León XIV, el Papa de “La ciudad de Dios”

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Imagen de san Agustín en una iglesia de Cádiz (España). En la mano izquierda sostiene un edificio, símbolo de la Iglesia y de la Ciudad de Dios. Foto: Antonio García Prats / Pexels

En algunas de sus intervenciones públicas, como el discurso al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede (9 de enero de 2026), el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz (1 de enero) o el encuentro con las autoridades civiles, la sociedad y el cuerpo diplomático en Guinea Ecuatorial (21 de abril), León XIV ha comentado diversos pasajes de La ciudad de Dios, de san Agustín. Es una obra que combina teología, filosofía y literatura. En ella se presenta toda una teología de la historia y ha tenido gran influencia en la filosofía política occidental.

Para el pontífice, La ciudad de Dios, como sucede con los clásicos, habla a las personas de todas las épocas. Por eso, partiendo de una perspectiva histórica, analizar el discurso de León XIV al cuerpo diplomático puede suscitar interesantes reflexiones para el tiempo presente.

La acusación contra el cristianismo

La ciudad de Dios se escribió a raíz de la conquista y el saqueo de Roma por los visigodos (410), que supuso una profunda conmoción para los nostálgicos de las glorias del Imperio romano. La decepción de algunos consistía en que el Imperio romano había adoptado el cristianismo como religión oficial, pero el Dios de los cristianos no había sabido –o querido– defender la llamada Ciudad Eterna. Siglos más tarde, esta será un acta de acusación contra el cristianismo, pues durante la Ilustración, y particularmente en la obra del historiador Edward Gibbon, se llega a inferir que el cristianismo contribuyó a la caída del Imperio. Para Nietzsche este hecho bien podría ser un ejemplo de que el cristianismo es la religión de los débiles.

Por lo demás, es muy probable que los testigos de la derrota de Roma se acordaran de lo que había propuesto en 384 el senador Quinto Aurelio Símaco, defensor de la fe pagana. Símaco quería que se restaurara el altar de la diosa Victoria en el Senado, a modo de garantía de triunfo para las armas romanas. La firme oposición de san Ambrosio, obispo de Milán, hizo que el emperador Valentiniano II rechazara la propuesta. Este es uno de tantos ejemplos históricos de una creencia ciega en que la divinidad está obligada a favorecer a los ejércitos de una nación o de un pueblo que se considera elegido. La derrota de los israelitas por los filisteos y la captura del Arca de la Alianza (1 Sam 4, 2-11), o la inscripción “Gott mit uns” (Dios con nosotros) en las hebillas de los cinturones de los soldados del Kaiser, demuestran el fracaso de supeditar la fe religiosa al poder político y militar.

Sed de poder

La obra de san Agustín representa una contraposición que sirve para interpretar los acontecimientos y la historia misma según el modelo de dos ciudades: “En primer lugar, está la ciudad de Dios –comentaba León XIV en su discurso al cuerpo diplomático–, que es eterna y se caracteriza por el amor incondicional de Dios (amor Dei), así como por el amor al prójimo, especialmente a los pobres. Luego está la ciudad terrenal, que es una morada temporal donde los seres humanos viven hasta su muerte. En nuestros días, esta última incluye todas las instituciones sociales y políticas, desde la familia hasta el Estado-nación y las organizaciones internacionales. Para Agustín, esta ciudad estaba personificada por el Imperio romano. De hecho, la ciudad terrenal se centra en el orgullo y el amor propio (amor sui), en la sed de poder y gloria mundanos que conduce a la destrucción”.

El cristianismo se esfuerza en mantener separadas las esferas de Dios y del César, y eso molesta tanto a los que politizan la religión como a los que sacralizan la política

Esta percepción de san Agustín podría servir para considerar que a nuestro santo no le tomó del todo por sorpresa la caída de Roma. Un lector de Cicerón, como él, conocía muy bien la decadencia del ideal tradicional republicano y su sustitución por el poder centralizado del Imperio. Salvo contadas excepciones, los emperadores se dejaron llevar por la sed de poder y gloria, sin desdeñar la utilización de la violencia para sus propósitos. Por eso, la caída de Roma, pese a la adopción del cristianismo como religión oficial, simboliza un poder vencido por su propio orgullo. Tal y como señala san Agustín, “en hombres como estos, que pretenden encontrar aquí abajo el sumo bien y conseguir por sí mismos la felicidad, el orgullo ha llegado a un tal grado de aturdimiento”. (La ciudad de Dios, XIX, 11).

