Madres rebeldes: manifiesto para un nuevo feminismo

Un libro de la noruega Janne Haaland Matlary
No es un movimiento organizado, sino un nuevo modo de pensar. Las nuevas feministas (que ni tan siquiera se dejarían llamar así) son más rebeldes que las militantes de los años setenta, porque parten de una idea que no es “políticamente correcta”: que la mayor parte de las mujeres son madres o les gustaría serlo. Y que la sociedad debe organizarse para hacer que trabajo y familia no sean un dilema sino realidades compatibles.

Para lanzar un razonamiento aparentemente tan sencillo es preciso tener un curriculum lejano de toda sospecha. De lo contrario, no faltarían quienes pudieran decir que, en el fondo, lo que se propone es volver a encerrar a la mujer en la cocina. La noruega Janne Haaland Matlary tiene los documentos en regla: además de ser escandinava, es catedrática de Relaciones Internacionales, es secretaria de Estado de Asuntos Exteriores en el gobierno de su país y tiene cuatro hijos. De ahí que las ideas expuestas en su último libro (1) tengan, por un lado, la fuerza de quien experimenta cada día la dificultad de hacer compatible un trabajo exigente con la atención a la familia; y por otro, la de quien está decidida a cambiar las cosas.

“He luchado durante más de diez años para conciliar maternidad y trabajo profesional, sintiendo que me crecía por dentro un enfado al ver que el embarazo y el periodo de lactancia se consideraban ‘interrupciones’ en la carrera, y al comprobar que nuestras modernas sociedades occidentales ignoran casi por completo el enorme trabajo que supone la maternidad y su importancia para la colectividad”. Algunos vestigios de esa “lucha” se intuyen entre líneas a lo largo de las páginas del libro; en otros casos, su presencia es más contundente. Como cuando relata un breve encuentro con un colega: “‘Tengo cinco hijos, pero mi mujer no trabaja’, me dijo. ‘¿De verdad que no trabaja?’, le respondí. ‘Entonces, ¿qué es lo que hace si no todo el día en casa con los niños?’ Se sonrojó y se disculpó. Espero que haya aprendido la lección”.

Janne Haaland MatlaryUna mala fotocopia

El contenido del libro toma pie, según confiesa la autora, de las conversaciones que ha mantenido con otras mujeres durante esas sesiones de sauna típicas de los países nórdicos. La sustancia de la reflexión parte de un dato antropológico esencial, si bien hasta ahora rechazado por cierta cultura dominante: la feminidad se expresa en la maternidad (entendida en sentido amplio, no sólo biológico). “He sido siempre una mujer trabajadora, interesada ante todo por mi propio trabajo. Pero cuando me convertí en madre me di cuenta de que esa era, en un sentido muy profundo, la verdadera esencia de la feminidad”.

Esa idea va unida a otra comprobación fundamental: el hombre y la mujer son distintos. Según Matlary, una de las principales deficiencias del feminismo histórico ha sido crear un modelo femenino que era una fotocopia del varón. Se olvidaron de la mujer real. Es preciso, por tanto, recuperar la identidad de la mujer, y que madure la convicción de que será fuerte sólo si desarrolla sus propias cualidades. “Yo, mujer, debería sentirme libre de ser yo misma, sea cual fuere el trabajo que desempeñe. Yo, mujer, no debería nunca verme obligada a elegir entre maternidad y carrera; es más, debería ser más valorada en el trabajo y en la política precisamente en cuanto madre. No tengo por qué parecerme a los hombres para conseguir un trabajo, ni debería verme obligada nunca a esconder que soy madre. Las cualidades femeninas me hacen fuerte, mientras que imitar a los hombres me debilitan porque entonces no soy realmente yo misma”.

El feminismo de los años setenta ha negado a la maternidad respeto y prestigio. “La maternidad se convirtió en un término negativo para designar a la mujer pasiva y atrasada, encerrada en casa, y que era tan estúpida que tenía muchos hijos. Una mujer que no había comprendido que la felicidad y la verdadera ‘realización’ estaban en el trabajo fuera del hogar”. Una consecuencia de haber considerado la maternidad como algo insignificante es que el feminismo dejó de lado la necesidad de conciliar familia y carrera profesional. Era un tema que no le interesaba.

Acción política

Y de esa laguna surge natural otro de los postulados centrales del “nuevo feminismo” que presenta Matlary. Se podría expresar así: es preciso organizar las cosas para que las mujeres -y los hombres- pudieran atender familia y trabajo sin dejarse la salud en el intento.

Es difícil que el “mercado” conceda espontáneamente esas medidas concretas. Es preciso, por tanto, promoverlas por medio de un empeño político, que no debe ser tarea exclusiva de las mujeres que se dedican a la política, sino también de los hombres.

Es una realidad que existe una gran disparidad entre hombres y mujeres cuando compiten por un puesto de trabajo en la edad en la que es posible tener hijos, que coincide con el mejor periodo para afirmarse también profesionalmente. Las condiciones de la vida laboral deberían reflejar adecuadamente este problema.

