución de los roles de género introduce nuevos riesgos en la relación: las pautas y normas de las familias de origen no son repetibles. Cada pareja debe deliberar por su cuenta, negociar y encontrar una y otra vez modos de enfrentar las exigencias que imponen las cambiantes circunstancias de empleo (o desempleo), de vivienda y movilidad geográfica, de los hijos que se tienen (o no), de las respectivas redes sociales, etc”.

En suma, “el miedo al compromiso, el temor a no estar a la altura de las (inciertas) obligaciones futuras, encuentra un aliado en la dificultad para encontrar un empleo estable, para conciliar el trabajo de los dos con los planes de familia, para hallar una vivienda razonable”. El autor concluye: “Quizá el verdadero problema sea que, como sociedad, hemos elevado demasiado las expectativas. O que hemos perdido valentía y confianza en la fuerza del amor”.

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