Ciudadanos de las dos ciudades

Con todo, a lo largo de la historia, una interpretación recurrente de La ciudad de Dios ha sido acentuar el contraste entre las dos ciudades y aspirar solamente con una de ellas a construir un supuesto orden cristiano terrenal en el que se anticipaba la Jerusalén celestial. En realidad, las dos ciudades son dos modos diferentes de amar y de vivir. San Agustín, que en otro tiempo perteneció a los maniqueos, no compartía ese maniqueísmo de la lucha entre el bien y el mal. Sin ir más lejos, en La ciudad de Dios, XVII, 49, puede leerse: “Así pues, la Iglesia peregrina en este mundo, llamando a ciudadanos de todas las naciones, y reuniendo una sociedad de peregrinos de todas las lenguas… tolerando en su seno a los malos, mezclados con los buenos, hasta el tiempo de la siega”.

La alusión es muy clara a la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30). Por eso, León XIV resume certeramente la visión de san Agustín en estos términos: “Las dos ciudades coexisten hasta el fin de los tiempos. Cada una tiene una dimensión externa e interna, ya que deben entenderse no solo a la luz de la forma externa en que se han construido a lo largo de la historia, sino también a través del prisma de las actitudes internas de cada ser humano hacia las realidades de la vida y los acontecimientos históricos. Desde esta perspectiva, cada uno de nosotros es protagonista y, por lo tanto, responsable de la historia. Además, Agustín enfatiza que los cristianos están llamados por Dios a habitar en la ciudad terrenal con el corazón y la mente puestos en la ciudad celestial, su verdadera patria. Al mismo tiempo, los cristianos que viven en la ciudad terrenal no son ajenos al mundo político y, guiados por las Escrituras, buscan aplicar la ética cristiana al gobierno civil”.

Resulta equivocado utilizar La ciudad de Dios para ideologías de corte teocrático, lo que se conoce en algunos libros como el “agustinismo político”

El reproche de las filosofías materialistas de los últimos siglos, particularmente del marxismo, de que los cristianos se desentienden de las realidades de este mundo e incluso soportan las injusticias porque solo aspiran a una patria celestial, no es correcto. Por el contrario, el cristianismo se esfuerza en mantener separadas las esferas de Dios y del César, y eso molesta tanto a los que politizan la religión como a los que sacralizan la política.

No hay orden político perfecto

En efecto, según recuerda el pontífice, “La ciudad de Dios no propone un programa político. En cambio, ofrece valiosas reflexiones sobre cuestiones fundamentales relacionadas con la vida social y política, como la búsqueda de una convivencia más justa y pacífica entre los pueblos. Agustín también advierte de los graves peligros para la vida política que entrañan las falsas representaciones de la historia, el nacionalismo excesivo y la distorsión del ideal del líder político”. Así pues, esta obra nos sigue hablando a lo largo de la historia hasta el momento presente, y nos recuerda que ningún imperio, Estado o nación debe asumir un valor sagrado o incurrir en la falsa ilusión de considerarse eterno. En este tiempo en el que se asiste a un retorno de los imperios en detrimento de un orden internacional basado en reglas, La ciudad de Dios nos sigue interpelando con su visión de la historia y nos asegura que la ciudad del hombre nunca será perfecta.

