Inspirada en su propia infancia en Sudáfrica, la actriz Embeth Davidtz debuta en la dirección con una adaptación de las memorias de Alexandra Fuller. La película sigue a Bobo, una niña blanca de ocho años que crece en una granja de Rhodesia durante los últimos años del dominio colonial británico y asiste, desde la fragilidad de su propia familia precaria, al desmoronamiento del país que conoció.
Visualmente sobria y moralmente compleja, el largometraje destaca por un notable trabajo de dirección de actores en el que todos encuentran un lugar preciso dentro del relato. Impresiona especialmente la jovencísima Lexi Venter, que sostiene buena parte de la historia con una naturalidad poco común, sin refugiarse nunca en la sensiblería fácil a la que tantas veces recurren este tipo de relatos narrados desde la infancia.
Cada jueves, lo mejor de Aceprensa en una newsletter gratuita.
La inexperiencia de Davidtz se percibe en algunos momentos en los que la narración pierde firmeza, sobre todo cuando introduce ciertos pasajes de tono más onírico que desdibujan la tensión dramática. Aun así, No dejemos que esta noche todo se pierda es un debut sólido y de una inteligencia poco frecuente para acercarse a un pasado tan incómodo sin simplificarlo.