La población es el recurso por excelencia

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Duración lectura: 15m. 9s.

Julian Simon (1932-1998)
Julian L. Simon, profesor de Administración de Empresas en la Universidad de Maryland (Estados Unidos), falleció repentinamente el pasado 8 de febrero, cuando estaba a punto de cumplir 66 años. Dentro de sus investigaciones, sus estudios sobre población y recursos se han convertido en una referencia necesaria para la economía demográfica. Durante treinta años estuvo empeñado en replicar las tesis neomalthusianas sobre las amenazas de la “superpoblación”. Una semana antes de su muerte viajó a España para ser investido doctor honoris causa por la Universidad de Navarra. Con esta ocasión le hicimos la siguiente entrevista.

Simon recibió el doctorado honorífico en Pamplona el 31 de enero pasado, junto con el farmacólogo holandés Douwe Breimer y el Card. Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En esta entrevista, que nadie preveía que pudiera ser la última, Simon hace un repaso de sus investigaciones y celebra que, al fin, sus ideas -o más bien sus datos- sobre población y desarrollo empiecen a ser mayoritariamente aceptadas.

– Como economista de la población, usted estudia la relación entre volumen de población y recursos disponibles. ¿Cuál es esa relación?

– Desde hace doscientos años hay mucha más población, debido a una disminución espectacular de la mortalidad infantil, y con la población ha aumentado la producción de recursos naturales y la esperanza de vida. En definitiva, ha crecido el número de personas capaces de desarrollar conocimientos que permiten incrementar la producción de recursos, de modo que ha aumentado la productividad: por eso han subido también la esperanza y el nivel de vida de la población. En este sentido, me parece muy significativo que en los últimos cincuenta años la proporción de estudiantes de enseñanza superior respecto al total de la población, prácticamente se ha multiplicado por tres en todos los países del mundo, con todo lo que ello significa en términos de resolución de problemas por la aplicación racional de la ciencia y el conocimiento.

Respecto a la disponibilidad de los recursos naturales, no hay evidencia científica de que éstos sean limitados. Hay más recursos naturales disponibles que antes, como sabe todo economista experto en agricultura o en recursos. La medida de la escasez es el precio (esto es una regla básica de la economía), y los precios de todos los recursos naturales han bajado. En 1973, con la crisis del petróleo, la mayoría de los recursos subieron de precio, pero después han vuelto a bajar todos y están por debajo de los niveles anteriores. Al examinar los datos, es necesario estudiar periodos relativamente largos de tiempo; si nos contentamos únicamente con intervalos cortos, distorsionaremos la realidad, y nuestros análisis no serán fiables.

Estamos en una de las etapas más interesantes de la historia de la humanidad: una etapa que comenzó hace ciento cincuenta o doscientos años, y que se caracteriza por permitir que la gente disfrute de las ventajas del progreso. Mucha gente se pregunta: “todo eso está muy bien, pero ¿somos más felices?”. Aunque la cuestión excede los límites de mi especialidad, puedo afirmar que por lo menos podemos buscar la felicidad sin necesidad de preocuparnos de los recursos naturales ni del incremento de la población.

El problema puede ser no de cantidad sino de cómo utilizamos esos recursos. Probablemente usamos más de lo que necesitamos.

¿Optimista? No, realista

– Europa presenta los índices de natalidad más bajos del mundo. ¿Qué futuro económico puede esperar un continente envejecido? ¿Deben los gobernantes promover la natalidad?

– El futuro de un país o de una región no depende exclusivamente de la población que tenga: depende también de los demás países de su entorno y, ahora más que nunca, de la evolución de la población y de los conocimientos, como decíamos antes, en todo el mundo. Pero lo que parece evidente es que los países necesitan gente para ser económicamente activos, dinámicos, vibrantes. La población crea necesidades, y éstas mueven a desarrollar la economía: se construyen viviendas y colegios, se implantan empresas e industrias, etc.