La polis perfecta de Platón nunca se dio en la realidad, ni tampoco el gobierno de reyes filósofos. Tampoco la Pax Romana, que algunos imperios quisieron emular, fue una paz definitiva, pues hubo una continua sucesión de guerras y conquistas, no pocas veces promovidas por la vanagloria y soberbia de los césares. No podía ser un modelo en el camino hacia la Jerusalén celestial. Dicho camino, tal y como recordaba León XIV en Guinea Ecuatorial, es el mismo que emprendió Abrahán,” que esperaba aquella ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hb 11, 8-10). Y añadió el Papa: “Todo ser humano puede apreciar la ancestral conciencia de que la vida en la tierra es solo un paso. Es fundamental que perciba la diferencia entre lo que perdura y lo que pasa, manteniéndose libre de la riqueza injusta y de la ilusión del dominio”. Cuando se olvida algo tan evidente, tarde o temprano se desemboca en una idolatría estatal.

“La diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso entre todas las partes está siendo sustituida por una diplomacia basada en la fuerza” (León XIV)

Además, resulta equivocado utilizar La ciudad de Dios para ideologías de corte teocrático, lo que se conoce en algunos libros como el “agustinismo político”. Una teocracia no sirve para interpretar el papel de Dios en la historia. Quien piense lo contrario, debería tener en cuenta esta observación de san Agustín: “Es una felicidad que tiene el brillo y también la fragilidad del vidrio, en el cual siempre se tiene la desgracia de que se quiebra de repente” (La ciudad de Dios, IV, 3).

Cambio de época

La ciudad de Dios es una obra clásica que León XIV aplica al actual escenario internacional, pues, al igual que a principios del siglo V, “nos encontramos en una era de movimientos migratorios generalizados, en una época de profundo reajuste de los equilibrios geopolíticos y los paradigmas culturales”. Es un cambio de época, tal y como acostumbraba a decir el Papa Francisco. Quizás el efecto más acusado sea la crisis del orden internacional basado en normas, instituido a partir de 1945 con el establecimiento de las Naciones Unidas. Ahora, tal y como señala el actual pontífice, “la diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso entre todas las partes está siendo sustituida por una diplomacia basada en la fuerza, ya sea por parte de individuos o de grupos de aliados. La guerra vuelve a estar de moda y el entusiasmo bélico se extiende. Se ha roto el principio establecido tras la Segunda Guerra Mundial, que prohibía a los países utilizar la fuerza para violar las fronteras ajenas”.

En efecto, el derecho internacional contemporáneo, aparte de prohibir el uso de la fuerza en el art. 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas, rechaza las guerras de conquista, pues constituyen una violación de la soberanía y la integridad territorial de los Estados. En los últimos ochenta años no eran demasiado frecuentes los conflictos interestatales y eran mucho más habituales los conflictos en el interior de los países en forma de guerras civiles o rebeliones. Sin embargo, recientemente hemos asistido a guerras de conquista territorial, por ejemplo, en Ucrania o en el Cáucaso, y a agresiones armadas contra países con el propósito de derribar sus regímenes o de doblegar a sus gobiernos. La referencia de León XIV a la extensión del entusiasmo bélico nos recuerda, sin ir más lejos, que al inicio de la Primera Guerra Mundial, las pasiones nacionalistas alimentaron la ilusión de victorias rápidas y de que muy pronto los contendientes entrarían en París o en Berlín. La guerra de trincheras marcaría, poco después, un amargo y trágico despertar.

Es cierto que algunos gobernantes de hoy no han desterrado la palabra “paz” de su vocabulario, pero la buscan, en palabras del Papa, “mediante las armas como condición para afirmar el propio dominio”. San Agustín también era consciente de ello: “Pues incluso aquellos mismos que buscan la guerra no pretenden otra cosa que vencer. Por tanto, lo que ansían es llegar a una paz cubierta de gloria. ¿Qué otra cosa es, en efecto, la victoria más que la sumisión de fuerzas contrarias? Logrado esto, tiene lugar la paz (…), y los que buscan perturbar la paz en que viven no tienen odio a la paz; simplemente la desean cambiar a su capricho. No buscan suprimir la paz; lo que quieren es tenerla como a ellos les gusta” (La ciudad de Dios, XIX, 12.1).

Las Naciones Unidas son la principal expresión de un multilateralismo que hoy está siendo cuestionado. Algunos líderes de las grandes potencias expresan abiertamente su desapego y otros guardan un sospechoso silencio, aunque el resultado es el mismo: la exclusión, teórica y práctica, de lo que León XIV califica de “centro de cooperación multilateral con la finalidad de prevenir futuras catástrofes mundiales, salvaguardar la paz, defender los derechos humanos fundamentales y promover el desarrollo sostenible”.

