En las garras de la Revolución Cultural Americana

Fuente: National Review
publicado
DURACIÓN LECTURA: 3min.

Una generación de jóvenes de EE.UU., llena de ira y orgullo, se ha lanzado a purificar el país de lo que consideran un sistema injusto y opresor, en el pasado y en la actualidad. Son los que han sido calificados como adeptos del woke, siempre despiertos ante las injusticias de los grupos víctimas de injusticias. En un artículo publicado en National Review, Andrew A. Mitcha ve ahí en acción un radicalismo como el que ya conocemos de otras “revoluciones culturales”.

“América está en las garras de una revolución cultural”. La revolución nació en las universidades, que proporcionaron las tropas de choque que hoy se lanzan al asalto. “Estos jóvenes están dispuestos a derribar estatuas de los Padres Fundadores, retirar monumentos de nuestros presidentes, cambiar el nombre de escuelas, censurar la libertad de expresión y reajustar los planes de estudios. Hacen esto porque creen firmemente que son mejores que sus conciudadanos, retrógrados incorregibles, que permanecen ciegos o, peor, firmemente indiferentes ante las supuestas plagas de nuestra sociedad”.

Esta generación se ha convertido en “la más radical y más desarraigada de los valores del estilo de vida americano”. En lugar del lema tradicional E pluribus unum (de muchos, uno), “la política identitaria se ha convertido en la narrativa dominante enseñada a los jóvenes”.

“La religión del wokeness predicada en nuestras escuelas y en muchos ámbitos de la vida americana se basa en una mutación del marxismo, solo que ahora a quien hay que liberar y dar una conciencia ‘correcta’ por parte de la elite del partido no es un proletariado oprimido. Hoy los grupos de víctimas son las razas históricamente oprimidas junto con las minorías sexuales. En vez de la quimera estalinista de la sociedad ‘sin clases’ que sería alumbrada por el comunismo, los acólitos woke de hoy aspiran a un ‘brave new world’ de justicia racial y de una absoluta igualdad para todos los géneros y orientaciones sexuales, entendida en términos de igualdad de resultados y de representación proporcional”.

Michta piensa que el ambiente de las redes sociales en las que ha crecido esta generación “ha alimentado una cultura de frases hechas y pavoneo moral”, que no deja sitio para el matiz y agudiza las divisiones sociales. Esto refuerza en estos jóvenes la convicción de “la virtud de su causa y de la ruina moral de los que se oponen a ella o simplemente no despliegan el celo exigido”. Como consideran las diferencias políticas una confrontación entre el bien y el mal, para ellos “los otros no están meramente equivocados, sino que carecen de legitimidad”.

Esta joven generación –ayudada por los adultos que les apoyan en la Universidad, los medios, los políticos y las grandes empresas– “apela fuertemente a la emoción, repitiendo con fervor casi religioso el mantra de eliminar ‘los privilegios’, un término amorfo e indefinido” usado en contra de los oponentes. Sin embargo, “no aciertan a ver la mordaz ironía de su propia situación en la vida, que está entre la de los grupos más privilegiados y mimados en la historia de la nación”.

Mitcha anima a reaccionar a tiempo contra esta Revolución Cultural Americana. “El totalitarismo gana cuando la gente honrada no se atreve a hablar y denunciar las mentiras que les rodean, como las contenidas en el lenguaje codificado de ‘privilegio’, la ‘interseccionalidad’, o la ‘teoría crítica de la raza’, y otras frases cuya repetición y ubicuidad les bastan para presentarse como la verdad establecida”.

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