Irán: Y cuando Trump termine, ¿qué?

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Irán
Mujeres iraníes lloran la muerte de Jamenei en Teherán (foto: EuropaPress / Foad Ashtari / SOPA Images vía Zum/DPA)

De cumplirse las predicciones del ex Alto Representante de Exteriores de la UE, Josep Borrell, a estas alturas de la semana próxima las sirenas habrán dejado de sonar en las ciudades israelíes y en las de los países árabes del Golfo Pérsico. Según explicaba el exdiplomático y político español a Europa Press el 2 de marzo, la guerra no duraría más de una semana porque Teherán no tiene capacidad de respuesta a los ataques de Israel y EE.UU.: apenas “2.000 o 3.000” misiles, que son “muy pocos (y) se agotan muy rápidamente”.

El problema, sin embargo, no es solo de misiles, de ver quién alcanza la superioridad en la guerra aérea. La historia reciente ha demostrado que intentar un cambio de régimen por vía de la fuerza militar y de la imposición de gobiernos al gusto de la potencia vencedora, en territorios además vastísimos, puede ser –invirtiendo los términos– un zapato en una enorme piedra. En Irak, un territorio de 435.000 km² –algo más extenso que California–, la Casa Blanca de George W. Bush declaró su mission accomplished apenas unos días después de que entraran los tanques norteamericanos en Bagdad y de que el público derribara las estatuas de Sadam Huseín, en abril de 2003, pero en los años sucesivos el país quedó convertido en un enorme tanatorio, con atentados suicidas día sí, día también; unos 200.000 civiles asesinados y casi 4.500 bajas mortales entre las tropas norteamericanas.

Irán, en comparación, puede ser un abismo aun más profundo: tiene 1,6 millones de kilómetros, el doble de población que Irak (86 millones frente a 47 millones), una mayor homogeneidad étnico-religiosa, y un liderazgo más colegiado, menos sujeto a un “Sadam persa”, lo que puede dificultar que el régimen desaparezca por una simple decapitación del liderazgo, por más que la “cabeza” –el ayatolá Alí Jamenei en este caso– haya sido la más preciada de Oriente Medio. De hecho, la cabeza de clérigo chiita ya no está en su sitio y el régimen sigue ahí, plantando batalla.

Porque los misiles, en efecto, devastan, aturden, conmocionan… Pero para hacer cambios de profundidad en un país tan complejo y poderoso, o para siquiera iniciarlos, hay que bajarse del Boeing C-17 y del Black Hawk, y poner las botas en el terreno.

A menos que haya una Delcy Rodríguez local que se lo ahorre a EE.UU., y, de momento, no parece que sea el caso.

Bloquear el Estrecho, palparnos el bolsillo

“La defensa de Irán no está en sus misiles; ese es un error de concepto. Está en el sostenimiento de su resistencia en el tiempo –asegura a Aceprensa el almirante (r) Juan Rodríguez Garat–. Ellos saben que si Gaza, que es una pequeña franja, soportó dos años de bombardeos, Irán, que es cinco mil veces más grande, puede aguantar muchísimo. Los ucranianos, por ejemplo, han aguantado muchos bombardeos aéreos sin rendirse, y Teherán evidentemente va a hacer lo mismo”.

“Si los hutíes han conseguido con casi nada detener el tráfico en el Mar Rojo, desde luego que los iraníes también lo pueden hacer” (Alm. (r) Rodríguez Garat)

Sobre las capacidades armamentísticas del régimen iraní, el profesor Javier Jordán, catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Granada, apunta que “el tamaño exacto de su arsenal es desconocido en fuentes abiertas (pero) es muy numeroso si se incluyen las municiones menos sofisticadas, como los drones-munición”. La posibilidad de que el país persa siga lanzando ataques “dependerá –dice– del ritmo de uso de esos proyectiles y del número de estos que los israelíes y los americanos destruyan antes de su empleo. Ahora mismo estamos ante una competición de desgaste entre, por una parte, misiles y drones iraníes, y por otra, cohetes interceptores de los estadounidenses y de los países vecinos (que son muy caros y que llevan tiempo de fabricación, lo que suscita críticas dentro de EE.UU. por la merma que supone para atajar contingencias en otros lugares), además de la capacidad de Israel y EE.UU. para destruir los misiles en Irán antes de que sean lanzados”.

