Roma.— El próximo 6 de enero, León XIV cerrará la Puerta Santa que abrió Francisco inaugurando el Jubileo de la Esperanza. La clausura del Año Santo llega en un contexto de desestabilización mundial, un escenario contradictorio que actualiza el sentido de la esperanza cristiana.
Un hombre de blanco en silla de ruedas, en silencio, frente a la Puerta Santa. La debilidad humana no desentonaba con la grandeza de la basílica de San Pedro; al contrario, era la imagen más elocuente del gran anuncio que se estaba celebrando en esa Nochebuena: Dios eligió la fragilidad para salvarnos. En la atmósfera del templo, el silbido de la respiración fatigosa del papa Francisco se mezcló con el incienso, las campanadas y el latido de una pregunta: ¿qué Papa cerrará la Puerta?
Esa noche que inauguró el Jubileo de la Esperanza, marcó un tono de expectación que en los meses sucesivos no hizo más que aumentar. La duda fue cobrando cuerpo de incertidumbre hasta que el domingo de Pascua, el aspecto de Francisco en su último recorrido en el papamóvil evidenció que se viviría una transición de pontificados en medio del Jubileo, algo que se daría solo por segunda vez en la historia. En pocas horas llegó la noticia de la muerte del Papa, y con ella la pregunta inevitable: ¿quién lo sucederá? Un interrogante que, en realidad, escondía otro más inquietante: ¿qué sucederá ahora?
Los titulares giraron sobre el clásico binomio que enfrenta a conservadores y progresistas, una caricatura del proceso más fascinante, por misterioso, de lo que sucede cada vez que la Iglesia Católica elige al sucesor de Pedro. El cónclave más numeroso y multicultural de la historia, integrado por 133 cardenales que apenas se conocían entre sí, dio respuesta en menos de 24 horas. Con la rápida elección del cardenal Prevost, la Iglesia envió un fuerte mensaje de unidad en la diversidad a un mundo marcado por la guerra, la polarización y la división, convirtiendo a León XIV en un referente moral universal. ¿Qué líder mundial puede ostentar hoy un respaldo semejante? La puerta de la esperanza permanecía abierta.
Un líder manso para un mundo violento
Al inicio de su pontificado, Francisco denunció “una tercera guerra mundial a pedazos” y de manera cada vez más constante y enérgica clamó por el fin de la guerra en la “martirizada” Ucrania y en Tierra Santa. Tristemente, con amagos de pactos de paz nada duraderos, junto al Jubileo avanzaron también esos y otros conflictos alrededor del mundo. ¿La esperanza no defrauda?
Cuando León XIV ocupó la sede de Pedro la inestabilidad planetaria ya había alcanzado niveles alarmantes, y en su primer saludo no esquivó esa realidad: “La paz esté con todos ustedes”, exclamó desde la Logia central de la Basílica de San Pedro. Toda una carta de presentación que ha venido a ser un programa de gobierno.
“La paz tiene el aliento de lo eterno, mientras al mal se le grita «basta», a la paz se le susurra «para siempre»”, escribió el pontífice en su primer mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, revelando su identidad agustiniana que lo mueve a no quedarse en la superficie, sino que explora y expone la profundidad de su meditación. “La paz antes que una meta es una presencia y un camino”, dirá también, advirtiendo sobre el peligro de ceder a una visión parcial y distorsionada del mundo, que impide ver la presencia del bien, y que por eso paraliza.
León XIV se rebela contra esa “globalización de la impotencia” e invita a una “revolución de la reconciliación” que nace de la contemplación de Jesucristo: “La bondad es desarmante —reflexiona—. Quizás por eso Dios se hizo niño”. Esa puerta permanece abierta.

Un comentario
Y esa paz eclesial tendrá un punto importante en el próximo consistorio