Asistencia a la vida

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Contrapunto

Algunos periódicos son partidarios de que se legalice la cooperación al suicido. La llaman “suicidio asistido” o “ayudar a morir”, definiendo un tipo de auxilio que contradice lo que se suele entender por tal cosa. Reclaman para las personas en situación dolorosa y desesperada “el derecho a decidir por sí mismas el momento y la forma de su tránsito desde la vida a la muerte” (El País, Madrid, 5-VII-96).

Para ejercer ese derecho se dirigió hace poco un hombre de 30 años, en Madrid, al borde de cierto viaducto, el lugar preferido por los suicidas de esta ciudad. Pero las autoridades no estaban dispuestas a cruzarse de brazos. Avisados por un testigo, acudieron la policía, el servicio municipal de urgencias y los bomberos, que cuarenta metros más abajo colocaron un colchón neumático para suavizar, en lo posible, el impacto. La prensa favorable a la eutanasia habría debido, se supone, condenar este “suicidio impedido” como un atentado a la libertad de morir. En lugar de eso, los diarios detectaron el interés humano del suceso, y entronizaron como la heroína del día a la psicóloga Carmen Montiel, que evitó finalmente el suicidio.

Las crónicas del caso abundan en detalles que tocan el corazón del lector. “El beso de la vida” se titula la de El Mundo (Madrid, 8-X-96), otro diario que suele abogar por la cooperación al suicidio. Cuenta que el suicida exigía que se marchara el personal de seguridad y no permitía que nadie se acercase. Carmen, que trabaja como voluntaria en las urgencias municipales, entretuvo al suicida dándole conversación. Así fue ganando su confianza y aproximándose a él. Logró que le aceptara un cigarrillo. Y como él no desistiera de su propósito, le pidió que antes de arrojarse le diera un beso de despedida, a lo que él accedió. Carmen se llegó hasta él y aprovechó el romántico encuentro para agarrarlo con fuerza, y así los policías pudieron acudir y llevarlo al hospital.

El suicida frustrado no va a recurrir al Tribunal Constitucional en defensa de su derecho a matarse. Pasado todo, achacó el suceso a “un cúmulo de desgracias”. A las pocas horas, abandonó el hospital y, más tranquilo, se marchó a casa acompañado de su familia.

“Hazaña” y no “encarnizamiento psicológico” llama el periódico a la acción de Carmen. Hay que preguntarse por qué en unos casos facilitar el suicidio es ayudar, y en otros impedirlo con maña y fuerza es una proeza. Los partidarios de la eutanasia aseguran que requisitos como declaraciones por escrito, periodos de espera o certificados médicos cribarían las peticiones de suicidio provocadas por depresión o desesperación. Pero quienes, en medio del dolor, mantienen la presencia de ánimo y la esperanza, nunca piden la muerte. ¿Qué habrían dicho esos periódicos si el joven de Madrid, en lugar de dirigirse al viaducto, hubiera solicitado un higiénico suicidio por inyección letal, como el tetrapléjico que hace dos años les dio pie a clamar por el “derecho a una muerte digna”? (ver servicio 32/94).

El método no importa gran cosa. La verdadera diferencia está en el mensaje que se transmite a los pacientes. Quienes les rodean de afecto y les prestan coraje, realizan a diario hazañas semejantes a la de Carmen Montiel, aunque ocultas a la prensa. Pero decirles: “Tienes razón, no vale la pena que sigas viviendo”, y ofrecerse a buscar la jeringuilla, es como arrojarles desde el viaducto.

Rafael Serrano

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