La madurez femenina en el cine actual

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Al igual que en el ámbito literario, en el cine actual también ha dejado huella esa visión desencantada de la madurez femenina, que identifica una vida sin emociones exaltantes con la frustración. El ejemplo reciente más claro sería la película Los puentes de Madison, de Clint Eastwood, basada en la mediocre novela de Robert James Waller. Su tratamiento cinematográfico tiene, sin duda, hábiles elementos conmovedores. Pero, despojada del ropaje romántico, queda una historia tramposa, que idealiza el adulterio de la mujer como salida legítima y enriquecedora a un matrimonio supuestamente sin alicientes. Este enfoque oculta deliberadamente las responsabilidades de la esposa en ese fracaso y acaba por justificar respecto a la mujer lo que siempre han condenado con ardor las feministas si lo realizaba un hombre. Por otra parte, ante la idealizada figura del maduro fotógrafo, habría que preguntarse por qué podría hacer feliz a esa mujer, si hasta entonces no ha tenido más que aventuras fugaces.
Desencanto y liberación

Similares planteamientos liberados -de desencanto y búsqueda de una falsa liberación- se pueden encontrar, con más o menos matices, en muchas películas españolas: El pájaro de la felicidad, de Pilar Miró; La pasión turca, de Vicente Aranda -basada en la obra de Antonio Gala-; las adaptaciones de los libros de Carmen Rico-Godoy (Cómo ser mujer y no morir en el intento, Cuernos de mujer…), y casi todos los retratos femeninos de Pedro Almodóvar, sobre todo Mujeres al borde de un ataque de nervios, Tacones lejanos y La flor de mi secreto. También sucumben a ese enfoque bastantes films norteamericanos recientes (El piano, Los asesinatos de mamá, Sólo ellas, Acoso, Regreso inesperado, Nadie me quiere, Mi amiga Max, Esperando un respiro…), así como la mayoría de las radiografías familiares de Woody Allen (September, Otra mujer, Delitos y faltas, Maridos y mujeres, Poderosa Afrodita…). Un caso aparte dentro de su filmografía es Alice, donde la liberación de la esposa reprimida y engañada no culmina en su propia infidelidad, sino en la decisión -un tanto escapista e irreal, tal y como está planteada-, de marchar a la India para ayudar a la Madre Teresa de Calcuta.

Por su estilo, cercano al de Woody Allen, también ceden a ese simplismo amoral otros dos films recientes: Miami y A casa por vacaciones. Aunque en ellos las consecuencias de la infidelidad matrimonial o de la desorientación de la mujer son tratadas con más hondura dramática y menos cinismo. Otros films recientes, sin salirse de una cierta ambigüedad moral, ofrecen una gama más variada de experiencias vitales de la mujer madura. Sería el caso de Tomates verdes fritos, Un abril encantado, Magnolias de acero, Comer, beber, amar, Mujeres bajo la luna o Un mes en el lago. Desde diversas perspectivas, todas estas películas afrontan situaciones de cierto desencanto vital; pero se esfuerzan por enfocar la realización de la mujer sin que tenga que liarse la manta a la cabeza y renunciar a sus responsabilidades.

Asumir responsabilidades

En el fondo, este puede ser el gran problema que se planteen muchas mujeres -y muchos hombres- cuando alcanzan la madurez: seguir asumiendo unas obligaciones en apariencia poco gratificantes cuando llega ese momento en el que quizá se oscurezca el sentido de todo lo hecho hasta entonces. Por eso resultan muy sugerentes las películas que muestran a mujeres asumiendo valientes responsabilidades en ese periodo a veces de crisis.

Los títulos son muy abundantes. A veces, los detonantes de las decisiones de los personajes femeninos son circunstancias algo excepcionales. Puede ser una enfermedad propia (Passion Fish, Cuando un hombre ama a una mujer), del marido (El doctor, A propósito de Henry, Mi vida) o de un hijo (Mi pie izquierdo, Lorenzo’s Oil. El aceite de la vida). O una difícil situación económica o afectiva de toda la familia (En un lugar del corazón, En busca de Bobby Fischer, Vivir, El Club de la Buena Estrella, Río salvaje, Tensa espera, My Family, Nuestro propio hogar). También las motivaciones pueden enmarcarse en el ámbito del compromiso político (Más allá de Rangún), religioso (Canción de cuna, Pena de muerte) o de servicio a los demás (El festín de Babette).

En casi todos estos films se destaca el valor de la mujer madura que sabe sacrificar, atenuar o desarrollar sus aspiraciones personales en bien de toda la familia, de una comunidad o de la sociedad entera. Y se presenta como razón de su actitud la fortaleza de su personalidad y unos sólidos cimientos morales, ausentes en los retratos femeninos de otras películas -como El hombre sin rostro o Las cosas que nunca mueren- que muestran de un modo honesto la otra cara de la moneda: el desconcierto de mujeres maduras que no han sabido asumir sus responsabilidades.

Pero los casos antes citados parten de situaciones extraordinarias que limitan el alcance de sus reflexiones. Por eso, quizá sean más interesantes esas películas que muestran a mujeres maduras resolviendo sus inquietudes más cotidianas sin necesidad de especiales motivaciones dramáticas. Atrayentes retratos femeninos en esta línea se encuentran en Grand Canyon, de Lawrence Kasdan, y en El padre de la novia y Vuelve el padre de la novia, ambas escritas por el matrimonio Nancy Meyers y Charles Shyer, y dirigidas por éste último. En ellas aparecen mujeres maduras que saben compaginar su trabajo con su dedicación a la familia, y se presenta la maternidad como una de las principales aspiraciones femeninas.

Superando los estereotipos

Precisamente el dúo Meyers-Shyer ya afrontó, con humor y sentido crítico, ese posible conflicto trabajo-maternidad-familia en Baby, tú vales mucho, divertida película sobre una brillante ejecutiva que decide adoptar un niño. Similares ideas sugestivas contiene otra película reciente: The Paper. Detrás de la noticia, de Ron Howard. En ella se muestra con lucidez el contraste entre el alienante egoísmo de la veterana gerente de un periódico (Glenn Close) y la vitalidad de la joven redactora que espera un hijo (Marisa Tomei). Ambos films reflejan en clave femenina el sinsentido del modelo yuppie, radicalmente materialista, que ha llevado a tantos hombres y mujeres de las últimas décadas a un verdadero callejón sin salida.

Los títulos citados prueban que se está revalorizando aquel femenino y oxigenante feminismo del mejor cine clásico, muy bien sintetizado en ese diálogo espléndido de La costilla de Adán (1949), de George Cukor. La combativa abogada (Katharine Hepburn) decide enfrentarse a su marido el juez (Spencer Tracy), y asume la defensa de la patética esposa despechada que ha disparado a su esposo infiel. Durante el encuentro entre ambas mujeres, se produce la siguiente conversación: Abogada: “¿Profesión?” Acusada: “Ninguna…; soy ama de casa…”. Secretaria (para sí, mientras toma nota): “Profesión: ninguna…”. Abogada: “¡Ninguna, no! Profesión: ama de casa”.

De todo lo dicho se deduce que en el cine actual se están superando poco a poco muchos de los estereotipos respecto a la mujer madura que dominaron el cine de hace unos años y que todavía imperan en otras manifestaciones culturales.

Jerónimo José Martín

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