Con esa acción política hay que conseguir esquemas de trabajo flexibles; instrumentos que impidan que las madres se vean discriminadas en el lugar de trabajo; que se desarrollen conceptos como el de “salario familiar”, a cargo del Estado, por el beneficio social que supone una familia equilibrada, salario al que podrían acogerse tanto la madre como el padre que optara dedicarse al hogar… Concretamente, afirma la autora, hay que lograr, entre otras cosas, desgravaciones fiscales, bajas por maternidad de al menos nueve meses -retribuidas y con garantía de conservar el puesto de trabajo- y que también el padre tenga derecho a baja por paternidad.“Management” doméstico

No basta con contentarse, aunque no sería poco, con que la maternidad, y las ausencias que provoca, no sea un motivo de discriminación en el trabajo. En realidad, ser madre supone tal dedicación que tendría que “puntuar”, de algún modo, en el curriculum profesional. La experiencia de la maternidad incluye, además, numerosas cualidades que están muy solicitadas en la vida laboral.

A partir de ahora habrá que aprender a saber presentar los valores laborales que encierran el matrimonio y la familia vividos con normalidad. “¿Qué directivo del futuro desea empleados sin otra experiencia de relaciones humanas que la de un matrimonio fracasado? La madurez que deben adquirir los padres es una riqueza increíblemente importante para un hombre de negocios consciente de sus acciones. En el lugar de trabajo, el llamado ‘capital humano’ -una expresión horrible- sigue siendo la principal riqueza. Los jóvenes agresivos, cazadores monomaniacos de beneficios, no son desde luego el capital humano que una buena empresa desea”.

Es preciso mostrar, y que se valore, que “el trabajo de la maternidad garantiza a la mujer competencias que se muestran útiles en diversas situaciones profesionales: saber gestionar muchas cosas simultáneamente, ser práctica y versátil, constante, paciente y determinada: la familia es como una pequeña ’empresa’: hay que gestionarla y dirigirla”.

Puntos para el “curriculum”

Las propuestas anteriores, y otras contenidas en el libro, podrían sonar un poco ingenuas. Pero es aleccionador el relato de cómo la autora hizo valer su condición de madre en las oposiciones a cátedra. Su contrincante era un hombre.

“La comisión que debía decidir sobre nuestros correspondientes méritos académicos declaró que estábamos al mismo nivel. Me sorprendió mucho, pues el otro candidato era seis años más joven que yo. ¿Cómo podía haber desarrollado la misma cantidad de trabajo que yo en menos tiempo?, pensé. Pero después hice cálculos sobre mi dedicación como madre: cuatro hijos por nueve meses de embarazo. Total: tres años. Cuatro hijos por nueve meses de lactancia, otros tres años. Total: seis años. Además, un total de otros dos años dedicada a los hijos pequeños después del periodo de lactancia… En resumen, quitando el tiempo dedicado al nacimiento y atención de los hijos, me salía un resultado mejor que el de mi competidor. Por primera vez en la historia, los miembros del comité académico tuvieron en cuentan estas consideraciones. Pero no estaban obligados a hacerlo por ninguna ley, sólo por la del sentido común”.

Mujeres al poder

Si las cualidades femeninas mejoran el mundo del trabajo, lo mismo cabría pensar de los efectos de una mayor presencia femenina en el ámbito político. El postulado se podría formular así: si las mujeres tuvieran mayor influencia, el mundo sería mejor.

Aunque en Noruega la mitad del gobierno está en manos femeninas, lo mismo que el 40% del parlamento, las cifras globales son mucho más modestas: en la actualidad, las mujeres representan sólo el 13% de los cargos políticos. Y la presencia es todavía inferior en cargos con repercusiones internacionales.

Y sin embargo, su presencia en los “centros de poder” podría aportar algo más de humanidad, hoy tan necesaria en un mundo caracterizado por las luchas internas. “La alta política -la comedia de la guerra y la paz entre los Estados- ha sido sustituida por caóticos conflictos internos, donde no se respeta ya ninguna norma internacional”. El 90% de los conflictos de la década que termina han sido guerras civiles, cuyas principales víctimas no son los soldados sino los niños, las mujeres y los ancianos, y donde los refugiados se cuentan por millones. Parece evidente que la presencia de mujeres en los centros de decisión internacionales es hoy más necesaria que nunca.

La vida familiar es, además, un eficaz antídoto contra algunos vicios característicos de la clase política. “La mejor cura contra la presunción consiste en ir a casa y ponerse a lavar el suelo de la cocina, con los niños en la sala de estar que gritan porque quieren comer, que les hagamos caso o jugar. Las tareas cotidianas de la maternidad -y de la paternidad- nos hacen humildes y nos recuerdan que somos insignificantes. También por este motivo, muy banal, considero que las mujeres son potencialmente mejores políticos que los hombres: nos hemos acostumbrado a poner paz y a solucionar conflictos en nuestra experiencia diaria con los hijos (¡por no hablar de los maridos!) y somos incapaces de fijar la atención sobre nosotras mismas durante demasiado tiempo”. La autora precisa más adelante que tampoco se trata ahora de idealizar a la mujer, pues ambos sexos tienen paralelas capacidades para la cosa pública.