Respecto a la labor de los gobiernos, creo que la libertad es la mejor política. No creo que se pueda convencer a la gente para tener más o menos hijos, ya que las familias deben decidir por sí mismas, y estoy convencido de que, a largo plazo, lo que ellas decidan será lo mejor. Creo en el buen juicio de las personas, que harán siempre lo mejor para ellas mismas y para sus familias. Los políticos lo han intentado todo en el pasado y no han tenido éxito. En la Italia de Mussolini se pretendía que hubiera más niños, y lo contrario en la India con Indira Ghandi -por poner dos ejemplos-, y ninguna de las dos políticas tuvo efectos importantes.

– Las advertencias contra la superpoblación han resultado ser catastrofistas. Ahora el problema demográfico parece ser el envejecimiento de la población. ¿Hay motivos para nuevos temores?

– Si bien es cierto que con más población joven la economía crecería más rápidamente, el envejecimiento no es causa suficiente para afirmar que haya crisis de población: ni para alimentarla, ni en lo que respecta al medio ambiente, ni en los recursos naturales para mantenerla dignamente.

Todos los indicadores del bienestar material humano muestran con el correr del tiempo una importante mejora. Yo me atrevo a retar a cualquier pesimista de renombre a que elija uno o varios de esos indicadores (calidad del agua, de la vivienda o del vestido, número de teléfonos, etc.), que elija también un año del futuro y un país del mundo, y me apuesto la nómina de la semana o del mes a que ese indicador presentará mejores datos que ahora. Esta mejora no será por causas naturales, sino por la evolución del trabajo humano: será por lo que hagamos nosotros. Puedo apostar que el bienestar humano será mejor en el futuro que ahora.

– ¿Tiene alguna apuesta en curso actualmente?

– No, nadie quiere apostar conmigo.

– ¿Es usted siempre tan optimista?

– No soy optimista, soy realista.

– ¿No cree que el envejecimiento de la población, por lo menos en Europa, puede colapsar el sistema público de protección social, como algunos temen?

– Otra de las premisas fundamentales de la economía es que los individuos y las sociedades se adaptan a las dificultades, y ahí radica la diferencia fundamental entre las ideas básicas de la verdadera economía y las teorías de Malthus y sus seguidores. El pensamiento malthusiano es pesimista precisamente porque ve al hombre superado por las dificultades, incapaz de encontrar soluciones. En la Europa actual, donde hay menos jóvenes y más ancianos, puede que la solución se encuentre en permitir la llegada de más inmigrantes de África o de América del Sur, por ejemplo. La historia de los seres humanos es, en definitiva, una historia de adaptaciones.

La emigración es beneficiosa

– Hablando de emigrantes: usted es conocido por su actitud positiva respecto a las consecuencias de la emigración. ¿Recomendaría una política de “puertas abiertas”?

– El término “puertas abiertas” es muy peligroso. Yo, en estos asuntos, hablo fundamentalmente de los Estados Unidos, donde con la llegada de más emigrantes ha mejorado la situación económica del país (1). No sabemos los efectos que pudiera tener una política de apertura total. Es un salto demasiado grande y no conocemos sus efectos, por lo que parece más sensato adoptar medidas de más corto alcance y esperar a analizar las consecuencias. Siempre tiene sentido experimentar poco a poco: otro millón de emigrantes para los próximos tres años, por ejemplo. Si no hay efectos negativos, otro millón más, y así sucesivamente, a pequeños saltos.

– Usted se refiere a Estados Unidos; pero ¿cuáles pueden ser las consecuencias para los países de origen de los emigrantes?

– También buenas, ya que los inmigrantes, además de enviar dinero a sus familias, regresan trayendo consigo ideas nuevas, iniciativas que revitalizan el panorama económico y social. Así ha sido a lo largo de toda la historia tanto en Europa en el pasado como, por ejemplo, en América Latina en la actualidad, donde son evidentes las ventajas que reporta la emigración. Se puede producir también un intercambio de ideas o de estudiantes y, en mi opinión, todos los intercambios son buenos para todos.

Siempre contra la corriente

– ¿Ha encontrado obstáculos para publicar y difundir sus investigaciones por parte de las corrientes neo-malthusianas?

– Los problemas no son ideológicos sino que radican, la mayoría de las veces, en el rechazo generalizado que provocan las ideas nuevas, los nuevos modos de pensar sobre ciertas cosas y las conclusiones que alteran el pensamiento tradicional. Siempre he tenido dificultades para publicar y difundir mis ideas con amplitud. Durante toda mi vida, y no sólo en temas de población. Aunque todavía me es difícil encontrar quien quiera publicar afirmaciones como las mías, creo que no tiene nada que ver con la ideología.

