A finales de los años 40, la orden religiosa del Hermano Jean lleva un internado en Charlevoix (Québec). Apasionado de la historia, este profesor contagia a sus estudiantes del amor por la arqueología. El Hermano Visitador de la orden no lo ve con buenos ojos, pero Jean sigue adelante con una sana tozudez.
El argumento de esta película recuerda en bastantes momentos a El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989). El espectador advierte que, de no ser por el hermano Jean, todos aquellos muchachos habrían salido del internado únicamente a apretar tuercas y desbrozar malezas, no a nutrir las universidades. La culpable de este “inevitable” destino sería, por supuesto, la Iglesia, presentada como una suerte de freno al progreso, a pesar de que ha sido precisamente en ella que el religioso ha forjado su espíritu científico sin impedimento alguno (tampoco nadie le ha puesto pegas a su laboratorio escolar).
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Pero hay ganas de crítica, visible quizás también en esa atmósfera sombría de las estancias del internado, muy en contraste con el blanco y el verde de los exteriores, de esos parajes a donde el explorador y su tropa se llevan sus instrumentos para arrancarle respuestas al mundo. Hay, por último, algunos diálogos bastante improbables entre un profesor y sus alumnos adolescentes –máxime tratándose de finales de los años 40–, y algunas transiciones abruptas y poco creíbles. Aun así, el guion subraya la importancia de los buenos maestros y de una educación sin corsés.