Los primeros pasos de Sherlock Holmes están todavía lejos del mito, en un entorno marcado por conflictos familiares, primeras investigaciones y el surgimiento de su némesis, James Moriarty. Más que un relato de misterio, es una historia de formación con abundante acción y una progresiva carga dramática.
La serie apuesta claramente por la forma: elegancia visual, música eficaz y un ritmo ágil que sostiene el interés con apuntes de humor inglés.
En la primera mitad hay una una puesta en escena pensada para el espectáculo con escenas de acción muy más orientadas al lucimiento que a la narración, pero que funcionan. El problema es que ese despliegue formal no siempre encuentra un respaldo en el guion. Durante varios episodios, la serie descuida la interioridad de los personajes y se apoya en la acumulación de tramas poco desarrolladas, que no tienen el ingenio de los misterios a los que tiene acostumbrados el personaje de Holmes.
A partir de la segunda mitad hay un giro hacia un tono más dramático. La acción se vuelve más introspectiva y aparece, con algo más de claridad, el conflicto moral de fondo. También gana peso el drama familiar, uno de los elementos más consistentes del conjunto. Es aquí donde la serie empieza a encontrar cierto equilibrio, ampliando escenarios y evitando la repetitividad inicial y apoyándose en el brillante dúo Holmes – Moriarty, que funciona mejor en conjunto que por separado.
Los últimos episodios dejan ver lo que la serie podría ser si afinara su escritura. El resultado es una serie correcta, con momentos logrados y una base interesante, pero irregular. Más prometedora que conseguida, pero entretenida al fin y al cabo.