Y ahora, los derechos de las plantas

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Nuestra época, tan pródiga en la creación de derechos, no se contenta con ampliar los derechos humanos, sino que está repartiéndolos por toda la escala de los vivientes. Las leyes protegen cada vez más a los animales, y los animalistas más extremos, como los del Proyecto Gran Simio, quieren hacer a los primates sujetos de derechos (cfr. Aceprensa 75/08). Pero, ¿por qué detenerse en los animales? También las plantas son seres vivos y ya hay quien habla de su dignidad y de la necesidad de respetar sus derechos.

La nueva Constitución de Ecuador (cfr. Aceprensa, 23-10-2008), quizá por ser la más reciente, no tiene que recibir lecciones políticamente correctas de nadie. Puesta a reconocer derechos, los otorga también a la naturaleza. Alguien tendrá que hablar por ella ante los tribunales, pero queda claro que la naturaleza, o la Pachamama en denominación indígena, “tiene el derecho de existir, persistir, mantener y regenerar su ciclo vital, estructura, funciones y su proceso de evolución”.

Si hasta ahora estábamos acostumbrados a ver la naturaleza como propiedad o recurso, la nueva versión ecuatoriana parece trasponer jurídicamente la teoría Gaia, de James Lovelock, según la cual el hombre es solo una especie más dentro de una entidad mucho mayor e importante, la Tierra viva. Así que, derechos para Gaia.

Reconocer derechos a la naturaleza responde a la idea de protegerla frente a la acción del hombre, como si la naturaleza dejada a sí misma mantuviera siempre una autorregulación benéfica. Es verdad que a veces el hombre no cumple su papel de administrador eficaz de la naturaleza. Pero también los terremotos, los ciclones y las erupciones volcánicas forman parte del ciclo vital de Gaia o Gea, como Ecuador ha tenido ocasión de experimentar, y es de suponer que el hombre tiene algún derecho de intervención para tratar de regular los humores de la naturaleza. A fin de cuentas, si el hombre del Neolítico no hubiera interferido en la naturaleza con esa gran invención que fue la agricultura, no habríamos vivido para hacer Constituciones.

Para ser planta, mejor en Suiza

También los suizos introdujeron en su Constitución en los años noventa una cláusula para defender la dignidad de todos los seres vivientes contra la manipulación indebida. La enmienda dio lugar después a una ley de Tecnología Genética, en la que no se decía nada de las plantas. Pero este año el gobierno pidió a un comité de bioéticos que sugiriera también reglas para respetar las plantas.

El resultado fue un informe de 22 páginas sobre “la consideración moral de las plantas por su propio bien”. Una clara mayoría del comité determinó que “las plantas individuales tienen un valor inherente” Esto significa que “no podemos usarlas como queramos, incluso aunque la comunidad de las plantas no esté en peligro, o si nuestras acciones no ponen en riesgo las especies o aunque no estemos actuando arbitrariamente”.

Sobre la manipulación genética, para la mayoría del comité puede ser compatible con la dignidad de las plantas “siempre que su independencia, por ejemplo, su capacidad reproductiva y adaptativa, quede asegurada”. Es decir, cabría la modificación genética destinada a hacer más resistente la piel de los tomates, pero estaría mal modificar genéticamente una planta para hacerla estéril. ¿Habrá que tener escrúpulos para desembarazarse de zarzas, cizaña y otras malas hierbas? ¿Serán inmorales las prácticas que han conducido a las uvas sin pepitas?

Esta deriva de concesión de derechos a animales y plantas empieza a preocupar a los investigadores, según declaraciones recogidas en The Wall Street Journal (11-10-2008). “¿Hasta dónde vamos a llegar?”, se pregunta Ives Poirier, biólogo molecular en el laboratorio de biotecnología de plantas de la Universidad de Lausanne. “¿Tendremos que defender la dignidad de los microbios y de los virus?”.

Los defensores de la ley dicen que refleja el progresivo esfuerzo por proteger la dignidad de todos los seres vivos. Pero una cosa es dar reglas que ayuden al hombre en su responsabilidad de administrador responsable de la naturaleza, y otra convertir a la fauna y la flora en titulares de derechos.

Aunque parezca que esta tendencia responde a una conciencia más fina, es de temer que no signifique una mejora del modo en que tratamos a las personas. En el fondo, responde a la idea de ver al hombre como una especie más, de modo que dar por supuesto que los seres humanos son superiores a los de otras especies sería algo tan desfasado como el racismo. Y como, a fin de cuentas, siempre necesitaremos utilizar a los animales y a las plantas, el riesgo es que nos acostumbremos a instrumentalizar también a algunos ejemplares de esa otra especie más que es el ser humano.

De hecho, mientras preocupan cada vez más las condiciones de la experimentación con animales, a algunos ya no les parece que la experimentación con embriones sea contraria a la dignidad humana. En Suiza, según las últimas reglas sobre “animales sociales”, quien quiere desembarazarse de un pececito de acuario antes tiene que anestesiarlo con un producto especial, y luego matarlo. Sería un avance que se aplicara el mismo método a los fetos humanos abortados, práctica que sí está permitida en Suiza sin tantas complicaciones.

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