Hacía tiempo que el nuevo cine social británico no ofrecía una película que, sin dejar de estar comprometida con alguna causa noble, fuera fresca, divertida y emotiva, como lo fueron hace años Full Monty, Tocando el viento o Buscando a Eric. Ahora, ese entrañable costumbrismo se reaviva con este título, que recrea libremente la historia real de diez rudos marineros de Port Isaac (Cornualles), que forman en su pueblo el grupo de folk Fisherman’s Friends, y en 2010, un cazatalentos londinense les propone firmar un contrato con una multinacional musical, para grabar con ella su primer disco.
Aciertan los tres guionistas al articular el filme en torno al romance entre el incauto y urbanita ejecutivo musical y la áspera hija del líder del grupo, una mujer de fuerte personalidad, madre soltera y que sabe un montón de música popular. Además de permitir el lucimiento como actores de Daniel Mays y Tuppence Middleton, los duelos verbales entre ellos y con otros personajes arrancan la sonrisa y hasta la carcajada, y de paso dan hondura a la lucha de valores morales que plantea este singular encuentro entre lo urbano y lo campestre, lo viejo y lo nuevo, lo que está de moda y lo perdurable. O sea, entre el individualismo hedonista y la solidaridad abierta a la trascendencia.
El televisivo Chris Foggin (Kids in Love) coreografía esas batallas con una ágil puesta en escena, las oxigena con bucólicos interludios en las bellas campiñas y costas córnicas, se preocupa de que tenga su momento de gloria cada uno de los excelentes actores secundarios y logra que las vibrantes salomas de los Fisherman’s Friends toquen la fibra sensible del espectador y hasta le arranquen una lagrimilla.
Jerónimo José Martín
@Jerojose2002