Covid-19: “¡Que no me vacuno!”

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Duración lectura: 10m.
covid-vacuna copy

La noticia más esperada por el público en estos días de incertidumbre pandémica e impasse económico es, casi con seguridad, cuándo comenzará la vacunación contra el covid-19. El anuncio de ese momento, y el deseo de saber con certeza cuánto tardará en aplicársele a cada cual, según su grupo de edad, sus condiciones de salud, su sector profesional, etc., tiene a muchos en vilo.

Aunque, curiosamente, los expectantes son hoy menos que ayer: el barómetro  del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) muestra cómo ha descendido, entre la población española, el interés por vacunarse. A principios de octubre, se preguntó a casi 3.000 personas si se vacunarían en cuanto estuviera disponible el fármaco preventivo: un 40,2% respondió afirmativamente, frente a un 43,8% que dijo que no. Los números deberían preocupar, toda vez que, a similar pregunta un mes antes, fueron mayoría los que dijeron estar dispuestos a vacunarse (44,4% vs. 40,2%).

La tendencia no es, sin embargo, exclusiva de España. Euronews realizó un sondeo en cuatro países europeos –a 1.500 personas en cada uno de ellos–, y halló que apenas un 39% de los franceses accedería a vacunarse, frente a un 37% que no lo haría y un 24% indeciso. En Italia, Alemania y el Reino Unido son más de la mitad quienes asienten a inmunizarse, pero, de todos modos, quienes rechazan dejarse pinchar cuando llegue el momento superan el 20%.

Del otro lado del Atlántico, es en EE.UU. donde la potencial vacuna genera menos simpatías. Una investigación del MIT revela que la mitad de los estadounidenses se la pondría –en abril, eran más del 70%–, mientras que un 24% se negaría a hacerlo y un 25% duda. En otros sitios, como México, Canadá y Colombia, los que están esperando su dosis como agua de mayo sobrepasan el 65%, si bien en estos países también hay bolsas de renuencia de más del 10%.

Titubeos del gobierno + desplome económico = desconfianza

¿Por qué rechazar la inmunización frente a un virus que se ha demostrado letal? Una de las causas es la creencia de que, si el resto se vacuna, el no vacunado queda igualmente protegido.

Pero es una ruleta rusa. En un artículo publicado en abril, el Dr. Xavier Bosch, investigador de las variedades de cáncer relacionadas con agentes infecciosos y director del Centro de Información sobre el Virus del Papiloma Humano, en Barcelona, lo ejemplificaba con un caso ocurrido en Cataluña: el de un menor que no había sido vacunado contra la difteria, que vivía en una comunidad plenamente vacunada y que, pese a ello, falleció por dicha enfermedad.

“En un mundo con amplia movilidad social, los virus siempre acaban encontrando a las personas no vacunadas”, alertaba entonces, y anticipaba que el mensaje antivacunas volvería con fuerza cuando la anticovid-19 estuviera a punto.

“Cuando la vacuna esté disponible, un porcentaje mayor del que expresan las encuestas se vacunará”

Sobre estos temas, el experto ha respondido a unas interrogantes de Aceprensa:

Casi a las puertas de tener lista la vacuna, son más los españoles que se muestran reticentes a ponérsela. ¿A qué puede deberse esta variación?

— Ante el covid-19, todo el sistema sanitario ha debido aprender a manejar una epidemia que afecta a todos los aspectos de la vida cotidiana personal y social. Regular en este contexto es muy difícil, y las dudas y titubeos de las autoridades han mellado la confianza de la población. Además, al amalgamarse la autoridad sanitaria y la autoridad política –con sus guerras propias de servidumbres electorales–, el grado de escepticismo ha aumentado aun más.

Finalmente, cuando la interrupción de la vida económica afecta directamente a grandes sectores sociales que pasan a depender de la protección oficial, la rebelión frente a las indicaciones puede derivar en “actitudes anti”, y entre estas, contra las vacunas.

