Cuando se escribe sobre un santo hay que evitar dos errores, ambos igual de perniciosos: por un lado, el de sucumbir a la mitificación hagiográfica; por otro, el de aguzar tanto el sentido crítico que se termine dejando de lado la santidad. André Vauchez, especialista en la historia de la espiritualidad, sortea esos peligros y ofrece un retrato completo de san Francisco de Asís, así como de su impacto y de las polémicas formas en que ha sido interpretado a lo largo de la historia. En su opinión, la figura del santo de la pobreza nos ha llegado de manera mediada, de modo que para conocerlo hemos de partir no solo de la información más o menos verosímil que nos ha llegado, sino también tener en cuenta la luz con que los demás lo vieron.
A Francisco le preocupaba el mensaje y la la praxis de la fe, y no tanto solucionar problemas organizativos. De hecho, su movimiento no nació de un esfuerzo premeditado por hallar seguidores, sino espontáneamente. Tras su conversión, hizo hincapié en sus predicaciones sobre el sentido positivo de la pobreza y propuso un cristianismo esperanzado, centrado en cantar la alegría de la salvación y la bondad divina de todo lo creado. La clave en san Francisco es la idea de desapropiación: vaciarse, para que Dios halle espacio en el interior de uno.
Cada jueves, lo mejor de Aceprensa en una newsletter gratuita.
Vauchez aborda el problema que, desde un punto de vista institucional, planteaba la renuncia a la propiedad por parte de los Hermanos Menores, pero contextualiza el radicalismo del pobre de Asís en un marco más amplio, el de la historia de la Iglesia y el conflicto medieval entre Imperio y Papado. Han sido tanto la exégesis protestante, como la más combativa con la jerarquía en el seno de la comunidad católica, las que se han empeñado en ver en Francisco un santo que deseaba sacar los colores a la Iglesia de Roma o un valiente que reivindicaba la pureza del cristianismo, frente a su devaluación artera por la Santa Sede. Nada más lejos de la realidad: si el de Asís acude a Roma es porque se siente hijo de la Iglesia y considera que no salirse del redil es la mejor garantía de ser fiel a Cristo.
San Francisco es un ser singularísimo, alejado de la lógica del mundo y ajeno a las dinámicas del poder. Propugna la paz y el perdón, la generosidad y la libertad de ser pobre, sin sentirse atado a nada. De ahí la novedad radical de sus enseñanzas y sus extrañas formas de comportarse. Que cantara a Dios como los trovadores al amor cortés no es una excentricidad, sino la prueba de que siente de un modo material la presencia de Cristo. Ahí está el famoso Cántico de las criaturas o del hermano Sol con el que ayuda a captar la nobleza inconmensurable de lo que ha salido de las manos del Creador.
Escrita por un historiador riguroso, esta biografía aporta claridad sobre las dificultades de los movimientos religiosos; examina con realismo las pugnas y encontronazos entre el carisma fundacional y la deriva institucional posterior que, a menudo, requieren matizaciones. En el caso de la fraternidad franciscana, sugiere que Gregorio IX se apoyó en la nueva orden mendicante para enfrentarse a las herejías y sustentar su poder.
Sería ridículo, con todo, pensar que el tiempo de los santos pasa, o que -al contrario- su obra es inmune a la impronta condicionante de la historia. La trayectoria de los franciscanos sirve de ilustración para entender lo que ha sucedido o sucede en otras iniciativas apostólicas o religiosas y lo difícil que es armonizar mundo y providencia.
Por otro lado, a través de lo que la tradición ha ido destilando sobre Francisco y del trabajo de los expertos, emerge una figura que no solo repercutió en la sensibilidad de su tiempo, sino que también, por fortuna, inspira el nuestro.