La paternidad intensiva, un medio para reducir la desigualdad escolar

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Duración lectura: 9m. 9s.
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Existe un amplio consenso en que los primeros años de vida son clave par el desarrollo cognitivo de los niños, y en que este influye significativamente en su posterior rendimiento académico, así como en otros indicadores relacionados con una vida más saludable y exitosa. Distintos estudios apuntan maneras de lograr un ambiente más formativo, tanto en casa como en la escuela, lo que podría beneficiar especialmente a los niños de familias pobres y reducir su desventaja inicial respecto a los demás.

Se puede decir que la brecha educativa de los estudiantes de familias desaventajadas empieza antes de nacer. La investigación señala que, incluso descontando la influencia de otros factores como la estructura familiar o el tipo de colegio, el nivel socioeconómico de los padres –y especialmente el nivel de estudios de la madre– suponen un importante hándicap para los alumnos con menos recursos. No obstante, también hay acuerdo en que una parte no despreciable de esa desventaja se puede paliar interviniendo tempranamente, en concreto durante los primeros tres años de vida de los hijos, antes incluso de que lleguen a la educación infantil.

Los padres pobres aprenden de los ricos

El tiempo dedicado por los padres a los hijos en casa ha aumentado durante las últimas décadas en casi todos los países del Primer Mundo, y eso a pesar de que también lo ha hecho la dedicación semanal al trabajo. Según un estudio de dos investigadoras italianas, de los 11 países analizados –9 de ellos europeos, más Estados Unidos y Canadá–, en todos menos en Francia las madres empleaban en 2012 casi el doble de minutos en estas tareas que en 1965. Aún más ha crecido la dedicación de los padres, aunque como partían desde mucho más abajo, todavía se sitúan por detrás de ellas en todas las naciones analizadas.

El estudio revela que madres y padres sin educación superior han aumentado mucho su dedicación a los niños; pero como los que tienen título universitario la han aumentado aún más, la brecha entre unos y otros se ha agrandado en casi todos los países. Así ocurrió especialmente desde 1970 al comienzo de siglo XXI. En estos años, los matrimonios con más estudios adoptaron un estilo de paternidad “intensivo” (más conversación con los hijos, lectura en voz alta, desarrollo de actividades creativas, etc.), quizás influidos por la incipiente investigación sobre desarrollo cognitivo temprano, y a pesar de que son precisamente las familias acomodadas las que en mayor medida podían permitirse “externalizar” esta tarea, matriculando a los niños en centros infantiles o contratando a niñeras.

También en las familias de clase modesta se está extendiendo la “paternidad intensiva”

Aunque tarde, parece que las familias de estratos culturales más bajos se están sumando a la paternidad intensiva. Un artículo reciente de The Economist, que se apoya en datos del estudio italiano, destaca cómo desde el año 2000, y especialmente en la última década, estos matrimonios copian cada vez más las costumbres de las familias de clase media y alta.

El texto sugiere algunas posibles causas. Por un lado, la crisis de 2007, que dejó sin empleo especialmente a trabajadores de clase modesta, posibilitó que estos pudieran pasar más tiempo en casa con sus hijos. Por otro lado, se han multiplicado las iniciativas para fomentar una paternidad intensiva entre las familias menos acomodadas. También ha aumentado significativamente la matriculación en la primera etapa de la enseñanza prescolar, lo que se relaciona con una mayor atención a los niños en casa. Por ejemplo, una investigación sobre el programa norteamericano Head Start demostró que los niños que asistían a estas escuelas tenían más probabilidades de que sus padres les leyeran libros en voz alta.

Aprovechar la plasticidad del cerebro infantil

¿Cuándo empiezan a sentirse los perjuicios de un mal ambiente de crianza en el cerebro del niño? La literatura científica no es unánime al respecto. Un estudio de un hospital pediátrico de Filadelfia publicado en 2017 documentaba que, ya en el primer año de vida, los niños nacidos en familias de bajos ingresos, además de sufrir mayor inseguridad alimentaria y conflictividad familiar, muestran un menor desarrollo cognitivo que la media. También tienen menos juguetes y materiales educativos apropiados para su edad. Sin embargo, otros estudios retrasan hasta los tres años los efectos negativos de la pobreza o la insalubridad familiar.

Según el Council for Early Development, el momento de mayor sensibilidad cerebral en lo que se refiere al control de las emociones se da antes de que el niño cumpla un año; en lo relativo al desarrollo del lenguaje, entre el primero y el segundo año de vida; y en cuanto a las habilidades sociales y numéricas, entre el segundo y el tercero. A partir de los tres años, el cerebro sigue moldeándose en todos estos aspectos, pero su plasticidad es menor.

