El preocupante aumento de los “estudios de odio”

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Duración lectura: 2m. 59s.
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El Bard College, institución patrocinada por la Open Society del magnate George Soros, ha implementado un curso de “estudios de odio” para enseñar a profesores y alumnos a detectar signos de odio en los sitios más insospechados, una iniciativa a la que algunos le pronostican una preocupante deriva inquisitorial.

El profesor Robert Weissberg, egresado del Bard hace ya algunos años y antiguo docente de Ciencias Políticas, manifiesta su inquietud al respecto en un artículo en el que deplora la acogida que está teniendo en centros universitarios la impartición de pseudomaterias y la posible asunción de prácticas contrarias al régimen de libertades democráticas.

Weissberg explica que la actual ola antiodio en centros de educación superior tuvo como motor apenas una leve brisa. “Las ideas tóxicas que están corrompiendo actualmente a las universidades comenzaron como pequeñas y oscuras reflexiones antes de escapar de los laboratorios. Pueden haber comenzado con uno o dos papers sin publicar, con una modesta solicitud de financiación institucional, o con un grupo informal de debates. Al final lograron que se les asignara un panel en una convención regional, y un curso experimental. En pocos años, la ‘pequeña idea’ se había hecho por metástasis una plaga intelectual de manual”.

El currículo del Centro Bard para los Estudios de Odio incluye “Arte outsider”, “Estudios norteamericanos”, “Estudios de género y sexualidad”, “Capitalismo y esclavitud”, “Contagio: sobre rumores, herejías, enfermedades y pánico financiero”, etc. Varios de estos temas ya se imparten en instituciones como el Centre on Hate, Bias and Extremism, del Ontario Institute of Technology, en Canadá, y el Center for the Study of Hate and Extremism, de la Universidad de California-Santa Bárbara.

Para el docente, resulta perturbador que el creciente atractivo de la mencionada “pequeña idea” no se deba a su solidez intelectual, sino a que sea totalmente descabellada: cuanto más lo sea, más atractiva será para ciertos investigadores, a la caza siempre de “la próxima gran cosa”. Así aparecieron la “teoría crítica de la raza”, la “manía de la deconstrucción” y cosas semejantes.

Sobre los “estudios de odio”, alerta que adoptan “la misma esencia del totalitarismo: la criminalización del pensamiento”, postura que “no solo contraviene la protección de que goza el discurso impopular en virtud de la libertad de expresión, sino que la propia imprecisión del delito de pensamiento y la imposibilidad de leer la mente de las personas, asegura que cualquiera, en cualquier momento, pueda ser castigado por ‘malos pensamientos’”.

Weissberg se pregunta, por otra parte, quién será el encargado de “exorcizar” el odio: “¿El Ministerio del Anti-Odio? ¿Los tribunales de la Stasi? ¿Puede cada individuo ser juez y jurado, y considerar el asunto como desee? (…) ¿Y qué penas se aplicarán a los odiadores cuando queden expuestos? ¿Bochorno público, confesiones públicas? No hay respuestas fáciles, dado que el código penal estadounidense excluye el ‘odio’ como delito autónomo. Si el castigo fuera quedar desempleado, ningún estadounidense conservaría su puesto”.

Por último, el profesor lamenta la tendencia, por parte de algunas universidades, de contratar a presuntos “especialistas” en este campo. Tales “cazadores de odios” encabezarán purgas propias de la Inquisición para encontrar el “odio invisible” escondido en libros, en bibliotecas enteras, y examinarán con lupa a los estudiantes para detectar su toxicidad.

“Odio decirlo –concluye–, pero esto no va a acabar bien. Es tiempo de que suene la alarma”.