¿Televisión pública o cadena comercial del Estado?

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Entre la búsqueda de calidad y la necesidad de audiencia
La televisión pública (TP) afronta hoy en Europa un debate sobre su papel, por no decir una crisis de identidad. Su justificación está en ofrecer programas con “contenidos de interés público”; pero, a la vez, debe disputar la audiencia a las cadenas comerciales en un mercado competitivo de televisión, donde no priva la calidad. Hay quien piensa que ambos objetivos se excluyen, mientras que otros creen que la TP debe buscar su nuevo sitio jugando la carta de la diferencia.

La TP se ve inmersa en una curiosa paradoja. Algunos argumentan que no se puede olvidar que la TP es de todos los ciudadanos: ellos la sostienen, generalmente con el canon por la posesión de un receptor. Por tanto, afirman, tiene que responder a los gustos de la mayoría, aunque éstos puedan no coincidir con los de la audiencia más ilustrada.

En cambio, otros subrayan que una función educativa y cultural debería ser inherente a la televisión del Estado, aunque ello no se traduzca inmediatamente en altos índices de audiencia; la TP ha de estar al servicio del ciudadano con programas de calidad, y no tendría sentido que su primer objetivo fuera la búsqueda de beneficios económicos.

Popular no es vulgar

Frente a estas dos posturas, Raphäel Hadas-Lebel, director general de France 2, piensa que la TP debe evitar tanto “una nivelación por lo bajo -so pretexto de que la televisión debe ofrecer al público pan y circo- como un elitismo que reproduzca lo que los marxistas llamarían una cultura de clase. Popular no es necesariamente sinónimo de vulgar. Entre demagogia y elitismo hay lugar para una cultura media que no sea mediocre y que aporte al espectador elementos de conocimiento, una apertura a las artes, claves para comprender el mundo contemporáneo”.

Procurar transmitir una cultura media es una meta interesante, pero el propio Hadas-Lebel no deja de ver los obstáculos: una televisión “cuyos recursos dependen en una parte importante de la publicidad, no puede desinteresarse de la audiencia sin poner en peligro, en breve plazo, su continuidad”; por ello la TP, a la vez que busca una programación de calidad, no debería dejar de lado productos populares. ¿El peligro? Llegar al extremo de no diferenciarse en nada de la televisión comercial. En el momento en que la pública y la comercial tienen contenidos homogéneos, la existencia de la primera puede ser puesta en tela de juicio.

Dominique Wolton, director del Laboratorio de Comunicación y Política de París, acierta cuando dice que “el audímetro no mide la demanda sino la reacción a la oferta”. La TP debe afrontar ciertos riesgos para producir programas de mayor calidad, y no engañarse diciendo que el público no pide ese tipo de emisiones. Como dice Stephen Hearst, productor de la BBC, “si preguntas al público qué es lo que quiere, no va a pensar en algo que nunca ha visto”. Por ejemplo, “hay infinidad de conocimientos científicos que pueden ser interesantes para el público, pero hay que encontrar el lenguaje visual y oral adecuado”.

En España, recientemente, ha tenido lugar un caso demostrativo de que cultura y audiencia no están reñidas: el programa “¡Qué grande es el cine!”, que ofrece buenas películas de cine clásico acompañadas de una tertulia dirigida por José Luis Garci, ha resultado un programa muy barato de hacer y de un éxito inesperado de público. Parece lógico además pensar que, en la medida en que la TP ofrezca productos de calidad, el nivel intelectual de la audiencia aumentará, lo que le llevará a exigir siempre mejores programas.

Marcar la diferencia

Para Hadas-Lebel, la TP debería marcar la diferencia frente a la comercial en varios apartados: rechazo de ciertos ingredientes (violencia, reality-shows, pseudociencia); calidad en la forma de todos los programas; hacer reflexionar; no temer la emisión de programas que exijan más esfuerzo del espectador en horas de máxima audiencia; no mostrar la cultura de un modo hermético o aburrido. Un ejemplo en este último apartado lo ofrece el programa “Cuarteto literario” de la cadena alemana ZDF; con él, afirma el semanario Der Spiegel, “hasta el último fontanero entiende lo que es la crítica literaria”. La TP francesa también ha demostrado que los programas culturales pueden despertar el interés del público: France 2 ofrece semanalmente “Bouillon de Culture”; dirigido por Bernard Pivot, ha contado con la presencia de intelectuales de la talla de Eco, Solzhenitsin, Green, Godard; el programa es seguido por el 12-15% de la audiencia, lo que supone 2-3,5 millones de espectadores.

