Eugenesia bienintencionada

Contrapunto

Por primera vez -que se sepa- se ha planificado el nacimiento de un niño, concebido in vitro, para que sirva de donante de células a su hermana, afectada de un mal congénito. El matrimonio Nash, de Estados Unidos, presenta una probabilidad del 25% de tener descendencia con anemia de Falconi, que es un defecto de las células de la médula ósea. Su hija Molly, de 6 años, nació con la enfermedad y tenía pocas posibilidades de llegar a la adolescencia. El único remedio era un trasplante de células procedentes de un hermano, pero Molly no tenía ninguno. Hasta que el 29 de agosto nació Adam y se extrajeron células del cordón umbilical, que fueron transferidas a la niña.

El nacimiento de Adam es resultado de una criba. Se obtuvieron in vitro quince embriones; de los dos que eran sanos y compatibles, se implantó uno; cinco más han sido congelados. Antes, los Nash habían hecho otros tres procesos de fecundación artificial, sin éxito; no se ha hecho público el número de embriones perdidos en esas ocasiones.

“Por primera vez” es ya una cláusula trivial y desgastada para hablar de las diversas posibilidades de los métodos artificiales de procreación. La verdadera “primera vez”, la única significativa, fue aquella en que se empezó a aplicar la fecundación in vitro. Todo lo que ha venido luego no es más que el desarrollo de la lógica presente en el inicio.

El caso de Adam responde a esa lógica y, en realidad, tiene poco de nuevo. Simplemente, ha servido para que “trascienda de manera clara al gran público la selección de embriones, que se viene practicando desde los comienzos de la fecundación in vitro”, como señala Antonio Pardo, profesor del Departamento de Humanidades Biomédicas de la Universidad de Navarra. En efecto, primero se examina los embriones con el microscopio, y solo se implantan algunos de los que ofrecen un aspecto normal; los demás se desechan.

Después empezó a usarse en la fecundación in vitro el análisis de ADN, para averiguar si los embriones obtenidos padecen una enfermedad de origen genético. “El uso normal que ha tenido hasta ahora esta técnica -explica el Prof. Pardo- es evitar el nacimiento de niños enfermos en matrimonios que pueden transmitir enfermedades hereditarias a sus hijos (por el simple procedimiento de matar a los enfermos antes de implantarlos a sus madres)”.

En el caso de los Nash, la pretensión era legítima; lo discutible es el método. Ellos podrían haber probado a tener otro hijo de manera natural, con la esperanza de que pudiera ser donante para Molly. Pero subsistía el 25% de riesgo, y no quisieron correrlo. Eliminar el riesgo de que nazca un niño enfermo, mediante una técnica controlable, por selección de candidatos adecuados y supresión de los demás, tiene un nombre: eugenesia. La palabra tiene desagradables resonancias desde que los nazis pusieron por obra su programa de “mejora de la raza”. Pero la fecundación in vitro ha popularizado la eugenesia, al permitir que la practique gente corriente, no en virtud de una ideología perversa, sino animada de “buenas intenciones”. Muchos comentarios sobre el caso Nash han omitido dar la denominación exacta del procedimiento y se han hecho lenguas de la piedad y el amor de esos padres.

Nadie puede someter a juicio la conciencia de los Nash o de los otros eugenistas de hoy, ni negar que tengan intenciones piadosas. Sin embargo, la cuestión no es esa. El médico director del equipo que intervino en el caso de Adam ha defendido el procedimiento en estos términos: “La gente tiene hijos por todo tipo de razones: para salvar un matrimonio en crisis, para que trabaje en la granja familiar, para perpetuar el apellido. Así las cosas, este es el niño más deseado que he visto en mi vida”. Pero el deseo no justifica la eugenesia, que se puede practicar por racismo o por muchos otros motivos.

Por ejemplo, tras el caso Nash, un matrimonio escocés ha recurrido a los tribunales para que les permitan elegir el sexo de su próximo hijo, porque tienen cuatro varones y perdieron en un accidente la única niña que les nació. No hay aquí motivo terapéutico, pero los padres alegan que su sufrimiento emocional no debería ser tenido en menos que el riesgo de transmitir una enfermedad. Los deseos humanos son expansivos; si se admite alguno como justificación de la criba embrionaria, cualquiera puede pensar que también los suyos son dignos, y creerá que satisfacerlos es terapia emocional.

Ya lo previó Jacques Testart, el biólogo que consiguió el primer “bebé-probeta” francés. Pronto comprendió que la fecundación in vitro se transformaría de remedio contra la esterilidad en técnica de selección genética, por lo que abandonó los trabajos en ese campo. En 1986, vaticinaba en su libro L’oeuf transparent: “La próxima etapa es el diagnóstico genético para conocer, primero, el sexo del embrión; segundo, su normalidad cromosómica, y finalmente, quizá dentro de veinte o treinta años, la posibilidad de determinar el color del pelo o la estatura”. Ese itinerario se verifica con independencia de las “buenas intenciones”, como advertía Testart más tarde: “La intrusión biomédica en la procreación implica el mejor control posible de la calidad del producto. Con una ingenuidad perversa, lleva en sí una concepción eugenésica del mundo que se impone al margen del debate oficial” (ver servicio 145/93). Lo estamos viendo.

Rafael Serrano

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