Caso Milingo: ¿telenovela o asedio?

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Duración lectura: 4m. 12s.

Contrapunto

Roma. Tras la intervención personal del Papa, y después de veinte días de rumores, cartas y apariciones, el arzobispo Emmanuel Milingo volvió a la Iglesia católica. Atrás quedaba el escándalo comenzado el pasado 27 de mayo, cuando el prelado participó en una ceremonia nupcial, según el rito de la secta Moon.

La prensa calificó todo el episodio, en especial la fase conclusiva, de “telenovela”, y lo trató como tal: centró su atención sobre todo en la figura de la señora Sung Ryae Sung, “esposa abandonada” que protestaba con una huelga de hambre ante la “desaparición de su marido”. Si algunos medios no hubieran renunciado al espíritu crítico, tan agudo en otras circunstancias, tal vez hubieran prestado mayor atención al papel que la secta Moon ha tenido en la gestión de lo que algunos consideran un verdadero asedio “mediático” al Vaticano.

El mismo día en que el arzobispo -escapando al control de Moon- fue recibido por el Papa en Castelgandolfo, 8 de agosto, aterrizó en Roma Philip Schanker, vicepresidente de la Federación de las Familias para la Paz Mundial, el buque insignia del entresijo de organizaciones de Moon. Schanker y su staff se instalaron en un lujoso hotel romano. Desde ese cuartel general, Schanker -que ya se había nombrado portavoz de Milingo en los tres últimos meses- coordinó toda una amplia actividad de relaciones públicas a favor de la causa de Sung, que cayó como agua de mayo en la sequía informativa de agosto. El kit incluía una rueda de prensa al día, “peregrinaciones” diarias a San Pedro, y algunos golpes de efecto, como el suspense sobre el resultado de una prueba de embarazo de la señora Sung, amén de una “vigilia de oración” (la verdad es que con más periodistas que fieles) y el drama de la huelga de hambre “hasta la muerte”.

Entre medias, no faltaron “apoyos de otros grupos cristianos”, como el líder de la “Iglesia de Dios en Jesús”, de Chicago, quien manifestó la gran preocupación “de los cristianos, de tantos católicos que habían visto en Milingo un modo nuevo para hacer frente a la cuestión del celibato”. El celibato, fue, en efecto, uno de los objetivos de fondo. El propio Schanker acusó al Vaticano de cabezonería en ese terreno. Aprovechando ese clima hubo también algunas iniciativas de colectivos de sacerdotes casados.

Se presume que los seguidores de Moon tenían grandes esperanzas en el atractivo que la figura de Milingo podría ejercer para recabar fondos y como reclamo para el desarrollo de sus actividades en el continente africano. Lo ideal para ellos es que Milingo hubiera permanecido a la vez en la Iglesia católica y en las actividades de Moon: pretendían así eclipsar el carácter anticristiano de la secta y favorecer las adhesiones. Además, en esta ocasión era fácil para los Moon aparecer ante la opinión pública en la parte del débil (la esposa abandonada por un marido “secuestrado” por el Vaticano), que podría compensar otras apariciones menos positivas.

Posiblemente replegaron velas ante el temor de que toda la operación se volviera contra ellos como un boomerang: era evidente que Milingo no estaba “secuestrado” (al contrario, recordó como “una pesadilla la presión psicológica y el continuo control al que fue sometido en el periodo en que estuvo separado de la Iglesia”, según relató el cardenal Cheli). Se descubrió además que la señora Sung había estado casada, también siguiendo el rito Moon, con un italiano, con lo que la credibilidad del conjunto recibía un duro golpe. Se supo asimismo que la señora Sung no fue “adjudicada” a Milingo en Nueva York, según la praxis de las ceremonias Moon, sino que había existido toda una operación de acercamiento a través de la práctica de la acupuntura que la señora ejercía en Nápoles y Roma.

Dejando al margen la cuestión personal, que en todo caso no deja de merecer admiración por el modo como ha terminado, es preciso reconocer que Milingo ha sido una figura amplificada por la prensa por su carácter pintoresco, que ha sido presentado caricaturescamente como el “obispo hechicero” o como víctima de la “mentalidad occidental” del Vaticano. En realidad, Milingo fue apartado de Lusaka en 1982 tras una inspección llevada a cabo por otros arzobispos africanos, que se entrevistaron con todos los sacerdotes y constataron el estado de abandono pastoral en que se encontraba la diócesis. El problema esencial no era la actividad de “curador” de Milingo, sino el hecho de que su dedicación exclusiva a ella le llevaba a no atender el gobierno de la diócesis. Una vez en Roma esa actividad sí que le ha provocado no pocos roces con los obispos locales.

Diego Contreras

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