La educación a distancia es una de las posibilidades de la TP no suficientemente desarrollada. Algunos canales han ofrecido con éxito cursos de idiomas, y esto podría extenderse a otras materias. Con la idea de enseñar entreteniendo ha nacido a finales de 1994 La Cinquième, un canal educativo francés que quiere convertirse en la televisión del conocimiento y que emite cada día de las 13.30 a las 19 horas. Según un reciente sondeo, 6,5 millones de telespectadores han seguido al menos una emisión por semana. Entre su público se cuentan sobre todo los jóvenes de 15 a 20 años, los profesores y los diplomados. Los programas más apreciados son los documentales -especialmente sobre la historia y la naturaleza- y los reportajes, así como los programas de servicios (salud, economía, etc.).

En algunas ocasiones, algunos proyectos de TP muy centrados en la cultura han recibido la acusación de elitistas, de estar pensados para las personas que nunca ven la televisión. Es el caso de ARTE, una emisión francoalemana que está en antena tres días a la semana, y que atrae al 3-5% de la audiencia, unas 300.000 personas.

La renovación de la BBC

También en Gran Bretaña ha habido un intenso debate sobre lo que debe aportar la BBC en el nuevo panorama televisivo. La realidad es que la BBC ha visto reducida su cuota de audiencia no sólo en las series populares sino incluso en los programas informativos, en los que tradicionalmente ha destacado.

Para cambiar esta tendencia, la BBC ha emprendido una renovación cuyas indicaciones más recientes están contenidas en el informe de estrategia corporativa People and Programmes publicado el pasado febrero. Uno de los ejes de la nueva orientación será buscar “programas vínculo”, es decir, que puedan ser vistos por toda la familia y que sean un tema de conversación con los colegas de trabajo. También se ampliará la gama de programas de ocio dirigidos a grupos interesados en distintas aficiones y deportes. En los programas informativos, la BBC tratará de cambiar su reputación de que no sabe reaccionar con rapidez ante los grandes acontecimientos.

Los programas sobre arte se adaptarán al estilo de un creciente número de jóvenes que visitan las exposiciones y asisten a acontecimientos culturales. La BBC también desea adecuarse a la nueva realidad multicultural británica, pensando en programas dirigidos a minorías de inmigrantes o a determinados grupos sociales. Pero sin renunciar a su poder de atraer al gran público, para competir con la televisión comercial y justificar su financiación peculiar. En definitiva, el objetivo es armonizar intereses diversos en un difícil equilibrio. Según el director general, John Birt, se trata de buscar la excelencia sin ser elitistas.

Italia, un debate político

El entrelazamiento de intereses políticos es la causa, hoy como ayer, de la “jungla” del sistema de radiotelevisión en Italia. La situación actual, con un duopolio de hecho entre la estatal RAI y la Fininvest, propiedad de Silvio Berlusconi, sigue en el centro del debate político. Un debate que se ha acentuado desde que Berlusconi decidió entrar en política como líder de la coalición de centro-derecha.

Si en la década de los ochenta las discusiones se resolvieron repartiendo los tres canales de la RAI entre las tres principales áreas políticas, ahora la polémica está centrada, por un lado, en los mecanismos para garantizar a la RAI una autonomía frente al gobierno y, por otro, en el establecimiento de normas “antitrust”.

Sobre el primer punto se han dado ya algunos pasos, sobre todo el cambio de los criterios de nombramiento del Consejo de Administración. También se ha iniciado un saneamiento económico, aunque queda por definir cuál es el papel específico de la RAI como televisión pública.

