A cuatro años de la invasión ordenada por Vladímir Putin contra Ucrania, habrá que decir que, como estadista ruso, el hombre hace lo mejor que puede para cumplir lo que se espera de él: que expanda el imperio a dentelladas, que subyugue a otros pueblos, que secuestre y adoctrine a los hijos de los invadidos, y que, si algunos disidentes internos hacen más ruido que de costumbre, los envíe a Siberia o a algún cementerio moscovita.
El problema “no es”, pues, Putin: es el siglo XXI, que ha pillado en la presidencia rusa a un antiguo oficial de la KGB con tics colonizadores del XIX y con unos complejos que le impiden preguntarse para qué le sirve al país más extenso y con más recursos del mundo ampliarse unos kilómetros al oeste, incluso a cos…
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