Ahora bien, otra cosa será cuando la vacuna esté disponible: un porcentaje mayor del que expresan esas encuestas se vacunará.

Uno de los temores más en boca del público proviene de que si, en condiciones normales, el proceso de investigación y desarrollo de una vacuna puede durar años, en el caso de la anticovid-19 estaríamos hablando de poco más de un año. ¿Podría este acortamiento de plazos conllevar riesgos concretos para la salud?

— Teóricamente, la prisa podría ocasionar que se dejara de percibir algún efecto secundario indeseado de baja frecuencia (que no se detectara en los estudios preliminares a la regulación y aprobación). Los organismos responsables de velar por la seguridad tienen protocolos de aprobación en casos de urgencia. Y los pasos esenciales en cuanto a eficacia y seguridad se cumplirán. Incluso tras la licencia y la utilización masiva, la evaluación de efectos secundarios sospechosos continuará, para reaccionar precozmente si alguna de estas circunstancias llegara a producirse.

Por otra parte, ningún medicamento está totalmente libre de efectos secundarios, pero en el caso vacunal estos son generalmente leves y de corta duración, asociados mayoritariamente a la inyección (dolor local, enrojecimiento y síndrome gripal leve). Solo con el tiempo y el seguimiento epidemiológico conoceremos los efectos a largo plazo, tanto en beneficios (prevención del covid) como en efectos secundarios, si llegaran a existir.

 El grupo no siempre protege

— ¿Con qué porcentaje de población vacunada se puede alcanzar la inmunidad comunitaria? ¿La mera posibilidad de esa inmunidad no terminará disuadiendo a muchos de vacunarse, con el argumento de que “es innecesario porque ya se vacunan otros”?

— Todavía no tenemos vacuna y, por tanto, no conocemos sus características. La transmisibilidad aérea y por aerosol respiratorio hace prever que la fracción de vacunados necesaria para la protección de grupo será alta. Pero confiar solo en esta protección es peligroso, porque opera únicamente mientras la persona no vacunada permanece en el grupo, a saber, en una población con altas tasas de vacunación. Cuando esta persona viaja o recibe visitas de otros individuos no vacunados, su riesgo aumenta, porque el grupo deja de protegerle; no puede, de hecho.

Por otro lado, el coste en vidas de una estrategia de no intervención como la que promovió inicialmente el gobierno británico, fiándolo todo a la inmunidad de grupo inducida por la infección natural, es muy elevado entre las poblaciones más vulnerable y es éticamente inaceptable.

— Por último, ante la fuerza que está cobrando el negacionismo y la cada vez mayor difusión de sus mensajes, ¿qué estrategias podrían adoptar las autoridades sanitarias para preparar a la población ante la cercanía del momento de aplicación masiva de la vacuna?

— La educación sanitaria es el único recurso que tenemos en los países democráticos, donde la obligación de vacunar es en general inaceptable. Debemos informar y educar, devolver el respeto a la comunidad científica; cuando no sepamos la respuesta, reconocerlo; mejorar el contacto con los grupos implicados, entender las razones del escepticismo en cada caso concreto y comprender que en estos temas es esencial el coprotagonismo de las comunidades científicas y sociales. Es el reto que tenemos por delante, junto con el de alejar las vacunas de las campañas electorales y de la nueva epidemia de noticias falsas. Es un consejo a tener en cuenta.

La “edad dorada” de los antivacunas

Las noticias falsas son parte del torrente sanguíneo del movimiento antivacunas, y a veces toman como punto de partida sucesos objetivos, tergiversándolos. Por ejemplo, el proceso de pruebas de una vacuna, del que la prensa hoy informa como si fuera el parte meteorológico.

