A dónde van los hombres perdidos

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Ya está contado: en el siglo XXI la masculinidad se presenta como un laberinto. Un puzzle, un ejercicio a resolver, y algunos hombres se encuentran perdidos. En los últimos años se ha detectado sensación de malestar generalizada entre algunos varones, que ahora se sienten más solos, más tristes y ansiosos.  

Los últimos 50 años han sido de cambios. Y mientras en ese periodo la pregunta sobre el rol de la mujer en la sociedad ha conquistado el debate público, esa otra sobre lo que significa ser hombre se ha quedado sin responder. Las mujeres ya no necesitan casarse para alcanzar la estabilidad económica y ya hay espacio para ellas en los lugares que estaban reservados antes a los varones. El rol del patriarca protector, del hombre proveedor, ya no es relevante en la sociedad actual. Y mientras muchos, la mayoría, apoyan la igualdad y se alegran de la autonomía que han alcanzado las mujeres en el último siglo, otros se sienten abandonados y olvidados, sin saber muy bien cuál es su lugar en esta nueva sociedad, y echan la culpa al feminismo de haberles dejado atrás y sin rumbo.

Abandonados y víctimas

En un estudio reciente publicado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, se señaló que el 34,7% de los jóvenes cree que el feminismo “busca perjudicar a los hombres”. El estudio, cuantitativo, señala que esta actitud de sospecha ante el movimiento por la igualdad de los sexos va de la mano de una serie de afirmaciones que banalizan la violencia de género o niegan la existencia de las desigualdades de género en la sociedad actual.

Afirmaciones como que “la violencia de género está mal definida”, que “muchas de las cosas que recoge han pasado siempre y no es para tanto”, o que “lo que pasa es en otros países y en otra época”, derivan en la percepción de que los hombres son víctimas de las políticas que “abanderan” al feminismo, y que estas, además, están vacías y son utilizadas solo como herramienta política. 

Sobre todo, hay una percepción extendida de que, en el intento de luchar contra la violencia de las mujeres, se ha acabado criminalizando a todos los hombres. Incluso entre aquellos que son conscientes de los problemas que sufren las mujeres y por supuesto quieren erradicarlos, cala a veces la sensación de que se les acaba señalando a todos como potenciales agresores. 

Las divisiones dentro del movimiento y la falta de autocrítica del que está en poder en algunos países, con megáfono más fuerte, han dado la oportunidad a quienes no están de acuerdo con sus fundamentos  –la igualdad entre los sexos, la autonomía de la mujer– a que hilen mejor sus argumentos y persuadan más fácilmente a quienes están sintiendo algo de malestar. Así pues, al tratar un tema tan importante como lo es el consentimiento en las relaciones sexuales, de una forma simplista, como se ha hecho ya en España, algunos terminan creyendo que lo que busca el feminismo es “acabar con la presunción de inocencia”, como se señaló en el estudio.

No es un sentimiento limitado a los jóvenes españoles. Ya en 2020 el Pew Research Center señaló que el 65% de sus encuestados varones no sabían cómo “interactuar en una primera cita, después del movimiento del #Metoo”… y que el “enfoque tan alto en el tema del acoso y abuso sexual ha hecho que sea más difícil para un hombre interactuar con quien sale”. Y cuando uno se siente acorralado hasta en su propia relación, lo único que le queda es buscar refugio. 

Una guarida

Así nació la “manosfera”. Un refugio, un lugar de acogida, una guarida en internet para los hombres perdidos. Ahí quienes se sienten rechazados y abandonados por el sistema actual se acompañan virtualmente. Se escuchan y retroalimentan en foros, blogs o espacios en redes sociales. Se cuentan sus historias, se piden consejos, se quejan. Ahí encuentran, desesperados, la compañía que les “ha arrebatado” el nuevo orden social. 

Es un punto de encuentro para varias “subculturas”, para personas con diferentes intereses e “historias de origen”, que buscan suplir carencias distintas. Por ejemplo, están quienes luchan por los “derechos de los varones”, los más políticos; quienes hacen activismo para visibilizar los “maltratos que reciben los hombres”, como las denuncias falsas. También están los que enseñan a ligar los pickup artistsque se dedican a analizar las dinámicas de coqueteo y dan tips de lifestyle para hacerse “irresistibles” a las mujeres, a las que recuerdan que deben darse prisa en encontrar marido antes de perder su valor en el mercado romántico.  

Otros son los “hombres que van por su propio camino”, y que, quemados por sus últimas relaciones sentimentales, invitan a los demás varones a apartarse de las interacciones “normales” con chicas. En la manosfera se puede encontrar de todo, hasta alguna que otra mujer que se queja de que el feminismo les ha dado más privilegios a ellas, privilegios que no merecen ni deberían tener.

Brilla especialmente Pearl Davis, una activista de 26 años que tiene 1,6 millones de suscriptores en YouTube y 4,9 millones de likes en TikTok. Utiliza estas plataformas para hacer afirmaciones como que “las mujeres no deberían votar”, ya que con el sufragio femenino empezó “la debacle de Occidente”, o que ellas son las responsables de las posibles infidelidades de sus maridos, por no comportarse.  

Un sótano oscuro de internet

La subcultura más mediática de todas, sin embargo, sigue siendo la incel, esa de los “célibes involuntarios”. Hombres que están convencidos de que el sistema que se viene formando desde hace 50 años los ha hecho indeseables para cualquier mujer, desaventajados social y genéticamente por su físico y personalidad.