Distintas iniciativas ayudan a los padres a fomentar una interacción más rica y estimulante con sus hijos

Sin embargo, es precisamente en la etapa más sensible para el desarrollo cognitivo cuando la matriculación en escuelas infantiles (sean centros educativos como tales o escuelas-hogar, una modalidad arraigada en algunos países) es más baja: menos de un 40% en la media europea, aunque el porcentaje ha ido aumentando progresivamente en las últimas décadas. En cambio, a los tres años la tasa media de matriculación se sitúa ya en un 80%, y en un 90% a los cuatro años.

“Hablar” con el niño importa

Así pues, son los padres los que asumen mayoritariamente la responsabilidad durante los años clave del desarrollo cerebral. De ahí que, según ha ido avanzando la investigación sobre el tema, hayan proliferado los programas que pretenden ayudar a las familias a fomentar una interacción más rica y estimulante con sus hijos, algo especialmente útil en el caso de las de bajo perfil económico-cultural.

Un ejemplo de estos programas son los de ParentChild+, una organización sin ánimo de lucro norteamericana que lleva ofreciendo apoyo a familias vulnerables desde hace cincuenta años. El nombre original del modelo era The Verbal Interaction Project, y aunque con los años han ido expandiendo su radio de acción, el desarrollo de la comunicación verbal entre padres e hijos sigue siendo el núcleo de sus intervenciones.

Este ha sido también el foco de muchas investigaciones sobre la relación entre el nivel social de la familia, el desarrollo cognitivo temprano y su posterior rendimiento académico. Según cálculos de LENA, una organización similar a ParentChild+, hasta un 27% de la variación en la comprensión verbal de los adolescentes se explica por la cantidad de “conversación” mantenida con sus padres en los tres primeros años de vida.

La ayuda a padres con menos recursos culturales –y habitualmente económicos– resulta especialmente útil. Un estudio de 2013 que los niños de este tipo de familias que recibían más conversación directa (no si simplemente la escuchaban “de fondo”) a los dos años habían desarrollado un mayor vocabulario y mejor comprensión verbal. No obstante, otro publicado en 2016 señalaba que los efectos positivos de una intervención puntual en familias humildes desaparecían a medio y largo plazo si no se le daba continuidad.

La valoración que hagan los padres de su propia capacidad para influir en el desarrollo cognitivo de los hijos y de la inteligencia “innata” de estos también resulta importante. Varios estudios muestran que los progenitores más convencidos de su eficacia, leen más y hablan más con sus pequeños, lo que redunda en un mayor desarrollo temprano. Otra investigación destaca que, aunque el efecto positivo se da independientemente de las habilidades innatas del bebé, lo cierto es que aquellos que muestran una mayor habilidad cognitiva a los dos años reciben más estimulación por parte de sus padres en los años sucesivos. Moraleja: hay que tratar a todos como si tuvieran una alta inteligencia innata, sea verdadero o no.

El refuerzo de la escuela, no solo educativo

En prácticamente todos los países de la OCDE, la matriculación en educación infantil de primera etapa (0 a 3 años) es menor entre las familias con menor poder adquisitivo, y va creciendo según se asciende en la escala social. La diferencia es especialmente abultada en algunos como Irlanda, Bélgica, Francia, Países Bajos o Reino Unido, y en cambio apenas es significativa en la región nórdica o en Alemania (España está en la media). Esta diversidad tiene que ver, en gran parte, con la disponibilidad de plazas gratuitas o de becas en cada país, pero también con las peculiares tradiciones nacionales en lo referente al parenting. En cualquier caso, los padres que mayor beneficio podrían obtener de la escuela infantil son, por lo general, los que menos acuden a ella.

No obstante, la calidad del programa importa más que la mera asistencia. Los indicadores más utilizados para medirla son de corte académico: particularmente las habilidades lingüísticas y numéricas que deberían ayudar al alumno a entrar con buen pie en primaria. Sin embargo, para algunos, esta insistencia degenera frecuentemente en una obsesión y desnaturaliza lo que debería ser una enseñanza centrada en el juego. Además, hay datos que invitan a relativizar la importancia de lo académico en la etapa prescolar: mientras que la ventaja en lectura o matemáticas de haber estado matriculado desaparece a los pocos años, el efecto positivo sí permanece hasta la vida adulta en otros ámbitos: más probabilidad de graduarse e ir a la universidad, menos de ser arrestados o consumir drogas.

Un artículo de la revista Vox publicado en 2019 explicaba que esto se debe a que el principal beneficio que ofrecen las escuelas infantiles es proporcionar un ambiente agradable y estimulante para unos niños, de manera que los padres queden libres para poder avanzar en sus estudios –especialmente los de bajo nivel cultural– o sus carreras profesionales.

Según estos y otros estudios, el impacto a largo plazo de la formación en los primeros años de la vida de un niño depende de la calidad de los cuidados. Pero esta calidad no debe medirse solo con criterios académicos. Padres y escuelas no deben confundir atención intensiva con agobiante, ni olvidar que a estas edades el juego puede ser tan instructivo como la lectura.

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