La calle Oak es uno de esos lugares idílicos en los que nunca pasa nada. Aunque las apariencias engañan. Denise y Greg Platt atraviesan un mal momento en su matrimonio cuando, de la noche a la mañana, todo el vecindario aparece inexplicablemente trasladado al pasado y rodeado de dinosaurios hambrientos. Los problemas de pareja tendrán que esperar. O quizá no.
El punto de partida de El final de Oak Street es tan disparatado como sencillo. Y David Robert Mitchell (It Follows), que escribe y dirige, tiene la virtud de no complicarlo más de la cuenta. No se pierde en explicaciones pseudocientíficas ni intenta justificar demasiado cómo han llegado hasta allí. Los dinosaurios están fuera, tienen hambre y hay que sobrevivir. Con eso basta.
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La película tiene algo refrescantemente clásico. Su estética y, sobre todo, su espíritu remiten al cine de aventuras y ciencia ficción de los años ochenta, a Amblin y, de manera muy evidente, a Steven Spielberg. Por momentos podría pasar incluso por una derivación de Parque Jurásico. No resulta extraño que detrás de la producción aparezca J. J. Abrams.
Mitchell rueda con buena mano y sabe crear intriga con pocos elementos. Durante sus ajustados noventa minutos, mantiene un ritmo trepidante y una clara vocación comercial. Hay alguna secuencia bastante más bestia de lo esperado y alguna sorpresa bien colocada, aunque la historia resulta bastante previsible. También lo es el conflicto de fondo: un matrimonio en crisis que, enfrentado a una situación extrema, se ve obligado a replantearse su relación. Lo hemos visto muchas veces, pero funciona porque la película tampoco pretende descubrir nada nuevo.
Buena parte del mérito corresponde a Anne Hathaway y Ewan McGregor, capaces de hacer creíbles a sus personajes incluso cuando todo lo que sucede a su alrededor bordea el disparate. Y destaca especialmente la banda sonora de un Michael Giacchino cada vez más imprescindible, fundamental para recuperar ese aire de gran aventura al que aspira la película.