Son los más conocidos porque también son los más radicales. Tanto así que el Servicio Secreto de Estados Unidos declaró a la comunidad como una amenaza emergente en marzo de 2022: en estos foros se registran más de mil referencias de “misoginia despersonalizante” y violencia cada día, según reportó The Guardian. Desde 2014 se han registrado incidentes de violencia seria, cada vez más notables, de autoproclamados incels, predominantemente en Estados Unidos y Canadá. 

Pero no es algo que solo pase en Norteamérica. La Radicalization Awareness Network (RAN), de la Comisión Europea, señaló en una investigación de 2021 que la comunidad representa un “riesgo para la seguridad y salud pública (…), por su visión nihilista del mundo que termina creando un ecosistema donde sus miembros se radicalizan y aíslan”.

Toda la manosfera tiene un vocabulario propio. Pero el de los incels es otra cosa. Despersonalizan a las mujeres desde el lenguaje: las llaman féminas (“females” en inglés), “feminoides”, “huecos” y otros nombres que no merecen ser escritos aquí. Así es más fácil culparlas de sus desgracias. En su vocabulario no se concibe la responsabilidad personal, la libertad, el alma o el espíritu en las relaciones sociales. 

Es importante recalcar que no todos en la manosfera son incels, y que no todos los incels son violentos. Muchos son solo hombres que quieren sentirse escuchados, y que al buscar un lugar en el mundo, acaban en ese sótano oscuro de internet.

Pero la radicalización muchas veces solo es cuestión de tiempo. La socióloga Elisa García Mingo ha estudiado a fondo esta comunidad en España. La experta señalaba para El País que lo que más le preocupaba era “lo fácil y sutilmente que los chavales se topan con estos contenidos y cómo van interiorizando su discurso, convirtiéndolo en algo emocional que no se puede rebatir ni con argumentos ni con datos”. La manosfera se creó online, pero no se ha quedado ahí. España no tiene muchos usuarios en de ella, por ejemplo, mientras que Inglaterra duplica la cantidad de autoproclamados incels, y la de Alemania es seis veces mayor, según el reporte de la RAN. Y aun así, en el estudio anteriormente citado del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, se demuestra cómo este discurso se ha colado en las aulas españolas. 

No es muy difícil 

Le preguntamos a Simón*, un chico de 16 años, si sabía quién era Andrew Tate. “Sí, claro. Es un señor que solo habla factos [verdades ]. El mejor”. Simón es inteligente y gracioso, tiene muchos amigos y amigas y le va bien en los deportes. Andrew Tate, por su parte, es un hombre que en este momento está pendiente de un juicio en Rumanía por tráfico de personas y violación. Fue el nombre más buscado en julio de 2022 en Google, más que el de Donald Trump o Kim Kardashian. Es algo así como la cara más mediática de la manosfera.

Llegó al ojo público en 2016, tras concursar en una temporada de “Gran Hermano”, pero no se hizo famoso hasta el verano pasado, cuando los usuarios de TikTok experimentaron algo… extraño. Cada dos o tres videos, les aparecía uno de este hombre musculoso y calvo, con un tatuaje tribal en el pecho y que fuma habanos mientras habla. ¿De qué? De cómo ser hombre y de cómo ser uno exitoso (uno que tenga un Bugatti, mucho dinero y muchas mujeres). En algunos de los clips que salían sin razón en todos los algoritmos de TikTok, decía, entre otras cosas, que las mujeres les pertenecen a los hombres, o que las víctimas de violación tienen cierta responsabilidad en su ataque.

Al final lo expulsaron de todas las redes sociales –el Twitter de Elon Musk lo aceptó de vuelta–, pero su mensaje y su nombre colaron. Uno de cada 4 hombres en Reino Unido está de acuerdo con sus puntos de vista, según una investigación llevada a cabo por el diario The Independent. Sus videos se siguen reproduciendo en YouTube shorts, y muchos de sus adeptos repiten mensajes similares en sus propios canales. 

¿Cómo es que Simón, un chico tan inteligente, servicial, que tiene tantas amigas y amigos, termina admirando a Andrew Tate? Pues, en sus palabras, “porque es alguien que está abogando por la tradición, que no se conforma con el sistema y que dice las cosas como son”. No pudo concretar, sin embargo, de qué tradición hablaba, o por qué sería mejor volver a ella. 

La salida

Esto mismo se pregunta Louise Perry en su artículo para Compact Magazine, en el que habla sobre el “mundo cruel” que proponen Tate y muchos de sus seguidores: uno basado en un modelo muy antiguo —ancient, en palabras de la escritora— pero ciertamente no cristiano, que es el que muchas feministas (particularmente las liberales estadounidenses) consideran como su mayor oponente. No. En esa guarida que muchos han tomado como salida al laberinto de malestar no hay espacio para la esperanza. 

Esa esperanza, señaló Ryley Drapp, un exincel estadounidense, en entrevista con la publicación Unilad, solo se consigue con un buen sistema de apoyo. No uno que se encuentre en línea, sino uno real. Drapp cuenta que, en un momento muy bajo de su vida, en el que había renunciado a la universidad y estaba desempleado, empezó a frecuentar estos famosos foros, donde adoptó, pasivamente, esa nueva forma de ver el mundo. Nunca tuvo pensamientos violentos contra sí mismo o los demás, recalca, pero la desesperación y tristeza solo se retroalimentaban con cada clic.

Drapp solo pudo dejar de lado esa mentalidad en cuanto empezó a hablar con su familia sobre el tema. Les explicaba las teorías que estaba leyendo, la terminología que utilizaban, y la forma en que había aprendido a pensar. Con el apoyo y guía de sus padres, dice, pudo dejar de lado, no solo la manosfera, sino el laberinto del malestar masculino.  

* El nombre se cambió.

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