Tomates, piedras y huevos. Uno de los primeros recuerdos que tiene Alberto Reyes de cuando, siendo un niño, lo llevaban a misa dominical, es el de esos objetos volando sobre los biombos que el cura de su iglesia de Camagüey (Cuba) colocaba para intentar proteger a los fieles. Eran los años 70, y en los libros de texto –copiados de los manuales de la URSS– y en cualquier mitin se adoctrinaba contra el cristianismo. Normal que algunos se sintieran en el “patriótico deber” de hostigar a católicos y evangélicos.
En la agonizante Cuba de hoy ya no hay huevos ni tomates que tirar. Quedan piedras, pero muchos de quienes las lanzaron se han desencantado de las promesas del Partido Comunista acerca de un futuro radiante y se han marchado 90 millas al norte, a EE.UU., a buscarlo allí. El P. Alberto, aquel chico hoy convertido en sacerdote, ya no ve pasar proyectiles por sobre su cabeza, pero le sigue llegando la hostilidad del régimen cubano en forma de citaciones de la Seguridad del Estado. Molestan, molestan mucho, las denuncias que hace en sus redes sociales sobre la situación de postración moral y económica en que ha quedado sumido el país tras 67 años de fallido experimento socialista. Por eso, cada vez que encabeza uno de sus posts en Facebook con la frase “He estado pensando…”, los segurosos se quedan “pensando” en cómo callarle la boca a este incómodo cura.
Durante su recientemente concluida visita a Madrid, el P. Alberto accedió a conversar sobre este y otros temas con Aceprensa. Cuando todos los cubanos del exterior miramos hacia la isla y contenemos la respiración, dada la grave situación de escasez material que atraviesa el país y la disposición de combate en que se encuentran las fuerzas de EE.UU. en el Caribe, el sacerdote carga con tranquilidad enormes maletines con medicinas y se dispone a regresar allí, a su humilde parroquia de Esmeralda.
— Los que se bautizaron en los años 90 en Cuba ya no vivieron una hostilidad tan abierta como la de quienes se bautizaron de niños en los 70. Fueron tiempos difíciles…
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— Sí, mucho. Yo crecí en trinchera, luchando por mi fe, porque el acoso era diario; era muy común. Para empezar, te sentías mal mirado; como cristiano eras el bicho raro, la persona discordante, porque a veces los creyentes éramos prácticamente solo uno en un aula o en toda una escuela. Además, algo interesante: no nos llamaban cristianos, porque cristiano era como un término muy elegante. Se nos decía religiosos, porque tenía la connotación de “ignorante”.
Era común que llegara un profesor al aula y dijera: “Pónganse de pie los religiosos”. Entonces tú te parabas, todo el mundo te miraba, y eso te hacía sentir mal. Tengo una amiga que, cuando tenía nueve años, el profesor entró y dijo: “Pónganse de pie los religiosos”. Se puso de pie ella sola y el profesor dijo: “Ahora todos a reírse de esta, que es religiosa”. Y ella me dice: “A mí, esa herida me sangra. Cada vez que pienso en aquello, recuerdo a toda el aula riéndose de mí”. Nos decían que si éramos cristianos no íbamos a poder ir a la universidad. Se nos acosaba mucho.
— En su caso, como sacerdote que condena –en redes y en otros ámbitos– los excesos del Gobierno mientras el pueblo sufre una miseria inigualable, la hostilidad no es cosa del pasado. Normalmente a los sacerdotes se les intenta callar con un “los curas no se meten en política”. ¿Se lo han dicho a usted?
— Me lo han dicho mucho. Y mi respuesta es siempre la misma: la Iglesia no está llamada a hacer política partidista; no le toca asociarse o aliarse con un partido, sea el que sea. Está llamada a ser Madre de todos y el mensaje cristiano es para todos. Nada de política partidista.
Otra cosa es la política en sentido general. Política viene de la palabra griega polis: ciudad, por tanto, la política entendida en ese sentido es la preocupación por la ciudad (la sociedad), por su bienestar. Cuando alguien dice: “Soy apolítico”, en realidad lo que está diciendo es “no me importa mi sociedad: si hay gente con hambre; si no hay medicinas; si las calles se han convertido en un basurero, a mí no me importa”.