En política, como en el panorama laboral en general, todo parece estar diseñado (ritmos de trabajo, horarios, etc.) al servicio de un tipo de hombre que deja a la familia en un segundo plano. Haría falta un poco más de sentido común femenino. Por eso, no cabe sino estar de acuerdo con observaciones como las siguientes: “no entiendo por qué los parlamentos trabajan durante toda la noche y luego pasan prolongados periodos de vacaciones”; “estoy segura de que los hombres podrían eliminar gran parte de sus viajes si se preocupasen, como las mujeres, de los problemas que acarrean sus ausencias”.

Seis mil dólares

Se podría pensar que muchas de las propuestas contenidas en el libro son utópicas, y que será muy difícil ponerlas en práctica en un mundo tan competitivo y “global” como el nuestro: en el fondo, lo que las empresas quieren y buscan son gentes que se “casen” con ellas… Posiblemente, no será fácil ni siquiera hacer comprender a algunos que es preciso cambiar algunas reglas, hacerles ver la importancia de conseguir que millones de personas puedan mejorar la atención a sus familias sin que eso suponga un menoscabo para su trabajo.

Una nota de que no se trata de meros planteamientos utópicos, sino de ideas que encuentran una buena acogida entre la gente, la ofrece una reciente medida adoptada por el parlamento noruego, que la autora relata con legítimo orgullo. A fin de permitir a los padres una verdadera elección entre dejar a su hijo en la guardería o quedarse en casa cuidándolo, se aprobó que el Estado ofreciera a las familias una ayuda de seis mil dólares anuales por niño (hasta el tercer año de edad) en el caso de que uno de los dos padres optara por permanecer en casa durante ese periodo. La medida salió adelante, aunque no faltaron quienes la vieron como una cosa retrógrada.

Y es que no resulta fácil cambiar una mentalidad y sus “dogmas”, pero ya se sabe que un primer paso importante es plantear los problemas y apuntar soluciones, con intención de que con el tiempo ayuden a configurar un “orden del día”, una agenda política, unas prioridades que respondan verdaderamente a las necesidades de la gente y no a los dictados ideológicos de unas minorías.

Las nuevas familias escandinavasSuele identificarse a los países de Europa del norte con la vanguardia de muchas tendencias sociales contrarias al modelo natural de familia. Matlary subraya que está emergiendo otro fenómeno muy interesante y poco conocido:El problema del envejecimiento demográfico se convertirá pronto en algo muy grave. El índice de fecundidad en Escandinavia, que es el más alto de Europa, ronda el 2,0, apenas suficiente para mantener la población a un nivel constante. Pero en la Europa meridional, concretamente España e Italia, está en el 1,2, muy por debajo del nivel mínimo que garantiza el reemplazo.

En contraste con estas tendencias disgregadoras, de las cuales la más reciente y peligrosa, en relación a la familia y los niños, es la del “pluralismo de los estilos de vida”, se está asentando en los países escandinavos la práctica de construir familias numerosas y sólidas. Cada vez son más las parejas con una instrucción superior y una renta relativamente elevada que deciden tener cuatro o cinco hijos. ¡Tener muchos hijos se está convirtiendo en un nuevo status symbol!

Las mujeres que viven esta experiencia cuentan que, al convertirse en madres, se sienten realizadas como mujeres y que tener muchos hijos es una cosa sana y natural. Saben pedir a los maridos que las ayuden en casa y se organizan la vida laboral con una cierta flexibilidad, que demandan a la sociedad y a los empresarios. Como tienen instrucción superior, estas mujeres pueden exigir que se las trate y respete como madres y como profesionales. No quieren imitar a los hombres y no piden perdón por ser madres. Siguen trabajando fuera de casa, pero tienen un empleo de dedicación parcial, o se quedan en casa cuando los hijos son pequeños. Piden a los maridos que compartan la responsabilidad de la familia en casa y en el trabajo.

El nihilismo que impera en la sociedad y en la política es tal vez el motivo principal por el que estas parejas deciden formar familias fuertes. Quieren tener un contrapeso. Se dan cuenta de que deben usar sus capacidades de padres y son lo suficientemente cultos para no dejarse adoctrinar demasiado fácilmente por el “pluralismo de valores” referido a los estilos de vida.

La imagen de la “avanzada” Escandinavia no es, pues, uniforme. Por una parte, están surgiendo familias fuertes, lo que constituye una novedad. Y por otra, está desapareciendo la percepción del carácter natural de la familia y, por tanto, de la paternidad y la maternidad.

Diego Contreras_________________________(1) Janne Haaland Matlary. Il tempo della fioritura. Per un nuovo feminismo. Mondadori. Milán (1999). 185 págs. 28.000 liras (14,46 euros).

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