Esta noche, boicot

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Duración lectura: 2m. 45s.

Contrapunto

Algunas cadenas televisivas españolas están que trinan. Hasta ahora sus reverencias a la ética consistían en firmar grandilocuentes códigos de conducta, en los que aseguraban que antes morir que mostrar cadáveres a los niños. Son gestos que no cuestan nada. Pero cuando las asociaciones de telespectadores han empezado a pedir a los anunciantes que retiren sus anuncios de los programas basados en el sexo y la violencia, han sentido el peligro. Sobre todo cuando grandes empresas han anunciado que retiraban su publicidad de esos espacios, aunque sólo fuera para evitarse problemas. A ninguna empresa seria le gusta que su nombre se asocie a un programa que provoca rechazo entre posibles clientes.

Cuando les han dado en lo único que les duele, la reacción de las cadenas ha sido tan agria como poco original. Antena 3 responde que “la audiencia siempre tiene razón y Esta noche, sexo tiene más de cuatro millones de fieles”. Ya se sabe, hay que dar al público lo que pide, lo que siempre ha sido el argumento fuerte de las prostitutas.

Pero habría que recordar que nadie pidió que se le otorgara una licencia a Antena 3, y que esa postura privilegiada no es una patente de corso para emitir cualquier bodrio. Las salas X también tienen su audiencia, pero en otra parte.

Para cubrir la desnudez con algún ropaje ideológico, las cadenas afectadas denuncian la “caza de brujas” emprendida por las asociaciones de telespectadores por presionar a los anunciantes. De este modo el Lobo se viste de Caperucita. Los mismos que han expulsado sin contemplaciones del prime time a la información, a la cultura, a los clásicos del cine y tantas veces hasta al buen gusto, son los que se presentan como perseguidos.

Los que tienen la parrilla por el mango son los que ahora se rasgan las vestiduras porque otros intentan “mediatizar la programación”. Los que tienen poder para quitar y poner lo que se les antoja se escandalizan ante los que pretenden “ejercer el papel de censor”. Censura, santa palabra, con la que algunos medios se llenan la boca ante cualquier crítica.

Pero, como ha escrito Victoria Camps, catedrática de Ética, “confundimos la censura con la crítica. En cambio, no reconocemos la censura donde de veras existe. Nuestra censura es más pedestre que la de antaño: no tiene que ver con ideologías, sino con audiencias. Son esos recuentos de audiencias millonarias, con los que se desayunan los jefes de sección de los medios, los que ejercen una censura implacable sobre la libertad de ideas”.

Lo que no atrae a varios millones de espectadores, deja de tener derecho a ser expresado en la televisión, al menos no antes de la medianoche. Lo que ha cambiado es que antes ese horario de alta nocturnidad se reservaba para lo escabroso, y ahora es la pornografía lo que ha pasado al prime time y la cultura a las catacumbas.

Las cadenas que practican este boicot en su programación no pueden extrañarse de que otros respondan con la misma arma. Pues las asociaciones de telespectadores están invocando el único argumento que esas cadenas entienden: el del dinero.

Ignacio Aréchaga

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