Crecer sin televisión

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Le Monde Télévision (París, 14-20 agosto 2000) dedica un reportaje a los niños franceses que crecen en familias que han prescindido voluntariamente de la televisión.

Todavía hoy, a pesar de la abundancia de cadenas por cable o por satélite, hay niños que crecen sin televisión: el 3,2% de los chicos de 2 a 19 años, según una encuesta entre los jóvenes consumidores realizada por la sociedad Secodip. En su mayor parte, estos hogares pertenecen a familias acomodadas: cuadros y profesiones intelectuales. La decisión de los padres responde a una opción educativa deliberada.

La primera razón es de orden pedagógico: Brigitte, profesora de liceo, estima que la televisión sume a los niños pequeños en un silencio pasivo en una etapa crucial para la adquisición del lenguaje. Los autores de la guía Fête de bébés precisan que antes de los tres o cuatro años el niño no puede comprender el encadenamiento de las secuencias y la lógica de un argumento: de ahí que le atraigan las secuencias cortas como la publicidad o los dibujos animados. Advierten también que “cuanto más se deja al niño ante la pequeña pantalla, más difícil es apartarle de ella y volverle a la realidad”.

La segunda razón es ideológica: el rechazo de los modelos transmitidos por la televisión y la publicidad. “La televisión es una máquina de descerebrar. Incluso mis mejores alumnos de 13 años, cuando se les pide que imaginen una historia, no saben más que reproducir spots publicitarios”, deplora Brigitte. Este análisis crítico emana principalmente de padres que han podido ver la televisión durante su infancia y su adolescencia.

Tercer motivo de rechazo: el tiempo perdido. Según la encuesta de Secodip, el tiempo dedicado por los niños a la televisión aumenta de 9 horas por semana entre los 2-4 años a 14 horas en el caso de los mayores de 12 años. Cuando era estudiante, cuenta Françoise, estaba siempre viendo la televisión: “Un día me di cuenta de que malgastaba el tiempo de ocio, sola ante el televisor que me hipnotizaba, cuando la verdadera vida estaba fuera, en la calle”.

En fin, los padres piensan que el exceso de televisión puede ser un obstáculo para sacar buenas notas. Un estudio del Ministerio de Educación, titulado “Les collégiens et la télévision” (octubre 1999), establece una correlación entre un alto consumo de televisión después de cenar y el fracaso escolar. Cansada de las malas notas de sus hijos, la madre de Kévin decidió suprimir la televisión. Una experiencia dolorosa, vivida como una desintoxicación. La decisión no se tomó bruscamente, sino después de largas y penosas negociaciones. “Mis padres habían fijado momentos en que la televisión estaba permitida: dos horas el miércoles, media hora por la noche; incluso pusieron un candado; se regateaba, no servía de nada”.

Una vez tomada la decisión hay que asumirla… dedicando más tiempo a los hijos. A diferencia de la mayoría de sus amigos, que plantan a los niños ante el televisor a la vuelta de la escuela, Sophie piensa que los niños necesitan divertirse en el parque si hace buen tiempo, o en casa, jugando, dibujando o haciendo recortables.

Todas las familias que viven sin televisión dicen que las relaciones entre padres e hijos son ahora de mejor calidad. “En casa, hay verdaderas comidas en familia que duran, con auténtico diálogo. Las hijas nos cuentan lo que han hecho en la escuela, los pequeños sucesos del recreo. El film que comienza a las 20.45 es incompatible con la vida familiar”, explican Roger y Brigitte. Anne aprecia que Myriam venga a menudo a la cocina a contarle un pasaje de la novela que está leyendo. Sophie estima que, sin televisión, los niños son más creativos. “Es más interesante jugar con el Mecano o los Lego, que quedarse pegado a los dibujos animados”.

Los niños que han crecido sin televisión ¿tienen un perfil psicológico distinto del de los otros? Dominique Pasquier, profesor de psicología de los medios de comunicación en el Instituto de Estudios Políticos de París, explica: “Tienen, sin duda, una percepción diferente del mundo, menos ligada a las imágenes utilizadas por la televisión, y menos estereotipada. Esta percepción responde más a lo que ven directamente en el mundo exterior, en el ambiente inmediato. Los niños sin televisión, que conocen menos a las estrellas y los famosos del show-business, son menos sensibles a los mitos contemporáneos: belleza, éxito, dinero. Son más realistas, más independientes, menos superficiales”.

Por otra parte, añade Pasquier, “el niño telespectador no es un ser pasivo; reflexiona sobre lo que ve y adquiere vocabulario. Pero la lectura inicia a un nivel de lenguaje más elaborado y prepara mejor para la escolaridad… Hay peligro para el niño cuando no recibe más aporte cultural que la televisión, presente en varias habitaciones de la casa y siempre encendida”.

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