En todo caso, por muy golpeados que lleguen a ser los medios de ataque iraníes, pueden hacer mucho daño a nivel global con muy pocos recursos. La clave es el Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del volumen mundial de crudo. Según Garat, a Teherán no le supondría mayor dificultad bloquear el área.

“Lo puede hacer perfectamente, sin ninguna dificultad, porque no se requieren muchos medios para conseguirlo. Basta con que disponga de un vehículo con misiles antibuque y que lo emplace en el parking de cualquier hospital, donde es más difícil que pueda ser atacado, y que lance misiles capaces de alcanzar a un barco mercante, a un petrolero grande que esté en el Estrecho, que tiene un ancho de unos 30 kilómetros”.

“Si los hutíes –añade, en alusión a la milicia yemení designada como terrorista por EEUU.– han conseguido con casi nada detener el tráfico en el Mar Rojo, con muchos menos medios que Irán y en un mar mucho más grande, desde luego que los iraníes también lo pueden hacer”.

Y el perjuicio no será menor: en la región del Golfo se producen cada día, para su exportación, 20 millones de barriles de petróleo y 200.000 toneladas de gas, que tienen que pasar “en fila india” por ese corredor marítimo. Según CNN, ya el domingo, de los 60 buques que debían trasladar tal volumen, solo cinco se atrevieron a transitar por allí, lo que ha implicado un lógico incremento de los precios del crudo.

Que pronto se notará forzosamente en millones de facturas.

¿Rebelarse? ¿Y el apoyo…?

Cuando el presidente Donald Trump anunció el 1 de marzo que las acciones contra Irán tenían como objetivo impedir que obtuviera el arma atómica, la cuestión se antojaba difícil de entender, toda vez que, apenas en junio de 2025, había declarado que el programa nuclear iraní había sido “arrasado”, junto con sus esperanzas de ponerlo en pie en el futuro.

Más “comprensible” fue su llamado colateral, a los iraníes, para que se sublevaran, aprovecharan el apoyo que implica el bombardeo constante a las instalaciones y capacidades militares del régimen y, esta vez sí, tomaran el poder. “Cuando terminemos, tomen el control de su gobierno. Será suyo”, les pidió.

El problema es que la experiencia pesa. En las mentes de muchos iraníes está el recuerdo, de que cuando los norteamericanos han entrado en escena en la historia nacional, no ha sido para bien. Lo subraya Stephen Kinzer en el prefacio de All the Shah’s Men (Willey, 2008): de no haber influido Washington en el derrocamiento del gobierno democrático de Mohammed Mosadegh, en 1953, e implantado la dictadura del Shah, no hubiera sobrevenido el régimen que hoy padecen. Los iraníes, afirmaba hace dos décadas Kinzer, “están dolorosamente conscientes de que EE.UU. ayudó a crear la opresiva teocracia bajo la que viven”.

También está fresca la imagen de lo que sucedió al final de la primera Guerra del Golfo, en 1991, en el vecino Irak. Entonces, el Gobierno de George H. Bush (1989-1993), tras asestar golpes demoledores al ejército de Sadam y obligarlo a retirarse de Kuwait –invadido por los iraquíes en el verano de 1990–, animó a chiitas y kurdos a acabar la tarea y derrocar al dictador. Para sorpresa de quienes se rebelaron, EE.UU. los dejó en la estacada, sin apoyo, por lo que el tirano de Bagdad fue contra ellos, los machacó sin piedad y se quedó tranquilo en sus palacios del Tigris durante otros 12 largos años.

