Universidades: pescar nuevas matrículas con la caña de los microgrados

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Las universidades en los países del primer mundo se enfrentan a una situación de crisis por el posible descenso de estudiantes matriculados. La tendencia no es la misma en todas las regiones, aunque sí coinciden varios ingredientes peligrosos: a la baja natalidad se suman los efectos de la pandemia, el declive de alumnos internacionales y el auge de un nuevo tipo de formación superior más centrada en enseñar competencias profesionales. Ante este panorama, las instituciones tradicionales están buscando formas de seguir siendo atractivas.

Desde hace una década, la tendencia en cuanto a la matriculación en enseñanza superior en los países más industrializados es ligeramente negativa. Según un informe de Higher Education Strategy Associates, una institución con sede en Canadá, el número de estudiantes en el “Norte Global” (que incluye Europa, Norteamérica y los países más ricos de Asia y Oceanía) descendió un 7% de 2011 a 2020. En cambio, en el “Sur Global” (África, Latinoamérica y el resto de Asia), aumentó notablemente en el mismo periodo.

No obstante, incluso dentro del mundo industrializado, la situación no es la misma en todas las regiones. El peor escenario es el de Europa del Este (Polonia, Rumanía, Ucrania –ya antes de la guerra–), donde la matriculación ha experimentado un drástico descenso. También baja, aunque solo ligeramente, en Norteamérica, Australia y los países asiáticos más ricos: Japón, Corea del Sur, Singapur y Taiwán.

Distintas perspectivas demográficas

El descenso en la matriculación en los países más ricos se explica, en parte, por el declive de la natalidad. El invierno demográfico es especialmente crudo en Europa. Según datos de la OCDE, en 2020 la población europea de entre 20 y 24 años –la edad típica de los estudiantes universitarios– era de 24 millones de personas, 3.150.000 menos que en 2010 (una reducción del 12%).

No obstante, los datos son muy diferentes según el país (ver gráfico).

Fuera de Europa, también se observan distintos patrones: países donde este segmento sigue creciendo (Australia, Canadá o India), otros donde se ha estabilizado (como Estados Unidos o Brasil), y algunos donde ha sufrido un brusco descenso (China o Rusia).

Respiro a corto plazo, con previsión de tormenta

Estos datos influyen en las matrículas universitarias actuales, porque se refieren a la población en edad de estudiar una carrera ¿Pero qué perspectiva ofrece la demografía de cara a las futuras matriculaciones? A corto plazo, el panorama es positivo. El número de niños entre 10 y 14 años (los que dentro de cuatro a ocho años entrarán en la etapa de estudios superiores) es mayor que el de hace una década en la mayoría de los países europeos. El crecimiento es especialmente fuerte en algunos donde la actual población en edad universitaria más ha bajado, como Rusia, Estonia, Letonia, República Checa o España. En cambio, se ha producido un descenso en Portugal, Holanda y Lituania, que debería poner en alerta a sus universidades de aquí a diez años.

En la enseñanza online, los centros privados y de tamaño mediano son los de más éxito, y las universidades públicas intentan no quedarse atrás

¿Y qué pasará dentro de veinte años? Para saberlo sirve observar el número de nacimientos actuales, y su evolución en los últimos años. Tanto en Europa como en Estados Unidos la tendencia es similar: después de un ligero repunte en los primeros años de la década pasada, de 2015 a 2020 han ido descendiendo: 300.000 menos en Europa, casi 400.000 en Estados Unidos. Y eso sin contar el efecto de la pandemia, que hundió aún más la natalidad sin que en muchos países se haya producido después el esperable “efecto rebote”.

Menos estudiantes internacionales y disrupción “online”

Pero además de la evolución demográfica, otros elementos están influyendo en las matrículas universitarias, y seguirán haciéndolo. Por ejemplo, el tipo de institución. En Estados Unidos, son las universidades regionales, de tamaño más pequeño y con poca investigación, y los community colleges, centros que imparten grados de dos años con una orientación más práctica, los que en mayor medida están perdiendo alumnos. En cambio, las universidades punteras no se están resintiendo; incluso las previsiones indican que ganarán estudiantes.

El descenso de alumnos internacionales, en parte debido a las restricciones por la pandemia, también ha mermado las matriculaciones en países acostumbrados a recibir a muchos de ellos, por ejemplo, Estados Unidos o Australia. Una vez más, las previsiones indican que las más perjudicadas por esta reducción serán las universidades de tamaño o prestigio pequeño o mediano, mientras que las grandes y más renombradas se repartirán todo el pastel.

Por otro lado, la enseñanza online o híbrida (semipresencial), se abre paso con fuerza en la educación universitaria. Esta tendencia ya se podía observar antes de la pandemia, pero los sucesivos confinamientos la han acentuado. En Estados Unidos, la universidad presencial ha perdido casi dos millones de alumnos desde 2012, mientras que la virtual ha ganado un millón: la modalidad completamente digital crece en los estudios de grado, mientras que la híbrida gana cuota en los de posgrado.