 “El hecho de que se identifiquen eventos adversos y se detengan ensayos, debe aumentar la confianza en que estos se están realizando de forma apropiada”

“Se están retransmitiendo en directo los ensayos clínicos, algo que no había pasado nunca –nos dice el Dr. Roi Piñeiro, miembro de la Sociedad Española de Infectología Pediátrica–. Es completamente normal que durante el desarrollo de una vacuna surjan problemas y efectos secundarios inesperados, que obligan a detener el ensayo hasta analizar los motivos de la aparición de estos. Sin embargo, ahora se informa incluso de efectos secundarios en sujetos que habían recibido una dosis de placebo, no de la vacuna, y se mencionan como ‘otro efecto adverso de la vacuna’”.

Según señala, esto no ayuda a generar confianza. “No digo que no haya que informar –aclara–, sino que hay que especificar que son situaciones normales en cualquier ensayo clínico y que la población no debe alarmarse. Todo lo contrario: el hecho de que se identifiquen eventos adversos y se detengan ensayos, debe aumentar la confianza en que estos se están realizando de forma apropiada. Hay que evitar titulares sensacionalistas de los que consiguen muchos clics”.

Si las falsedades y las medias verdades son el torrente, las redes sociales son el mecanismo de bombeo para impulsarlas a cualquier remoto sitio con conexión a internet. Un informe del Centre for Countering Digital Hate (CCDH) señala que las grandes tecnológicas han colaborado a su manera en el advenimiento de la “edad dorada” del movimiento antivacunas, algo que reconocieron críticamente cuando, en 2019, se verificaron brotes de sarampión en varias partes del mundo.

Desde el año pasado, las cuentas creadas en plataformas digitales por estos activistas son seguidas por entre siete y ocho millones de usuarios más. “El covid-19 ha sido una oportunidad de crecimiento para los antivacunas –refiere el texto–. Nuestra investigación de 409 cuentas en inglés muestra que ahora tienen 58 millones de seguidores”. O sea, un 19% más que en 2019.

Ese año, varias redes sociales prometieron actuar. Facebook anunció que no recomendaría sitios de este tipo y Twitter dijo que se aseguraría de que, a cualquiera que en EE.UU. y el Reino Unido buscara información sobre vacunas, le aparecieran primeramente contenidos de los respectivos Departamentos de Salud.

De momento, sin embargo, no es suficiente. En un rastreo en plataformas digitales durante la tercera semana de agosto, el CCDH contabilizó casi 1.000 mensajes antivacunas, todos debidamente reportados, y comprobó que el compromiso con la verdad está por los suelos: de 569 posts, Facebook eliminó 14; de 144, Instagram quitó tres, y de los 137 en Twitter, solo se borraron cuatro. De 41 vídeos engañosos, YouTube no quitó ni uno.

En los próximos meses se verá cuánto ha calado realmente este maremágnum de desinformación en la voluntad de millones de personas.

 

El covid-19 ha venido para quedarse

Con la vacuna en un horizonte cada vez más próximo, hay razones para confiar en la seguridad del proceso, aunque también para moderar el entusiasmo respecto al alcance que tendrá la inmunización.

Sobre lo primero, el Dr. Piñeiro, precisa que la introducción de nuevas tecnologías permite desarrollos más rápidos en este campo, “sin que la seguridad se vea afectada por ello”. Además, “la pandemia ‘manda’, y cientos de laboratorios han priorizado el desarrollo de la vacuna frente al covid-19. Nunca habíamos tenido tantos ensayos clínicos en marcha para conseguir la inmunización frente a una enfermedad, lo cual es otro motivo para sentirnos afortunados”.

Pide, no obstante, realismo. “Debe quedar claro que no vamos a conseguir erradicar el covid-19 a corto plazo: ha venido para quedarse con nosotros. Tenemos vacunas frente a muchas enfermedades, pero solo hemos logrado erradicar la viruela. Con el covid-19 lo conseguiremos, pero el objetivo a corto plazo será reducir su incidencia y su gravedad. Quizá los nietos de nuestros hijos sean quienes puedan vivir la erradicación de esta y de muchas otras enfermedades”.

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares