Carissa Véliz escribió hace unos cuantos años un libro inquietante que se convirtió en un auténtico éxito de ventas: Privacidad es poder. En él, esta filósofa de Oxford advertía de cómo las grandes tecnológicas explotan los datos que recopilan en las redes y la erosión de las libertades que eso puede comportar. En Profecía da un paso más: rastrea la historia de las estrategias predictivas, desde los oráculos a los consejeros áulicos, y propone interpretar el poder tecnológico e informático con esa clave.
En efecto, los algoritmos intentan predecir comportamientos y los nuevos modelos de IA aclaran incluso cómo será el futuro tanto en cosas banales –por ejemplo, si aumentará el tráfico en una calle–, como para definir políticas públicas. Si en su primer ensayo el objetivo de Véliz era revelar los efectos de las nuevas tecnologías sobre la intimidad, en este denuncia que el control se ha extendido a casi todos los ámbitos de la vida. Porque las predicciones, tanto las que son beneficiosas como las que son dañinas, alteran y condicionan en última instancia nuestras decisiones, según Véliz. “Cuando las predicciones determinan nuestro destino, perdemos libertad”, concluye.
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Es interesante la manera en que este libro combina la historia y las ideas filosóficas. Del mismo modo llama la atención la voluntad de Véliz por mostrarse equidistante y equilibrada a la hora de especular sobre fenómenos contemporáneos. Está claro que no es muy errado detectar la forma en que Musk y otros magnates van decantando las cosas a medida que sueltan exabruptos o columbran lo que sucederá en el futuro. Véliz sostiene, a fin de cuentas, que el panorama más sombrío de la IA únicamente puede ser evitado con dosis de responsabilidad moral, con participación política y con valores humanísticos. Apelar, como hace ella en los capítulos finales, a la virtud o a la verdad resulta bastante consolador para el lector.
Si se analiza con profundidad, el libro ofrece más de una lección interesante. Aun siendo consciente de la utilidad de la ciencia y de la tecnología, esta filósofa sostiene que, con sus éxitos, se ha colado de rondón una mentalidad cuantitativa, determinista, que empobrece la cultura. No le falta razón al destacar todo lo que de azaroso e imprevisible tiene la existencia y apostar por un sano epicureísmo para capear la falta de certeza. Ante tanta predicción y tanto dato, es hora de reivindicar el fabuloso papel que a menudo tiene la incertidumbre.