Lazos blancos ¿ofenden?

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Duración lectura: 4m. 19s.

Los límites entre la propiedad del césar y la de Dios siempre han sido difíciles de establecer. El mismo Jesucristo hace una llamada de atención a respetar la frontera, pero no precisa el contenido exacto de cada dominio ni hasta dónde llega la obediencia debida a cada cual.

Estos días resurge la cuestión a cuenta de la decisión de las hermandades de lucir lazos blancos contra el aborto en las estaciones de penitencia de Semana Santa. La secretaria de Organización del PSOE, Leire Pajín, y la ministra de Igualdad Bibiana Aído se han apresurado a resolver el dilema del poder temporal y celestial pidiendo a las cofradías que “no mezclen política y religión”. No hay más que leer algunos titulares para ver hasta dónde llega el desvarío: “Los lazos contra el aborto dividen las procesiones de Semana Santa”, “La Iglesia azuza su campaña contra el aborto desde el púlpito”.

Tal y como hablan algunos políticos y publican determinados medios de comunicación, parece como si fuera la primera vez que oyen a la Iglesia y los católicos pronunciarse contra el aborto. Ustedes dedíquense al culto y déjennos a los políticos la ley, dicen.

Olvidan que la ley tiene por objeto el bien común y la salvaguarda de los derechos, conceptos prejurídicos sin los cuales la norma carece de fundamento y de fin. El primero y esencial es el derecho a la vida. La ley del aborto es un abuso de poder y un contrasentido, aunque el positivismo jurídico se empeñe en hacer un dios de la norma y fundir así las dos caras de la moneda.

No es preciso ser católico ni cristiano para entender una cuestión tan básica como ésta. El cristianismo añade la visión del hombre como criatura de Dios, y por lo tanto no dueña de su vida, pero tampoco de la ajena. Esto choca de raíz con el planteamiento del hombre como ser autónomo, pero es un freno a todo tipo de totalitarismos.

Hoy por hoy, la Iglesia Católica es la mayor garante de los derechos humanos, desde la concepción hasta la muerte natural. Esto le ha valido diversas etiquetas a lo largo de la Historia. Sin ir muy lejos ni en el tiempo ni en el espacio, en la España del tardofranquismo se hablaba de “curas rojos”; hoy, de curas fundamentalistas. Es el precio de optar radicalmente por el ser humano, en especial por el más desvalido.

El sistema democrático prevé que la ciudadanía actúe de contrapeso contra los excesos del poder, algo que nuestros gobernantes no conciben, según se deduce de las críticas a las recientes manifestaciones y concentraciones por el derecho a vivir. Quizá lo que resulta fundamentalista es reducir el “respeto por las opiniones ajenas” a hacer oídos sordos, a no atender ni valorar el clamor popular, y la voz de los expertos: los médicos, las mujeres víctimas del aborto, etc.

Cofrade y por la vida

No debería sorprender que las hermandades de Semana Santa manifiesten su posición ante un tema tan “vital”, en el más pleno sentido del término. Las hermandades no son partidos políticos, son asociaciones de laicos cuya misión es revitalizar la vida cristiana de sus socios y el compromiso de los católicos con su tiempo. Lo realmente tergiversador sería desnaturalizar estas expresiones de la religiosidad popular, convirtiéndolas en una cáscara cultual vacía e inofensiva.

De fondo está también la cuestión de si se puede ser cofrade y no estar a favor de la vida. Más aún, si se puede ser cofrade y no expresar de alguna manera la oposición a leyes antipersona. No obligatoriamente con lazos blancos, pero por qué no también de esta forma. A fin de cuentas Jesucristo murió por todos los crímenes, también los cometidos contra los niños no nacidos. Que una propuesta así levante tantas ampollas indica que quizá la vida interna de las hermandades puede y debe mejorar.

Al final han sido muy variados los modos en que las hermandades de toda España han respondido a la propuesta de reaccionar contra la nueva ley del aborto. En Valencia, Castellón y Madrid, se ha secundado la iniciativa del lazo blanco, en otras muchas provincias se han leído oraciones por el don de la vida.

Los cristianos son también ciudadanos de este mundo y como tales tienen el derecho y el deber de intervenir en la vida pública por doble motivo. Fue el mismo Jesucristo quien mandó a Pedro a pagar el estáter de los impuestos debidos a Roma, aun a sabiendas de que con ellos el imperio realizaba políticas corruptas e inhumanas. Haría bien el gobierno en meditar hasta dónde llega su poder y qué deberes tiene con sus súbditos. A fin de cuentas, también el césar es de Dios.