El presidente Pedro Sánchez acaba de anunciar que prohibirá el acceso a redes sociales a los menores de dieciséis años y que sancionará a las plataformas que no controlen la propagación de discursos perjudiciales mediante sus algoritmos.
En Francia hay una propuesta reciente similar y el presidente Emmanuelle Macron considera que el proyecto de ley –solo falta la aprobación del Senado– que prohíbe las redes sociales a menores de quince años es una exigencia abrumadora de los ciudadanos. El mandatorio ha pedido que la norma se tramite por el proceso acelerado.
Esta iniciativa coincide con un momento clave para la industria tecnológica: los directivos de las principales empresas de redes sociales se preparan para su primer gran juicio, en el que Meta, Snap, TikTok y YouTube están acusadas de haber diseñado aplicaciones que fomentan la adicción y provocan problemas de salud mental entre los menores de edad.
En Aceprensa llevamos tiempo siguiendo este debate desde distintos ángulos. Por eso, te proponemos un recopilatorio de artículos que ayudan a poner en contexto tanto la iniciativa francesa como el creciente cuestionamiento del modelo de negocio de las redes sociales.
Francia y España se lo plantean, pero Australia ya lo ha hecho: una medida impulsada por la creciente preocupación de padres y autoridades por los riesgos de contenido tóxico, ciberacoso y tiempo excesivo de uso entre niños y adolescentes y que hace recaer en las empresas la responsabilidad de aplicar la restricción, que pueden ser multadas con hasta 50 millones de dólares australianos si no cumplen.
El escepticismo hacia los móviles empezó con los colegios, en los que muchos están dando marcha atrás tras comprobar que la sustitución de los libros por pantallas y la permisividad con el uso del móvil en el aula no han mejorado el aprendizaje ni el rendimiento académico, sino que han introducido nuevas distracciones y dificultades.
Sin embargo, el uso de los móviles fuera del aula sigue preocupando a educadores y a padres por dos motivos principales: el fácil acceso a la pornografía y contenidos sexualizados y su influencia negativa en la salud mental y la felicidad de niños y adolescentes.
A ello se suma la inquietud por la espiral de ideologización en la que pueden quedar atrapados muchos jóvenes a través de los algoritmos: machismo y aislamiento para ellos e infantilización y estereotipos para ellas, polarización política siempre dirigida a la radicalización del usuario y la glorificación del victimismo como identidad.
Ante el imparable poder del algoritmo, muchos padres han dicho basta y han decidido que la acción debe ser colectiva: iniciativas como Adolescencia Libre de Móviles son el fruto de asociaciones de padres movilizados con el objetivo de prohibir los smartphone durante la adolescencia.
Y vetar el uso de redes durante esta etapa tan crucial también pasa por que las empresas reconozcan su responsabilidad por haber diseñado productos destinados a enganchar a menores de edad, conocer los peligros que entrañaban sus plataformas y haberlos pasado por alto y haberse aprovechado de la vulnerabilidad que entraña la adolescencia para comercializar productos.
El consenso en torno a este tema es cada vez mayor: por supuesto que las redes sociales pueden ser muy positivas, pero en una etapa como la adolescencia los riesgos que entrañan superan con creces cualquier beneficio.