En el caso de la enseñanza online, son sobre todo centros privados y de tamaño mediano las que se están llevando el gato al agua. Tanto, que las grandes universidades públicas están empezando a reaccionar, y cada vez más ofrecen cursos virtuales.

La tendencia emergente son las “microcredenciales”: cursos cortos y diseñados para adultos que ya están en el mercado laboral desde hace tiempo

No obstante, cabe la posibilidad de que la presencialidad total se convierta en un rasgo distintivo de las mejores instituciones, por la ventaja que supone para la vida universitaria más allá de los estudios: instalaciones deportivas, conferencias, asociaciones de estudiantes, relación con los profesores, etc. Si, como se dice a veces, lo que justifica el alto coste de las universidades de élite es, sobre todo, la red de contactos que se genera durante la carrera, la presencialidad es la mejor forma de asegurar ese “plus”.

Títulos “alternativos”, basados en competencias

Una de las tendencias que los expertos en el mundo universitario convienen en destacar es el auge de las “credenciales alternativas”: títulos que acreditan que el alumno ha desarrollado determinadas competencias profesionales, y que se obtienen tras cursar unos programas cortos, muy prácticos y ofertados habitualmente en modalidad semipresencial o completamente online.

Aunque en muchos países existen desde hace tiempo programas universitarios de tipo más profesional, la tendencia emergente la representan las llamadas “microcredenciales”: cursos más cortos –de meses o incluso semanas– y diseñados fundamentalmente para adultos que ya están en el mercado laboral desde hace tiempo.

Mientras desciende el “premio” económico de los títulos tradicionales, el de los “microgrados” ha aumentado por la pandemia y la volatilidad del mercado. Estos estudios se ofrecen como la forma más rápida y económica de reciclarse profesionalmente o añadir un plus al currículum de cara a una posible oferta.

Por todo ello, las “credenciales alternativas” están atrayendo a muchas personas de treinta años en adelante, un segmento distinto del que se matricula en los grados tradicionales, y en el que las universidades podrían buscar el alivio económico que les niega la natalidad.

Un reportaje en The Hechinger Report cuenta el caso de la Western Governors University, una entidad privada que ofrece titulaciones online parceladas en competencias, cada una de las cuales recibe su propia certificación por organismos empresariales o educativos. Así, el estudiante puede ir acumulando acreditaciones que añadir a su perfil profesional, aunque no acabe el grado completo. La trayectoria de esta universidad refleja su éxito: fundada en Utah a finales de los 90, actualmente se ha extendido a otros ocho estados, y matricula a casi 120.000 alumnos, cuya edad media ronda los 35 años.

Ventajas y riesgos

Sus títulos se ofrecen como una oportunidad para trabajadores que buscan reciclarse o reengancharse al mercado, pero también para estudiantes que quieren complementar su grado universitario, o enriquecerlo por si no lo terminan, algo frecuente en Estados Unidos: cuatro de cada diez alumnos aún no han terminado después de seis años, lo que supone un gasto muy elevado. En cualquier caso, algunas investigaciones señalan que adquirir este tipo de acreditaciones mientras se estudia la carrera aumenta la probabilidad de finalizarla. “Si se pudiera diseñar desde cero la universidad –dice el presidente de otra universidad alternativa norteamericana–, así es como habría que hacerlo”.

La proliferación de cursos de actualización profesional para compensar el descenso de estudiantes jóvenes puede perjudicar el carácter humanístico de las universidades

No obstante, este tipo de credenciales también tienen sus peros. El primero es su incierto reconocimiento en el mercado. Aunque se han diseñado diferentes marcos para intentar unificar criterios que sirvan al empleador y al empleado, como el Common Microcredential Framework, lo cierto es que la aceptación de estos títulos todavía es bastante heterogénea.

Una forma de medirlo es analizar el impacto de estos programas en el salario de los trabajadores que los han completado. Aunque la investigación hasta la fecha no es concluyente, algunos estudios señalan que su efecto es moderado o bajo y poco sostenido en el tiempo, aunque otros explican que este aumenta cuando las “credenciales alternativas” funcionan como complemento del grado tradicional, en vez de como sustituto.

Otro punto flaco es el riesgo de que una excesiva especialización provoque una obsolescencia temprana de las habilidades adquiridas, sobre todo en programas centrados en tecnologías.

Con todo, el sector de las credenciales alternativas está en pleno auge, como atestiguan algunos informes. A las universidades privadas se están uniendo también algunas públicas, que no quieren quedar rezagadas en la carrera por esta nueva gallina de los huevos de oro, y también otro tipo de plataformas (como LinkedIn o Coursera) y empresas, entre ellas algunas de las grandes tecnológicas.

El crecimiento de este tipo de formación parece asegurado en los próximos años, y puede resultar muy útil para reenganchar al mercado a trabajadores que quizás han perdido su empleo por la pandemia, o por la automatización de su sector. Sin embargo, cabe preguntarse si este giro pragmático de la universidad podría perjudicar su vocación humanística, y acabar por difuminar las fronteras con la Formación Profesional, lo que supondría una pérdida notable.

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