Contemplar, para educar la atención

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Duración lectura: 6m. 39s.
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Utrecht.— A veces nos preocupa la dispersión mental que pueden provocarnos los continuos reclamos visuales en nuestro mundo lleno de pantallas. Pero también tenemos medios para ejercitar la atención de manera que fijemos la mirada en lo que realmente importa, afirma el psicólogo holandés Stefan van der Stigchel.

Catedrático de Psicología Cognitiva en la Universidad de Utrecht, Van der Stigchel dirige el grupo Attentionlab, que examina cómo la atención y la conciencia visual forman nuestra imagen del mundo. También es miembro de la Young Academy, una plataforma de científicos jóvenes de la Real Academia de Artes y Ciencias de los Países Bajos.

El experto es uno de los ponentes del ciclo de conferencias programado en torno a la exposición El lenguaje corporal. El cuerpo en el arte medieval, que se puede ver actualmente en el museo Catherijneconvent de Utrecht. Su intervención, en octubre pasado, trató sobre su especialidad.

Actualmente se presta una atención desmesurada a la atención visual, y “es lógico”, señaló Van der Stigchel: “Nuestros ojos son bombardeados continuamente por información visual: vallas publicitarias, notificaciones en Facebook, semáforos, señales de tráfico. Además, somos adictos a las pantallas. Revisamos continuamente nuestros teléfonos, tabletas y ordenadores para ver si ya hay nueva información disponible”.

El poder de la publicidad

Por atención se puede entender concentración en lo que uno está haciendo o en lo que ven nuestros ojos. La conferencia de Van der Stigchel se refería a lo segundo. En cuanto a esto, podemos plantearnos si vemos siempre lo que queremos, o si la publicidad tiene poder para determinar lo que vemos, y cómo capta nuestra atención.

“La atención visual es muy frágil –explica Van der Stigchel–. Nuestros ojos ven más de lo que procesamos. La atención es fundamental, pero por debajo del umbral de la consciencia, la influencia de lo que vemos es nula. Aquello de que si en la pantalla sale de vez en cuando una Coca-Cola nos va a incitar a tomar una, sabemos desde hace tiempo que no es verdad”.

“En el teatro, un foco arroja luz sobre la escena que el director quiere mostrarnos; el resto queda en la oscuridad y no lo vemos. Es una buena metáfora sobre cómo actúa nuestra visión. Cuando buscamos algo, empezamos dirigiendo la vista hacia un campo amplio; después vamos reduciendo el foco, y no vemos lo de alrededor”.

Mirada selectiva

Nuestra atención visual es selectiva. Algunos profesionales –radiólogos, controladores de equipaje, agentes de seguridad– suelen contar con una instrucción que les prepara sobre qué deben buscar. Y esto puede ser en ocasiones un obstáculo, pues lo que uno encuentra depende de lo que busca.

 

Stefan van der Stigchel (Managementboek.nl)

Stefan van der Stigchel (Managementboek.nl)

 

El hecho de que no registremos todo lo que vemos no es una limitación: es eficacia. Nuestro cerebro archiva constantemente lo que ve, pero solo procesa lo que el sujeto busca en el momento. Por eso hay que ser consciente de lo que es importante para nosotros; el resto es mejor dejarlo al margen y ahorrar energía para los otros sentidos. No todo lo que entra por la retina, lo que está en nuestro campo visual, se procesa; pero cuando la atención es voluntaria, la visión se concentra.

Por eso, el catedrático habla de cómo protegerse de los enemigos de nuestra atención. “Centra tu atención en lo que merece tu atención –aconseja–, pon el foco en lo que es importante para ti”.

Contemplar obras de arte enseña a observar lo que se ve a primera vista

Pero “a veces se dan reglas generales sobre la atención que no sirven”. Van der Stigchel mencionó algunos mitos: “Nuestra concentración es peor que la de un pez dorado. La luz azul de nuestro teléfono dificulta conciliar el sueño. Podemos concentrarnos como máximo durante 25 minutos. Y los niños de hoy tienen menos concentración que antes: otra afirmación gratuita. A un niño con TDAH [trastorno por déficit de atención e hiperactividad], por ejemplo, no se le puede pedir que se esté quieto en clase para atender, pues pondrá todo su esfuerzo en estarse quieto”.

Rastreadores oculares

Como nuestra atención vale dinero, hay quienes quieren cazarla. Y para eso tienen cada vez más medios, dijo el catedrático.

“Algo que hasta ahora era difícil de controlar por quienes están interesados en cómo funciona la atención para captarla, es el movimiento de nuestra pupila. Nuestros movimientos oculares serán monitoreados cada vez más en el futuro. Los dispositivos que los miden, los llamados rastreadores oculares, son cada vez más baratos y más pequeños: ya hay rastreadores oculares de buen rendimiento en el mercado por 100 dólares. Debido a los bajos costos y las posibilidades que ofrecen estos eye trackers, se utilizarán en muchas herramientas de comunicación en el futuro, como teléfonos móviles, tabletas y computadoras portátiles. Todo esto proporciona una mina de oro de información. Después de todo, quien sabe lo que estás mirando, sabe lo que te interesa. Ya no tienes que preguntarle a una persona, solo estudiar sus ojos”.

El valor del arte

Finalmente, Van der Stigchel mostró que contemplar obras de arte ayuda a educar la atención. “Cuando uno mira un cuadro detenidamente, encuentra detalles que estaban allí, pero que no los veía. Hay que aprender a observar lo que no se ve a primera vista. Hay que seguir mirando. En algunas facultades de Medicina se han implementado cursos de arte. Contemplar obras de arte para captar todo lo que tenemos enfrente ayudará en su momento a observar al paciente, a mirarle con plena atención y hacer un diagnóstico más preciso que mirando la pantalla del ordenador”.

 

El policía que estuvo allí, pero no vio nada

“La atención visual puede ser limitada cuando estamos concentrados en algo con mucho estrés –apuntó Van der Stigchel en su conferencia–. Un ejemplo ya clásico es lo que ocurrió al agente de policía de Boston Kenneth Conley, de 27 años. Fue exculpado al cabo de siete años, cuando por fin los jueces reconocieron que no había visto lo que ocurría en su entorno”.

El 25 de enero de 1995, Conley respondió a una llamada de radio para ayudar en una persecución a pie de unos sospechosos de haber matado a una persona poco antes, en un restaurante cercano. Durante la persecución, otros dos agentes vieron a un hombre que trepaba una valla, le echaron mano y lo golpearon. Aquel hombre resultó ser un policía de paisano, Michael Cox, que también había escuchado la llamada por radio y se unió a la persecución. Cox sufrió graves daños en los riñones y heridas en la cabeza.

Conley fue llamado a declarar y dijo al gran jurado que no había visto a nadie golpear a Cox, aunque había estado involucrado en la persecución. Conley dijo que había experimentado “visión de túnel”: se centró solo en un sospechoso al que seguía y en nada más. El jurado concluyó que Conley había mentido para proteger a sus colegas, y en el juicio, celebrado en 1998, fue condenado por perjurio y obstrucción a la justicia.

Tras una serie de recursos, un tribunal ordenó que se repitiera el juicio a Conley porque se había impedido a sus abogados presentar algunas pruebas a favor suyo. Finalmente, Conley fue exculpado en 2005, se reincorporó al Departamento de Policía y recibió una indemnización de 647.000 dólares por el salario no percibido.

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