“Salvo que se produzcan graves quiebras internas, es poco plausible esperar un cambio político desde la calle” (Prof. Jordán)

Muchos pueden sentirse además un poco desorientados por la exhortación de Trump, porque sus hechos lo preceden: según recuerda el analista George Packer en The Atlantic,  ha sido precisamente este presidente quien ha eliminado mecanismos de apoyo a la oposición iraní. “El año pasado –afirma– Trump cerró todas las agencias y oficinas estadounidenses que promovían la democracia y los derechos humanos, y desfinanció a medios gubernamentales, como La Voz de América y Radio Farda, (la versión en persa de Radio Europa Libre), que podrían haberse comunicado con el pueblo iraní durante esta crisis”.

Para Antonio Rubio, analista de relaciones internacionales y colaborador de Aceprensa, “el tema de un levantamiento no es tan sencillo: aparte de que no existe un líder ni nadie para coordinar esa acción, los rebeldes, los que se levanten, van a tener que enfrentarse al mensaje de que son traidores, aliados de los que están destrozando a la nación y matando inocentes. Lo mismo que dijeron los talibanes en Afganistán (respecto a sus adversarios): que no era cuestión de libertad, sino que estos trabajaban para una potencia extranjera. Eso al final acaba influyendo, y parte de la población se opondría a esta idea”.

“El régimen –dice por su parte el profesor Jordán– controla los instrumentos represivos y tiene voluntad de emplearlos. Salvo que se produzcan graves quiebras internas, es poco plausible esperar un cambio político desde la calle”.

En ello coincide con el almirante Garat, para quien la guerra más bien dificultaría un levantamiento. “Es posible que haya brotes en zonas remotas, en lugares de difícil acceso, pero evidentemente la gente no puede salir a las calles de Teherán –señala–. Si ya fueron masacrados en tiempos de paz, ahora que ha ocurrido el martirio del ayatolá Alí Jamenei, así visto desde la perspectiva de los fundamentalistas chiitas, pues mucho peor. Evidentemente, si el pueblo iraní saliera a las calles en este momento, habría un baño de sangre”.

El régimen, una hidra con barbas

Con una opinión pública estadounidense mayormente contraria al involucramiento de su ejército en Irán, y sin haber sometido previamente esta empresa bélica a la consideración del Congreso, la Administración Trump estará pensando en una salida que en las próximas semanas le permita declarar algo parecido a una victoria, por más que, cuando los F-35 hayan lanzado sobre Teherán sus últimas ráfagas, el régimen todavía siga ahí, con más ganas si cabe de hacerse con el arma atómica (el ejemplo de la “nuclear” Corea del Norte, a quien nadie osa atacar precisamente por eso, le será convincente).

Sin una mission que Washington pueda declarar meridianamente accomplished esta vez (ya el programa nuclear estaba severamente devastado, como se mencionaba), “EE.UU. se centrará sobre todo en cuantificar las infraestructuras y los objetivos militares destruidos –señala Rubio–, mientras que el discurso de que se pretendía implantar la democracia o por lo menos liberar a los iraníes de un régimen tiránico va a quedar en un segundo plano”.

En cuanto a la narrativa del régimen iraní, agrega, “los árabes y los musulmanes, en este caso, han sido siempre expertos en cambiar derrotas en victorias, en victorias morales, políticas. Lo hizo Nasser en Egipto, lo hizo Hamás en Gaza… También ahora estoy completamente convencido de que, pase lo que pase, como también hizo Sadam Huseín después de la guerra del Golfo, los iraníes proclamarán que han ganado”.

Tampoco el almirante Garat atisba cambios radicales en el plazo mencionado, por más que la desaparición de Jamenei suponga un grave revés para Teherán. “Esto no es Venezuela –subraya–. El régimen de Irán no depende solamente de la personalidad de Jamenei: es un régimen colegiado, donde las decisiones las toma el Consejo de Guardianes de la Revolución, que es como una hidra: por cada muerto saldrá otra cabeza con el mismo pensamiento y casi con la misma barba”, ironiza.

El tablero, concluye, “probablemente quedará como quedó al final de la guerra de los 12 días en junio de 2025, con el presidente Trump cantando victoria y obligando también al israelí Benjamín Netanyahu a parar la campaña antes de lo que a este le gustaría. Y Teherán empezará, una vez más, a levantar sus capacidades para construir misiles balísticos y para desarrollar un arma nuclear”.

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