Eso es ser apolítico. La Iglesia está llamada a hacer política en el sentido amplio, de buscar por todos los medios el bienestar de la sociedad. Si no lo hiciera y se quedara en un discurso de relación con Dios dentro del templo, entonces sí sería “opio de los pueblos”. ¿Cómo voy a predicar un Dios que es Padre, que nos hace hermanos, que quiere nuestro bien, y, cuando salgo de la iglesia, si hay alguien que tiene hambre o no tiene medicamentos, me desentiendo? Sería una contradicción. Una traición al Evangelio.
Lo que uno trata de explicarle a la gente es que los laicos sí están llamados a hacer política partidista. Como hizo Oswaldo Payá (1). Un laico cristiano sí tiene derecho a afiliarse a un partido o a fundarlo, si tiene esa vocación.
— Entiendo que ha sido usted “convocado” varias veces por decir estas cosas.
— Sí. Dos veces me ha llamado la Seguridad del Estado para entregarme un “acta de advertencia”. Para decirme, como han hecho con otros sacerdotes –como el P. Castor, el P. Jorge Luis Pérez Soto, el P. Kenny, Fray Lester…–, que si seguimos hablando sobre los problemas de Cuba en el modo en que lo hacemos, denunciando las situaciones, nos pueden procesar judicialmente porque no actuamos según la legalidad.
Nos acusan, además, de ser promotores del odio. Cuando decimos que el cubano debe poder defender sus derechos, manifestarse, ven en ello un discurso subversivo. Y ciertamente a veces hemos advertido de que el Gobierno está poniendo al pueblo tanto contra las cuerdas, le está haciendo la vida tan difícil, que esto puede provocar un desenlace violento. Cuando alertamos de eso, nos acusan de alentar el enfrentamiento y el odio, cuando en realidad estamos alertando de que, como no se mejoren las condiciones de vida, llegará un momento en que el pueblo se canse, y puede que responda de un modo violento.
— Cuando he leído sobre estas acciones intimidatorias contra los disidentes y contra ustedes, he temido que los represores se salten líneas rojas críticas. Que atenten físicamente contra Ud. y otros sacerdotes…
— A ver, todo es posible. Creo que el Gobierno es consciente de que la Iglesia –que a pesar de la persecución y del descrédito a los que se le sometió, ha sido fiel al pueblo y lo ha acompañado– ha alcanzado un prestigio. Por tanto, ¿puede hacer algo contra nosotros? Sí, pero ciertamente el coste político sería también muy alto.
— ¿Qué herramientas tendrían en sus manos el clero y los laicos cubanos para empujar al Gobierno a implementar cambios reales?
— Creo que cada uno tiene su papel. A la Iglesia no le toca llevar adelante los cambios. Nuestra gran fuerza es la verdad, con la cual se puede decir lo que está pasando y apelar a la conciencia. Ya lo que es el elemento práctico no le toca. En un diálogo real también estaría llamada a ser mediadora, porque la Iglesia, al ser Madre y acoger a todos, está en condiciones de ser esa intermediaria que ayuda a los distintos a buscar un objetivo común y a ponerse de acuerdo. Más allá de eso, lo que es el cambio, digamos, fáctico, el cambio social real, no le corresponde a la Iglesia, sino a la sociedad civil.
Una sociedad progresivamente domesticada
— ¿Cómo es posible, Padre, que un pueblo que luchó fieramente por su independencia en el s. XIX, que se levantó contra dos dictaduras en el s. XX –la de Gerardo Machado, depuesto en 1933, y la de Fulgencio Batista, en 1959–, no siguiera la estela de alemanes, polacos, checos, etc., que se levantaron y echaron a sus dictadores comunistas?
— No olvidemos que esto ha sido un proceso. Para empezar el Gobierno supo aprovechar muy bien la ilusión del inicio. Recordemos que veníamos de una dictadura, la de Batista, que se había vuelto ya muy sangrienta. Había un rechazo popular, un hartazgo muy fuerte, y Fidel Castro se erigió como la gran esperanza de un cambio y de un retorno a la democracia.