Sobre el segundo punto, actualmente el más polémico, se trata de poner en práctica una sentencia del Tribunal Constitucional que rechazó la actual ley que regula el sistema radiotelevisivo (en la que se admite que un mismo ente privado pueda ser propietario de tres canales de televisión de alcance nacional: ver servicio 170/94). La cuestión será sometida con toda probabilidad a referéndum, pues no parece que el Parlamento actual esté en condiciones de aprobar esa normativa “antitrust”. Los tres referéndum sobre la materia, promovidos por iniciativa popular, se refieren al establecimiento de normas antimonopolio sobre la gestión publicitaria, a que un mismo sujeto no pueda controlar más de un canal de televisión y a la limitación de anuncios durante las películas.

Toda la discusión tiene un tinte eminentemente político en cuanto que el único sujeto afectado, al menos de momento, es Berlusconi (su empresa es propietaria de tres canales de ámbito nacional). La Fininvest anunció que cotizaría en bolsa a finales de 1995, de modo que la participación de Berlusconi resultara minoritaria. El propio Berlusconi afirmó al presentarse como candidato, y al aceptar el cargo de primer ministro, su intención de vender la empresa.

Televisiones sin espíritu europeo

Frente al avance de las televisiones privadas en Europa y el poderío audiovisual americano, las públicas van a unir fuerzas para emprender proyectos comunes. France Télévision y la RAI han anunciado la creación de una estructura común para realizar coproducciones y comprar derechos audiovisuales, y defenderse así de los dictados de las grandes catálogos norteamericanos. Las cadenas públicas francesas han establecido también acuerdos con las alemanas, y están en conversaciones con la BBC, sin que la fiebre de alianzas excluya a los productores privados.

Según explica Jean-Pierre Elkabbach, presidente de France Télévision, el objetivo es “la construcción de un verdadero mercado europeo de programas”. Con este fin, los franceses apoyan con vigor las actuales normas de la Unión Europea que obligan a que el 50% de las obras difundidas sean de origen europeo. Pero no hay que olvidar que esa cuota del 50% está esencialmente constituida por obras nacionales, más que “europeas”.

Así lo confirma el estudio Eurodata sobre las audiencias de televisión, publicado en Cannes por el instituto Médiamétrie con motivo del Mercado Internacional de programas de televisión. En cuanto a las ficciones televisivas con mayor audiencia en cada país, triunfan las series puramente nacionales, por encima de los telefilms americanos, mientras que las coproducciones europeas van a menos. Incluso las series europeas que se exportan mejor a otros países del continente (como la alemana “Derrick”) no traducen un sentimiento europeo sino lo específico nacional. Si hubiera que buscar un programa común a los telespectadores europeos sería… el cine americano y el fútbol, si bien en este último caso la audiencia está muy ligada a la participación de equipos nacionales.

Este es el punto de partida de los intentos de crear una producción televisiva con alcance continental. Para relanzar esta “Europa de las imágenes”, el 9 de junio próximo se celebrará una reunión de los máximos responsables de las televisiones públicas.

TV pública, TV de pago

En el umbral del siglo XXI, cuando la oferta televisiva no deja de crecer, ¿tiene sentido destinar dinero público al mantenimiento de uno o varios canales de televisión? Esta es la otra vertiente del debate sobre la televisión pública (TP).

Para el sostenimiento de la TP, en casi todos los países se paga un canon anual por aparato televisivo; el resto de la financiación se completa, en mayor o menor medida según el país, con la publicidad. El coste anual del canon televisivo en Europa puede oscilar entre una suma equivalente a 15.000 pesetas en Francia y 33.000 en Bélgica. Caso aparte constituyen España y Portugal, donde el citado canon no existe. Allí cada año se cuenta con una cantidad proveniente del erario público; el resto se trata de conseguir mediante la publicidad. Esto hace que la TP esté también condicionada por los imperativos comerciales.

Financiación discutida

A los que afirman que sería una locura imponer un canon en España, donde no existe tradición de pagar un impuesto por poseer un televisor, Manuel Piedrahíta responde en un reciente libro, El rapto de la televisión pública (Ed. Noesis), que más caro resulta que el telespectador pague como contribuyente a través de las arcas del Estado y como consumidor a través de la publicidad.

