El socialismo cubano deconstruido

Desde que Fidel Castro cambió el uniforme verde oliva por el chándal ha perdido solemnidad y ganado en franqueza. Y algunas de sus declaraciones resultan desconcertantes. Así, ante un público de estudiantes de la Universidad de La Habana, Castro acaba de reconocer los errores de los líderes de la revolución cubana: “Una conclusión que he sacado al cabo de muchos años es que entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante era creer que alguien sabía de socialismo, o que alguien sabía cómo se construye el socialismo”.

Para un régimen que lleva cincuenta años construyendo el socialismo e impidiendo que nadie construya otra cosa, es verdaderamente patético admitir que los planos estaban equivocados y que nadie sabía qué estaban edificando. Es como si un fabricante de automóviles confesara que no sabe cómo funciona el motor de explosión o cómo hay que montar el coche. Solo cuando se ha visto que la máquina no funciona, resulta inevitable reconocer la propia ignorancia.

El asunto es más dramático si se tiene en cuenta que los intentos de construir el socialismo se han hecho siempre con la intransigente convicción de que se trataba de aplicar unos principios “científicos” indiscutibles. No había mucho que inventar en Cuba, ya que se contaba con las ideas de los padres fundadores del comunismo, que habían descubierto las leyes científicas de la historia, y con la experiencia del bloque socialista.

La planificación desde el centro y desde arriba garantizaba la solidez de la construcción. Los fallos solo podían deberse a desviaciones del diseño original, atribuibles a la traición, a la corrupción o a la indisciplina frente a las consignas de los líderes máximos. Frente a la rotundidad de entonces, el reconocimiento de la ignorancia de ahora es como para desanimar a cualquiera. Pero es inevitable reconocerlo, cuando en vez de la construcción del socialismo encontramos un socialismo en ruinas.

Errores en el socialismo y en el capitalismo

Es verdad que tanto el modelo socialista como el capitalista cometen errores. Basta ver las crisis actual en los países de economía de mercado para reconocer errores de bulto en los dirigentes políticos y en los mecanismos de regulación. La diferencia está en el distinto origen de los errores y en los modos de rectificarlos.

En el socialismo basta un error de planificación impuesto desde el centro para que las consecuencias dañinas se extiendan por todo el sistema, sin que nadie pueda corregir nada hasta que lo decida el planificador. En una economía de mercado, cada agente tomará sus iniciativas, acertará o se equivocará, pero la respuesta del consumidor le obligará pronto a rectificar o le impulsará a insistir. Y es más difícil que en un sistema que es la suma de innumerables iniciativas, el cúmulo de errores se imponga sobre los aciertos.

En cualquier caso, la experiencia indica que el desorden del mercado ha sido más innovador y eficiente que la supuesta racionalidad de la planificación burocrática. El proceso de “destrucción creativa”, con el que el economista Joseph Schumpeter describía el proceso de innovación capitalista por el que los nuevos productos destruyen los negocios desfasados y crean otros nuevos, ha construido una sociedad más próspera que el socialismo. En realidad, nadie se plantea “construir” el capitalismo; basta dejar que la libre iniciativa fluya, encauzada por las normas que regulan la economía de mercado.

Siempre cabe alegar que el socialismo real que hemos conocido no es el “verdadero” socialismo, el del paraíso de la abundancia y sin clases, nunca realizado. Pero si los que llevan medio siglo construyendo el comunismo, como Fidel Castro, no lo han conseguido y ahora reconocen que no sabían cómo hacerlo, lo que hay que preguntarse es si en verdad existe o si es el opio del sueño utópico.

Cambiar a los líderes

Otra ventaja de la economía de mercado es que suele ir unida a la democracia, mientras que el comunismo va de la mano del partido único y del líder insustituible. Por eso, en la primera, la libertad de crítica en la prensa ayuda a detectar antes los errores, y las elecciones democráticas permiten al menos desembarazarse de los que han fracasado. Por el contrario, bajo el régimen de partido único comunista, la prensa ve amordazada su libertad de crítica, excepto cuando los propios dirigentes deciden que hay que cambiar algo. Entonces la prensa sigue siendo correa de transmisión del poder, si bien esta vez al servicio del cambio, como parece ocurrir ahora en Cuba con el adelgazamiento del sector público y la apertura hacia los “cuentapropistas”.

Pero lo que nunca se admite es que el propio pueblo, y no el partido comunista, pueda cambiar a los dirigentes. Si esto fuera posible, Cuba no estaría como está. Si a Castro le ha costado “muchos años” llegar a la conclusión de que nadie sabía cómo construir el socialismo, es probable que una mayoría de cubanos hayan sacado mucho antes la misma conclusión. Lo malo es que ni han podido expresarlo ni se les ha permitido elegir unos líderes más competentes.

Después de todo, el error más importante no es que nadie sepa cómo se construye el socialismo; el peor es que no se le permita a nadie construir otra cosa.

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