El punto de arranque estuvo allí, en aprovechar la fascinación, la esperanza de la gente en el Movimiento 26 de julio…, que en cuanto tomó el poder, empezó a fusilar. Ahí hay un primer mensaje agresivo al pueblo: “No te muevas, estás controlado; si disientes, puedes morir”. Instauraron además algo diabólicamente eficaz: los juicios populares. Cualquiera te podía acusar, cualquiera te podía juzgar o hacer que te condenaran. Y eso sembró el terror. Si le sumamos después todo el control de las instituciones, de la educación, de la prensa, unido también al hecho de que somos una isla, una especie de “cárcel con barrotes de agua”, de la que es difícil escapar, todo eso marcó. Añádasele que muchos creyeron realmente en la Revolución y que por ella estaban dispuestos a todo: a agredir, a delatar…
Pues bien: con ese caldo de cultivo, con los encarcelamientos y fusilamientos, con el mensaje de la vulnerabilidad de la sociedad, con el adoctrinamiento y la pérdida de libertad, hubo una progresiva domesticación del pueblo. Si la izquierda tiene un mecanismo que ha sabido manejar muy bien –y que ciertamente es muy eficaz– es ese control de a poquito, de un poquito más cada día… Entonces, claro, después de casi 70 años así, no es tan sencillo volver al espíritu de los mambises (2). No lo es.
— En Europa del Este hubo transiciones más o menos pacíficas. En Cuba, en cambio, cunde la percepción de que será muy difícil un proceso así, por tanta rabia acumulada: a quien no le han impedido regresar a enterrar a su madre (como le sucedió a la exiliada cantante Celia Cruz), lo han condenado a trabajos forzados, o lo han expulsado de la universidad… ¿Cómo visibiliza usted el desmantelamiento del sistema: en paz o con graves tensiones?
— Me preocupa mucho la violencia, y desgraciadamente la veo como una posibilidad real. En principio, porque cada vez se le deja menos opción al pueblo. Si hay más represión y menos oportunidades de expresarse, si la vida se vuelve cada vez más difícil, y si hay mucha gente que ha hecho daño desde la impunidad, entonces, claro, el pueblo está muy herido. Como no haya una transición controlada y tenga lugar un vacío de poder, puede darse un desbordamiento de las heridas que arrase, que nos haga entrar en una espiral de venganza.
Conozco un caso de hace mucho tiempo: en La Habana, en un edificio vivía un señor que se llamaba Fidel, muy viejito, y se cayó por la escalera. Un vecino salió corriendo para buscar un carro y llevarlo al hospital, pero se encontró con otro que le preguntó qué pasaba. “¡Que se cayó Fidel!”, le respondió, y siguió corriendo. El que había preguntado fue a su casa, cogió un bate de béisbol, tocó a la puerta del presidente del Comité de Defensa de la Revolución (3), y le entró a golpes.
Yo temo que eso pase en Cuba. Que un descontrol lleve a una violencia revanchista. Creo que las personas que han hecho daño tienen que comparecer ante la justicia; si no, no se dará una transición. Se enconarían las heridas y no seríamos nunca un pueblo capaz de seguir adelante. Mucha gente deberá ser juzgada, y si ha hecho mal, tendrá que responder por ello. Se llama justicia transicional. Otra cosa sería el desbordamiento de la agresividad, que pueda derivar en un desastroso ajuste de cuentas.
— Muy en relación con ello, está la realidad de que, aun si mañana hubiera un cambio y llovieran millones de dólares, sería muy difícil echar a andar el país. Hay una acusada pérdida de valores –una “reguetonización” de la sociedad–, además de una brutal descapitalización humana, pues por lo menos dos millones de trabajadores y profesionales se han marchado en los últimos años. La duda es quién querría regresar a intentar cambiar aquel desastre.
— Yo pienso que al inicio necesitaremos mucho apoyo exterior, mucha asesoría para ayudar a la sociedad a renacer. Durante casi 70 años hemos vivido sin libertad, sin democracia, sin ese ejercicio sano de escucharnos. El cubano actual es muy intolerante, muy agresivo. “¡Es lo que yo digo porque yo lo digo! ¡No me importa lo que tú digas; solo lo mío!”. Tendremos que aprender a vivir en la libertad, en la escucha, en el trabajo en equipo, en la democracia.
Eso no va a ser sencillo, y me preocupa. Me preocupa que haya una guerra de egos y que en vez de mirar a un objetivo común –una Cuba nueva, plural, integradora, feliz, democrática, libre–, nos desgastemos en ver quién pone su bandera.
