Geopolítica del balón europeo

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Duración lectura: 4m. 57s.

Contrapunto

La Eurocopa ha trastornado los equilibrios geopolíticos de la Unión Europea. Ya al acabar la primera fase, el veredicto era unánime y triunfalista en los periódicos de la Europa latina: ¡Victoria del Sur sobre el Norte, triunfo del fútbol mediterráneo! El Sur, que había colocado a todos sus representantes en los cuartos de final, mira por encima del hombro a un Norte del que sólo queda en liza Holanda.

Pero al analizar las razones de este predominio, no se buscan en las tácticas, sino más bien en estilos de vida, en la dieta mediterránea y en las raíces culturales. Creatividad contra fuerza, sería el resumen. Pero los cronistas deportivos no pueden decir las cosas con tal sencillez. Así que, con su habitual inclinación a la metáfora, uno asegura que “Alemania ha sido víctima de su descabellada fascinación por la proteína”, mientras que los equipos del Sur se han impuesto “por la mejor relación de sus jugadores con la pelota”. Hoy día la relación es algo fundamental y delicado, también con la pelota. Y el Latin player ha demostrado que sabe tratarla con un mimo habilidoso, mientras que el Norte golpea el cuero con burdo estilo de violencia doméstica. Así no se va muy lejos en una relación moderna.

Un comentarista de periódico laico y culto observa el “formidable éxito del catolicismo” frente al “estrepitoso fracaso del protestantismo en sus tres grandes vertientes europeas, luteranismo, calvinismo y anglicanismo”. Así, sin fisuras. Pero es que el fútbol es impermeable al ecumenismo. Está la Iglesia católica en contrito mea culpa, limando aristas y tendiendo puentes. Y los cronistas deportivos desempolvan el “España, martillo de herejes”. Parecía que el triunfalismo religioso estaba fuera de lugar, pero en cuanto llega un triunfo futbolístico nos olvidamos de la laicidad y apelamos a la unión entre la Iglesia y el estadio.

¿Quién dijo que las humanidades estaban de capa caída? Pero si hasta en las secciones deportivas se titula “La victoria del Imperio Romano” o “La Eurocopa sabe latín”, olvidando que “cum fovet fortuna, cave, namque rota rotunda” (traduzco, por si acaso: “cuando la fortuna te favorece, ten cuidado, porque la rueda gira”).

Y si no, que se lo digan a España. Tras la “heroica victoria” contra Yugoslavia, los titulares gritan “milagro”, invocan canciones de gesta y aseguran que “La Eurocopa es morena” como si estuviera dedicada a una Carmen. Pero en los cuartos de final la rueda gira y Francia hace sentir que el eje futbolístico europeo pasa aún por París. Es que en la Europa del balón también el peso demográfico cuenta. España debe reconocer que con la tasa de fecundidad más baja del mundo no cabe alcanzar luego el mayor índice de tantos por delantero en edad de golear. Falta la cantera mínima. Los clubs españoles están acostumbrados a que les saquen las castañas del fuego los futbolistas extranjeros, esos inmigrantes de lujo que traemos a golpe de millones. Pero, a la hora de las selecciones nacionales, triunfan Francia, Holanda, Portugal, países de emigración futbolística, cuyas grandes estrellas emprendieron el camino del éxodo.

España, siguiendo el ejemplo de Francia, debería adoptar la táctica del multiculturalismo y el mestizaje, y cultivar una cantera futbolística de inmigrantes de segunda generación. Serán los hijos de esos marroquíes y de esos peruanos que hoy se abren camino en España los que aportarán sangre nueva a nuestra demografía y a nuestra afición.

A la altura de las semifinales, el resultado es incierto, pero está claro que los equilibrios geopolíticos Norte-Sur van a cambiar en la Unión Europea. No descartemos a los cañoneros de Holanda, jaleados por sus chicas que saben a naranja. Pero el equipo inglés ha descarrilado en la “tercera vía”. El eje Alemania-Francia se ha roto. Los nórdicos poco europeístas (Suecia, Dinamarca, Noruega) han sido castigados. Algunos candidatos a la entrada (Rumania, Turquía) han demostrado que reúnen los criterios de convergencia futbolística.

Así que a la hora de la reforma de las instituciones de la UE, habrá que tener en cuenta el balance de la Eurocopa. ¿Alemania quería que su voto contase más en el Consejo por tener 82 millones de habitantes? ¿Y por qué ha de ser el voto proporcional a la población y no a los goles per cápita? Un Estado grande por población puede ser un Estado pequeño en términos futbolísticos, y viceversa. Desde luego, nada de decidir los asuntos deportivos por “mayoría cualificada” en el Consejo. No vayan a imponer a la Europa mediterránea un cambio de juego que arruinaría sus posibilidades. Podemos repartir los fondos estructurales y los fondos de cohesión, pero los fondos futbolísticos no se tocan. En cambio, se necesita una “cooperación reforzada” entre los equipos mediterráneos, para avanzar en su estilo de fútbol creativo y habilidoso, sin la rémora de los países que siguen anclados en un fútbol fuerza.

Lo que desde el punto de vista futbolístico parece una utopía es la Europa federal que proponía el ministro de Exteriores alemán, Joschka Fischer. Hemos creado la Europa del carbón y del acero, la Europa del mercado único, la Europa del euro. Pero la Europa del fútbol sigue siendo rabiosamente nacional, por no decir nacionalista. La Unión Europea puede ampliarse a veinte o a treinta Estados. Pero cada uno con su camiseta, con sus hinchas y con sus goles. La Unión Europea será la Europa de los Equipos, o no será.

Ignacio Aréchaga

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares