Sé tú mismo… y piensa como yo

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Duración lectura: 7m. 58s.
Sé tú mismo / Be Yourself

Que una sociedad tenga entre sus ideales más altos la autenticidad es una excelente noticia. ¿Y cómo no iba a serlo si en el paquete van valores como la sinceridad, la coherencia o la independencia de criterio? Pero no es este el mensaje que suele llegar a quienes oyen hoy el consejo “sé tú mismo”.

La consigna está por todas partes: canciones, anuncios, vídeos de TikTok, realities, películas, eslóganes de camisetas… Y admite los más variados tonos. Inspirador: “Simplemente sé tú mismo y las personas adecuadas llegarán a tu vida”. Enfático: “Cree en ti mismo y serás imparable”. Amenazador: “Ni se te ocurra disminuir tu luz para que alguien más se sienta cómodo”. Responsable: “Sé tú mismo el cambio que quieres ver en el mundo”. Realista: “Sé tú misma. No importa lo que diga la gente. Incluso si fueras perfecta, te juzgarían”. Sincero: “Sé tú mismo, pero no tanto”…

La cultura popular invita incesantemente a los jóvenes a que sean ellos mismos, pero ¿hasta qué punto les concede luego libertad para definirse a sí mismos?

La pregunta hace pensar en una de las advertencias que hizo el crítico literario Lionel Trilling en su libro Sinceridad y autenticidad, publicado a principios de los 70, en plena época de cambio social: “El esfuerzo concertado de una cultura o de un sector de la cultura para lograr la autenticidad genera sus propias convenciones, sus generalizaciones, sus lugares comunes, sus máximas”.

Escucha a tu corazón

En la actualidad, las presiones vienen de varios frentes. En teoría, las redes sociales son un espacio perfecto para expresar la propia originalidad a través de opiniones, vídeos, poemas, stories o cualquier otra creación de cuño personal. Pero en la práctica abundan la imitación; los postureos de todos los colores (greenwashing, pinkwashing, wokewashing…); o los filtros y retoques de Instagram, que funcionan como máscaras del yo.

Otra forma de presión es el empeño por reducir la pregunta sobre la identidad –¿quiénes somos?– a la identidad sexual. En determinados medios de comunicación, hay una invitación permanente a definirse contra “lo normativo” y “lo binario”; esto es, a deconstruir la diferencia femenino-masculino y a abrazar la fluidez de género.

También es recurrente la insistencia con que los famosos animan a descubrir nuestra esencia apelando a los sentimientos como única guía, en vez de integrarlos junto a la inteligencia y la voluntad. “Cada uno de nosotros tiene (…) una canción del corazón que nos habla –explicaba Oprah Winfrey a una joven–. Y tu único trabajo es ser capaz de escucharla y de discernir cuándo habla aquella y cuándo hablan tu cabeza y tu personalidad. Si sigues eso, serás guiada al mayor bien para ti. Siempre”.

De la mano de esta versión emotivista del “sé tú mismo”, suele ir una disyuntiva tan irreal como innecesaria: de un lado están tus sueños, tu pasión, tu deseo de vivir la propia vida de un modo auténtico y excitante; del otro, la triste realidad de tus deberes cotidianos. El consejo sigue siendo de Winfrey: “La gente cree que su trabajo es levantarse cada mañana, salir y ganar dinero, cuidar a su familia y esas cosas. Pero esta es tu obligación. Tu verdadero trabajo como ser humano es descubrir quién eres y por qué estás aquí”.

Frente a esta falsa dicotomía, Erika Bachiochi invita a los jóvenes a perseguir sus sueños con la vista puesta tanto en las grandes cuestiones existenciales como en las pequeñas preguntas cotidianas: esas que nos revelan cuáles son nuestros deberes en lo concreto de cada día. Por ejemplo: “¿De quién o de qué soy responsable hoy? ¿Cómo puedo emplear bien mi tiempo? ¿Qué debo hacer en esta situación? ¿Cómo puedo tratar a esta persona con el amor y la dignidad que merece?”. Preguntas como estas nos ayudan a descubrir cuál es nuestra misión única en la vida.

El “sé tú mismo” contemporáneo convierte en verdad incontestable la idea de que todo en mí es valioso por el hecho de ser mío

Me basto y me sobro

Tal y como se concibe hoy día, el imperativo de ser uno mismo anda lejos del atractivo ideal que perfiló Charles Taylor en La ética de la autenticidad. El filósofo canadiense no veía incompatibilidad entre la fidelidad a sí mismo y la apertura a “horizontes de significado” que trascienden al yo, como “la historia, la tradición, la sociedad, la naturaleza o Dios”.

Pero ahora se lleva otra visión de la autenticidad. En su libro Tantos tontos tópicos, Aurelio Arteta lamenta que el consejo “sé tú mismo” haya llegado a significar algo tan distinto del clásico “Llega a ser el que eres”. Si la frase de Píndaro, el gran poeta lírico de la Grecia antigua, exhortaba a buscar la mejor versión de nosotros mismos a través del autoconocimiento y el ejercicio de las virtudes, el “sé tú mismo” contemporáneo –al menos, en su versión más difundida– convierte en verdad incontestable la idea de que todo en mí es valioso por el hecho de ser mío.

Así entendido, el “sé tú mismo” no solo dispensa a cada cual de la noble y exigente tarea de buscar el propio perfeccionamiento moral, sino que impone al resto la obligación de no cuestionar todo aquello que hoy se ve como una prolongación de la identidad: opiniones, valores, estilos de vida…

Es el corolario lógico de la premisa: si no tengo nada que mejorar ni que aprender de los demás, nadie tiene derecho a sugerirme cambios en mi forma de pensar y de actuar. Y en ese los demás están incluidos desde los padres, los profesores o los amigos hasta los grandes libros de la literatura y el pensamiento.

Esta mentalidad convierte el relativismo y el culto a la diversidad en valores civiles innegociables: nadie puede clamar que hay ideas o conductas mejores que otras; el solo hecho de afirmar que “yo lo veo así” o “yo lo siento así”, hace estimables mis puntos de vista. O como dice Arteta: “La retórica de la diferencia y de la diversidad culmina en el sinsentido de predicar que toda opción moral es igualmente valiosa porque solo la propia elección otorga valor”.

Obligados a ser auténticos

La paradoja es que, después de proclamar a los cuatro vientos que no hay opciones objetivamente mejores que otras, sino que es la decisión subjetiva de cada cual la que confiere significado y valor, la cultura popular apoya una visión de la autenticidad que entrega a los demás el poder de definirnos.

Como explica Joseph E. Davis glosando al sociólogo alemán Andreas Reckwitz, hoy no basta con ser personas corrientes; hay que sobresalir en algo y mostrar al mundo esas cualidades especiales que nos hacen diferentes, únicos. La “autenticidad performativa”, como la llama Reckwitz, es una obligación: todos debemos acreditar nuestra singularidad, si no queremos quedar relegados a la condición de parias.

Y la escenificación termina siendo agotadora. Entre otras cosas, porque exige un esfuerzo continuo de reinvención. “Como ocurre con las modas –explica Davis–, existe una presión hacia lo nuevo y lo novedoso; lo que era único un día, puede ser un lugar común al siguiente. Incluso si logras una buena actuación, debes ser flexible y estar preparado para reinventar tu diferencia. Siempre existe el peligro de pasar inadvertido”.

Además, el reconocimiento de la propia valía queda en manos de los demás: son los otros quienes me otorgan valor y los que me conceden el deseado estatus social de persona única. Por muy real que sea, la cualidad distintiva “solo cuenta como auténtica cuando es reconocida socialmente”.

La presión es fortísima, porque ser un tipo del montón es “señal de fracaso”. Y aunque Davis no lo plantea, cabe preguntarse si esta idea de la autenticidad puede estar contribuyendo al auge de los retos extremos en las redes sociales.

La felicidad de ser uno mismo

Con estas reglas de juego, no es difícil imaginar dónde queda la autoestima de tantos jóvenes. Y tampoco es extraño que muchos confiesen abiertamente que prefieren ser especiales a ser felices.

En las antípodas de este planteamiento, el psiquiatra Fernando Sarráis propone en Auténticos recorrer el camino inverso para ser felices: lograr “un mayor aprecio al juicio de sí mismo que al juicio de los demás”; renunciar “al ser ideal o perfecto” que nos hemos forjado o que otros han dispuesto por nosotros, y empezar a querer de forma incondicional al yo real, lo que no excluye el esfuerzo por cambiar lo que razonablemente se pueda cambiar. Aquí el yo sí busca una mejor versión de sí mismo, a través del cultivo del saber y de las virtudes, pero también aprende –como aconseja Sarráis– a aceptarse, a ver lo positivo de uno mismo y a no sentir vergüenza por quién es.

Planteamientos como este ayudan a reformular el ideal de la autenticidad en términos más saludables. Veremos más en el próximo artículo de la serie.

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