La muerte de Noelia Castillo, ocurrida hace 10 días, ha producido un intenso debate en los medios y ha demostrado –contra lo que podían pensar o desear algunos– que ni mucho menos se trata de un “asunto superado”. Muy al contrario, su caso está sirviendo para desenmascarar algunas de las medias verdades que con frecuencia se emplean en esta discusión.
Legalismo, cientifismo y moralismo
La “máscara” que más claramente ha quedado en evidencia es la legalista: es decir, la de quienes defienden la eutanasia “porque es un derecho consagrado por la ley”. Lo cierto es que la muerte de Noelia ha demostrado lo groseramente vagos que son los supuestos establecidos en la norma de 2021. O, mejor dicho, lo tramposa que puede ser su aplicación, porque, como ya he explicado en otro artículo, hace falta “estirar” mucho los conceptos de “pronóstico de vida limitado”, “fragilidad progresiva” o “no poder valerse por sí mismo” (los tres considerados como requisitos en la ley) para hacer encajar el caso de Noelia, que, como ella contó, podía ducharse, levantarse o maquillarse sola –más de lo que pueden hacer muchos ancianos o personas dependientes–, y cuyos dolores, por intensos que pudieran ser, no suponían un riesgo para su vida, y menos aún un riesgo inminente.
Otra máscara muy relacionada con la legalista sería la cientifista. Lo dicho para la anterior vale para esta: ¿Podemos quedarnos tranquilos situando el umbral de la vida digna en un concepto tan poco preciso como “dolor insoportable”, sobre todo si este queda relativizado (como en la ley) al añadir que se considerará como tal cualquier sufrimiento que no tenga “posibilidad de alivio que la persona considere tolerable”, y sin incluir los cuidados paliativos en la ecuación?
En Inglaterra, donde se está tramitando un proyecto de ley de eutanasia que teóricamente será más estricta en sus requisitos que la española, han tomado nota de lo sucedido con Noelia. Comentando el caso en The Spectator, Brendan O’Neil señalaba: “Los defensores del proyecto de ley británico dirán que nuestras garantías son superiores a las de España. Por ejemplo, solo se concederá la muerte a los enfermos con un pronóstico de vida de seis meses o menos. El problema es que, una vez que se decreta, en la propia ley, que algunas vidas no merecen la pena, hasta tal punto que el Estado puede ayudar a envenenarlas hasta la muerte, se abre la puerta a la muerte como solución a la angustia humana”. En Países Bajos, Canadá o Bélgica pueden dar fe de cómo las supuestas garantías quedan con frecuencia en papel mojado.
Los defensores de la eutanasia suelen acusar a sus detractores de acercarse a ella con otra máscara, que sería como la contrapartida de la legalista: la moralista. Consistiría esta en otra forma de rigorismo legal, solo que esta vez la ley sería moral y no escrita (o solo escrita en códigos deontológicos que sus críticos consideran obsoletos). Quienes miran la eutanasia desde esta óptica se limitarían (según la descripción de sus detractores) a aplicar una condena general a todo procedimiento de este tipo, sin atender a las circunstancias concretas –y menos aún al sufrimiento concreto– de cada persona. Sin embargo, basta leer esos tratados de moral o códigos deontológicos supuestamente “maximalistas” para darse cuenta de que, igual que condenan cualquier acto deliberado para dar muerte a otra persona, censuran también el llamado encarnizamiento terapéutico; es decir, prolongar la vida del enfermo por medios artificiales y en condiciones penosas, sin que los tratamientos produzcan una mejora en su calidad de vida. Así pues, no se puede decir con verdad que el acercamiento moral a la eutanasia implique una absolutización de la vida; lo que sí implica es que su valor no puede estar al albur de conceptos vagos. En cualquier caso, si todavía hay algún reducto de “moralismo absolutista”, y el caso de Noelia ha contribuido a desenmascararlo, se trata de una buena noticia.
