El Cobre. Barcelona (2006). 111 págs. 18 €. Traducción: Luis Cayo Pérez Bueno.
Admirado por Borges o Kafka pero despreciado por el “establishment” cultural de su época, adherido a una modernidad autocomplaciente y laica, el escritor francés Léon Bloy (1846-1917) fue un hombre extremado y doliente, visionario y atormentado, un profeta-escritor al modo de Blake. Nunca pudo ni quiso distinguir entre literatura, mística, exégesis bíblica, prédica moral y poesía de elevado lirismo y poderosas imágenes. Como un Nietzsche cristiano, Bloy censura en sus obras al ser humano adocenado, burgués y decadente de fines del siglo XIX y principios del XX, siempre en tono apocalíptico y haciendo gala de un talento muy especial para el vituperio (“especialista de la injuria”, lo llamó Borges).
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“En tinieblas” constituye su legado literario, pues murió un par de meses después de terminarlo: se trata de una suerte de dietario íntimo y apasionado que, con el rumor de fondo de la Gran Guerra, ahonda en el problema del dolor de la humanidad desde una perspectiva mística y teológica declarada. Bloy concibe la I Guerra Mundial como un castigo divino, y anuncia la inminencia de un apocalipsis mayor y definitivo.
Reflexiona sobre la misericordiosa mediación de Jesús y de María, o sobre el pasaje evangélico del ciego de nacimiento, y ciertamente algunos fragmentos podrían servir como verdaderos textos para la meditación. La piedad de Bloy es personalísima y mística, por eso arremete contra lo que juzga desviación y tibieza en las jerarquías eclesiales francesas, como lo hiciera Kierkegaard con la iglesia danesa.
Acaso a la sensibilidad de la crítica contemporánea le cueste mucho comprender y clasificar a una figura como la de Bloy. Su fuerte no es el fino análisis social o psicológico, ni la composición de tramas verosímiles y absorbentes, pero basta su intensidad conceptual y su poderío verbal, su lenguaje deslumbrante y contundente -no confundir con la ampulosidad retórica: en Bloy las convicciones profundas sustentan cada adjetivo- para acreditarle un lugar relevante en la historia de la literatura. Como cualquier autor de su naturaleza, Bloy puede llegar a abrumar, pero el lector que toma contacto con su escritura recibe un impacto estético de primer orden que contrasta violentamente con la superficialidad contemporánea.
Jorge Bustos TáulerACEPRENSA