Cuando se vayan los dinosaurios…
— Por otra parte, un sondeo del medio independiente El Toque ha registrado que más del 56% de los cubanos de la isla y un 67% de los de la diáspora querrían que EE.UU. interviniera militarmente ya para poner fin a tan aguda crisis. Normalmente nadie querría una incursión armada en su país, pero hemos llegamos al punto de que los cubanos la están deseando…
— Yo te preguntaría: ¿Tenemos opciones? Yo creo que ese es el punto. Una persona me dijo: “¿Cómo es posible que el cubano se decante por una intervención?”, y yo le respondí: “El cubano no está en la dinámica ‘intervención sí, intervención no’. Su deseo es otro. Es el ‘yo quiero que esto se acabe ya; no aguanto más: que se acabe como sea, porque estamos desesperados’”. Ante ese grito de angustia, lo que se nos presenta en este momento como opción es la intervención. Y el cubano dice: “Ahí está la solución”. No es que la quiera. Si se nos dijera que va a haber una salida negociada, pacífica, real, no un cambio fraudulento, los cubanos diríamos: “Pues mejor esto que una intervención militar”. El problema es: ¿Tenemos otra opción? ¿Hay más opciones? Eso es lo que yo no veo.
— Hay una profunda desesperanza…
— Claro. Valoremos escenarios: otro 11 de julio como el de 2021 (una jornada de protestas generalizadas en todo el país) podría degenerar en violencia, sin contar con que, por muy multitudinarias que fueran las manifestaciones, al final ¿quién lideraría?, ¿cómo terminarían? Aquel 11 de julio fue algo extraordinario, heroico y, sobre todo, fue el gran grito de nuestro pueblo de “no queremos este sistema”. Pero ¿y la solución? Porque nos levantamos como pueblo, hacemos una manifestación, logramos que el Gobierno se vaya, pero ¿entonces qué?
— No queda mucha gente allí con la capacidad de liderazgo y visión política que tenía Payá…
— Exacto. Ese es nuestro problema. Exacto…
Vamos a suponer que entran los americanos y apartan a la cúpula gobernante: el gran problema será quién puede liderar una transición. Cuando los americanos intervinieron en Panamá (diciembre de 1989), sacaron a Manuel Antonio Noriega y dijeron: “Le entregamos el poder a este grupo de personas”. Y punto. Porque, claro, había una estructura. O como está sucediendo en Venezuela: no se ha dado el cambio tan rápido como esperábamos, pero Venezuela tenía una oposición, tenía una estructura, y ya se destrabó; al menos se irán preparando elecciones. Había un referente, y Cuba no lo tiene.
— ¿Dónde está nuestra “María Corina”…?
— En efecto. Es que el Gobierno ha ido desmembrando sistemáticamente todo el entramado civil. ¿Quién tiene experiencia política? ¡Los del Gobierno! ¿Quién tiene experiencia de dirección? Ellos, porque nunca se permitió a otros acceder de modo independiente. Por tanto, esto va a ser complicado, pero aprenderemos. Seremos capaces de lograrlo. Cuando se genere un ambiente de libertad, será más fácil que salgan a la luz personas que ahora están en segunda, tercera, cuarta línea, porque tienen miedo de que les corten la cabeza.
Recuerdo una imagen que me resultó muy simpática: un día, hablando de esto, un amigo me dijo: “Mira, Páter, mientras había dinosaurios, los mamíferos estaban escondidos. Solo cuando se extinguieron los dinosaurios fue que los mamíferos empezaron a reinar en el planeta. Hasta entonces, no podían salir”. Creo que la metáfora es excelente.
— Por último, un ejercicio difícil: si, en esta situación tan incierta, tuviera que hacer un pronóstico, ¿en qué escenario ve a Cuba en el horizonte de tres a cinco años?
— No lo sé; soy mal predictor. Lo que sí creo es que algo tiene que pasar. De hecho, ya está pasando, porque no es solo la presión de la administración Trump, no es solo que el Gobierno cubano se ha quedado sin nadie que lo sostenga: es que el pueblo se está manifestando cada vez más. La gente está siendo más libre a la hora de hablar, y ha empezado a soñar, que es un punto importante. La gente está viendo el cambio como algo posible. Algo está pasando, y cristalizará en un cambio más profundo.
Quiero pensar que en tres o cinco años Cuba será un país totalmente distinto; una nación que ha dejado atrás el estancamiento. Sí, soy muy optimista con todo lo que estamos viviendo.
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(1) Oswaldo Payá, laico católico y destacado opositor político que reunió más de 11.000 firmas para exigir un referéndum sobre el modelo político y económico cubano, murió en extrañas circunstancias en 2012.
(2) Fuerzas insurrectas cubanas que lucharon contra el poder español entre 1868 y 1898.
(3) Los CDR: organizaciones barriales de vigilancia y delación, creadas en 1961.