“El propósito del multilateralismo es proporcionar un lugar donde las personas puedan reunirse y dialogar, siguiendo el modelo del antiguo Foro Romano o la plaza medieval” (León XIV)

Cuando se quiere construir la paz sobre la fuerza, el derecho internacional humanitario no es respetado. Señala el Papa que “su cumplimiento no puede depender de las circunstancias ni de intereses militares estratégicos”. Sin embargo, en los últimos años se ha extendido el concepto de “objetivo legítimo” y se han justificado ataques contra infraestructuras energéticas y de comunicaciones o contra zonas densamente pobladas calificadas con el eufemismo de “entorno operativo enemigo”. Estas ambigüedades han servido también para no eximir de ataques a los hospitales y a la ayuda humanitaria. Ucrania, Gaza o Siria son solo algunos ejemplos de esta crisis del derecho internacional humanitario. De la crueldad de la guerra también se hizo eco san Agustín: “¿Qué hay en la devastación de una ciudad sino incendios, ruinas, saqueos, rapiñas, matanzas y tormentos de hombres?” (La ciudad de Dios, I, 7).

Defensa del multilateralismo

Por otra parte, cabe señalar que León XIV hace en su discurso una enérgica defensa del multilateralismo, entendido como un marco de encuentro y relación: “El propósito del multilateralismo, entonces, es proporcionar un lugar donde las personas puedan reunirse y dialogar, siguiendo el modelo del antiguo Foro Romano o la plaza medieval. Al mismo tiempo, para entablar un diálogo, es necesario que haya acuerdo sobre las palabras y los conceptos que se utilizan. Redescubrir el significado de las palabras es quizás uno de los principales retos de nuestro tiempo. Cuando las palabras pierden su conexión con la realidad, y la realidad misma se vuelve discutible y, en última instancia, incomunicable, nos convertimos en las dos personas a las que se refiere san Agustín, que se ven obligadas a permanecer juntas sin que ninguna de ellas conozca el idioma de la otra. Él observa que ‘con más facilidad convivirían dos animales, mudos como son, de especies diferentes, que estos dos hombres. Al no poder comunicarse sus sentimientos, debido a la sola diversidad de idioma, de nada les sirve a estos hombres ser tan semejantes por naturaleza. Hasta tal punto esto es así, que más a gusto está un hombre con su perro que con otro hombre extranjero’ (La Ciudad de Dios, XIX, 7)”.

Es una cita de san Agustín que parece escrita hoy mismo en un contexto de polarización en el ámbito nacional e internacional. Las palabras y los conceptos se alejan progresivamente de la realidad, y muchas veces el lenguaje no es una vía de comunicación sino un instrumento utilizado contra los oponentes. Desde el momento en que esto sucede, la paz y la guerra no significan lo mismo para unos y para otros, y así no es fácil alcanzar acuerdos o puntos de convergencia.

Por último, León XIV pone el acento en que hoy se niega a la ciudad de Dios “su derecho de ciudadanía. Solo parece que exista la ciudad terrenal encerrada exclusivamente dentro de sus fronteras”. Así, no hay lugar para una paz entendida como “la tranquilidad del orden”, según una conocida expresión de san Agustín (La ciudad de Dios, XIX, 13).

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2 Comentarios

  1. En mi opinión, el multilateralismo es una moderna Torre de Babel. Ahí encajaría bien el dejar a los hijos crecer hasta la adultez para que sea allí y solo allí, en el foro medieval… donde cada uno elegirá su religión, su cultura y su identidad, con personal libertad. Y no, la religión, la cultura y la identidad se reciben como un don, se aprehenden y se trasmiten. De los contactos culturales pueden surgir culturas con nuevos matices, pero los contactos religiosos no pueden dar lugar a nuevas religiones, con la aspiración de que solo quede una compendiándolas a todas. Ese intento solo traerá guerra. Y de la más amarga: de la que no puede acabar en paz sin un exterminio.

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