Un caso especial de financiación de la TP es el de Estados Unidos. La PBS, única TP del país, tiene un 2,5% de la audiencia general, con telespectadores de nivel medio-alto. Frente a los canales públicos de otros países, tiene la ventaja de recibir el 85% de sus fondos de fuentes diversas: fundaciones e instituciones privadas, algunos Estados y ayuntamientos, y los propios espectadores, en respuesta a campañas que anualmente solicitan su ayuda. El otro 15% de su presupuesto proviene de fondos federales, y son los que el Congreso quiere recortar tras el triunfo de los republicanos. En las actuales negociaciones se barajan como alternativas al dinero público la emisión de publicidad en horarios de noche y la explotación de segmentos de la banda de frecuencias que quedarán libres en los próximos años.

Cada vez más, se oyen voces en la TP que piden máxima apertura para la ventana de la publicidad, en igualdad de condiciones con la comercial. Las privadas ponen el grito en el cielo asegurando que eso equivale a que funcionen como canales comerciales, más o menos encubiertos.

Restricciones a la publicidad

Hasta ahora, en algunos países la TP tiene restricciones publicitarias que el espectador agradece. El más drástico es el caso del Reino Unido, donde la BBC no emite ningún tipo de publicidad. Su futuro se clarificó en julio de 1994 cuando el gobierno descartó su privatización y garantizó la financiación a través del canon hasta el año 2007.

En Alemania, las cadenas públicas están perdiendo ingresos publicitarios y telespectadores ante la irrupción de las cadenas privadas. En dos años, la audiencia de la primera cadena pública (ARD) ha pasado del 22% al 14%, y la de la segunda (ZDF) del 21% al 16%. En esta situación, las cadenas públicas están pidiendo que se modifiquen las actuales normas que las obligan a no emitir publicidad a partir de las 8 de la tarde y a no superar los 20 minutos de anuncios por día.

Otros, en cambio, lo que quieren es cambiar el funcionamiento de la TP. Altos dirigentes de la Democracia Cristiana lanzaron el pasado febrero la idea de privatizar la ARD, para conservar sólo el otro canal público, ZDF. Lo que reprochan a la ARD es que se ha convertido en un gigantesco complejo, que agrupa 11 televisiones regionales y 50 programas de radio con 23.000 empleados. También se quejan de que gaste demasiado dinero -un presupuesto de 9.000 millones de marcos-, aunque no es deficitaria. Los contrarios al cambio replican que la propuesta democristiana se debe a que la ARD ha mantenido una actitud crítica ante el gobierno de Kohl.

En Alemania, la TP es independiente del gobierno federal. Son los legisladores de los Länder quienes tienen competencias en esta materia, aunque sólo para determinar el marco general de su actividad. Esto favorece que los dirigentes de las televisiones públicas no estén al albur de los cambios políticos. Por ejemplo, en quince años sólo dos personas se han sucedido en el cargo de director general de ZDF, frente a los doce que ha conocido TVE en España en el mismo período.

Cuando el problema es el déficit

En algunos países el gran problema de la TP es el enorme déficit que arrastra. El de la RAI italiana en 1993 fue de 45.000 millones de pesetas, y para tratar de enjugarlo, las autoridades han aumentado el canon por televisor. Más grave es el problema del déficit en España, donde se estimaba en 1993 en 127.000 millones de pesetas antes de subvenciones estatales (éstas son de 31.800 millones). Jordi García Candau, director de TVE, ha presentado recientemente un Plan Estratégico para atajar el enorme déficit, que supondrá la reducción de la actual plantilla en más de 1.600 trabajadores.

En Rusia las dificultades de la TP, aumentadas con la aparición de algunos canales privados, han llevado a privatizarla en parte. El Estado la ha convertido en sociedad anónima y ha retenido el 51% de sus acciones. En cuanto al resto, está tratando de venderlas a empresas cuidadosamente seleccionadas.

Pero ya antes la televisión rusa estaba siendo “privatizada” a través de la corrupción. El caso ha estallado tras el reciente asesinato de Vladislav Listiev, popular periodista y director ejecutivo de Ostankino, el primer canal público ruso. Su intento de poner orden en la TP, donde grupos corruptos se embolsaban buena parte de los ingresos publicitarios, parece haber sido el motivo del crimen.

José María Aresté_________________________Con informaciones de Ben Kobus (Londres) y de Diego Contreras (Roma).

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