Emotivismo por fuera, liberalismo por dentro
Otra postura a la que este caso ha hecho que se le vean las costuras es la emotivista, que considera que la eutanasia es la única forma de compadecerse del paciente que no quiere continuar viviendo. En la discusión sobre Noelia se ha manifestado una clara contradicción: los partidarios de su eutanasia han dicho que la “dignidad” de Noelia no podía quedar relativizada por los sentimientos del padre y de otros familiares y amigos contrarios a la eutanasia, pero al mismo tiempo se defendía que esa dignidad sí dependiera de otros sentimientos, los de la propia joven. Entonces, ¿se puede hablar de un valor objetivo de la vida o no? Por otro lado, si se conminaba al padre y a los amigos a compadecerse de ella es porque quienes lo hacían pensaban que sus sentimientos podían cambiar. ¿No podían hacerlo los de Noelia, mucho más condicionados por sus padecimientos pasados y por el trastorno límite de la personalidad (TLP) que padecía, y en ese sentido más tratables?
Detrás de los argumentos emotivistas se esconde, en muchos casos, un planteamiento en el fondo puramente individualista y liberal (en el sentido de partidario de la autodeterminación). Dicho mal y pronto, podría formularse así: que cada uno –siempre que sea adulto– disponga como quiera sobre su muerte, y que el Estado se limite a garantizar ese deseo. Se trata de una postura similar a la que se usa para defender la prostitución “libre”. Se podría pensar, en este sentido, que hay cierta coherencia en ambos planteamientos. Sin embargo, y sin entrar en consideraciones morales, resulta contradictorio que el planteamiento liberal se muestre tan atento a los factores que pueden obstaculizar o perjudicar la toma de decisiones en los mercados (por ejemplo, la información privilegiada o la presión de lobbies) y sea tan ciega a los condicionantes que afectan a este otro tipo de decisiones.
Las posturas socialistas sí suelen ser más sensibles a este tipo de factores. Sin embargo, en el debate sobre Noelia, este análisis ha brillado por su ausencia precisamente entre las filas de quienes, por cercanía ideológica, más deberían haberlo hecho. Así lo comentaba Ana Iris Simón en un artículo para El País: “Parece que no es legítimo preguntarse si Noelia recibió la atención que necesitaba y merecía por parte del sistema público, que la tuteló desde su adolescencia. Que esta no es la semana para hablar de lo deficitaria que es la cobertura de la salud mental en España, que es un escándalo señalar la extracción social de Noelia (¿creen que este caso se habría producido si se apellidara Fitz-James?), que no es oportuno mencionar que quienes padecen TLP tienen un 70% de probabilidades de intentar suicidarse”.
La religión, el hombre de paja
Vale la pena leer los comentarios hechos por los lectores al artículo de Ana Iris Simón, la mayoría bastante críticos. Lo interesante, en particular, es el argumento que emplean muchos de ellos, y que se podría resumir así: dices esto porque eres católica; el catolicismo es dogmático; por tanto, tus razones quedan descalificadas.
Si primero se leen los comentarios y luego se va al artículo, uno se sorprende: la autora no menciona la religión en ningún momento; apenas de refilón hay una consideración ética. La reacción de estos lectores es una muestra más de que, en el debate de la eutanasia, la religión se ha convertido en un hombre de paja: un enemigo imaginario al que se le cargan todas las culpas para después ofrecerlo como chivo expiatorio sin tener que afrontar las debilidades del propio discurso. Partiendo de la premisa –en sí misma poco rigurosa– de que los argumentos basados en la religión no deben comparecer en los debates sociales, se le endilga a la fe –en este caso, la católica– todo lo que no se quiere debatir.
En el caso de Noelia, ha bastado que su padre confiase la defensa de su causa a Abogados Cristianos para que apareciera el hombre de paja. Sin embargo, a poco que uno se haya tomado la molestia en escuchar los argumentos aducidos por los letrados o el propio padre, resulta claro que detrás (o delante) de los que los tildaban de fanáticos había, una vez más, una máscara, la máscara laicista.