– Después de tanto predicar en el desierto, ¿ha visto algunos cambios en el pensamiento “oficial” respecto al crecimiento de la población?

– Sí, ha habido un gran cambio desde los años 80. Pero antes de nada, debo decir que no soy el único ni el primero en seguir esta línea. Actualmente, todo economista de la agricultura conoce los hechos y los datos, y está de acuerdo conmigo, y lo mismo puede decirse de los economistas expertos en recursos naturales. Respecto a los economistas de la población, ahora sí que existe consenso sobre el hecho de que un incremento de la población no afecta de modo negativo al crecimiento económico, aunque yo voy un poco más lejos, al afirmar que no sólo no es negativo sino que resulta positivo. A más población, mayor y mejor economía. Y en esto algunos no están de acuerdo.

En general, los economistas de estas materias estamos de acuerdo. Ahora yo pertenezco a la mayoría.

El desarrollo mejora el medio ambiente

– Últimamente se dice que el agua es uno de los recursos que más van a escasear en el futuro…

– El precio del agua ha bajado, aquí como en todas las ciudades del mundo. ¿Cuál era el precio del agua en España hace doscientos años? Seguro que mucho más alto que ahora. Entonces la gente, para comprar agua, tenía que acudir al hombre que la repartía con una mula, y pagar por ella mucho más, mientras que ahora disponemos de canalizaciones que, además de hacer mucho más cómodo el consumo, suponen una fuerte reducción del precio. Para cada necesidad que surge en el mundo, hay suficiente agua disponible. El 90% del agua que se utiliza en el mundo corresponde a la agricultura, donde en realidad no se necesita tanta y se malgasta porque es barata. Si realmente fuese escasa, bastaría con subir el precio y se racionalizaría el consumo, que se adaptaría a la cantidad disponible.

Considerando los hechos a largo plazo y desde el punto de vista de la economía de la población, no hay ningún problema con el agua. Y lo mismo podría decirse para los países en desarrollo.

– Usted también afirma que hoy el medio ambiente está más limpio. Esto es cierto para los países desarrollados, pero ¿qué pasa con los países en desarrollo? Quizás nosotros estamos más limpios porque ellos están más sucios.

– No. Ellos están más sucios porque son más pobres, porque están menos desarrollados. Hay que poner soluciones a los problemas y actuar sobre los verdaderos males, sin desviar la atención a lo que en realidad son consecuencias y no causas. Habrá que luchar para lograr el desarrollo económico de los países pobres, y a continuación -y como consecuencia-, mejorará la calidad de vida, incluida la limpieza del medio ambiente. Actualmente, los países en desarrollo acceden a que se instalen en su territorio industrias de capital extranjero altamente contaminantes, que no cumplen las leyes de protección ambiental de sus países de origen. Pero, con el crecimiento económico y la superación de la pobreza, los países del Tercer Mundo no necesitarían “venderse tan barato”, al mismo tiempo que se destinaría más dinero para desarrollar modos de producción no contaminantes.

– ¿Qué supone para usted recibir el doctorado honoris causa por la Universidad de Navarra?

– Es un gran honor recibir esta distinción por parte de la Universidad de Navarra. Significa para mí que en el mundo hay gente que no tiene miedo de examinar los hechos y los datos, ya que, en economía de la población, éstos son lo más importante y, desgraciadamente, hay mucha gente que no los tiene en cuenta en sus análisis. Significa también que aquí hay gente que abre los brazos a los que no tenemos miedo a la verdad. En muchos lugares no es ese el caso: se tiene miedo a examinar los datos y no se reciben de buena gana las conclusiones que éstos aportan. La ciencia y los valores se ponen de acuerdo en esta Universidad, y eso es fundamental.

Enrique Abad MartínezEl reto a los neomalthusianos

Antes de estudiar el crecimiento demográfico en el planeta, Julian Simon se ocupó de la “superpoblación” en los aviones. Hasta que él tuvo la idea, nadie sabía cómo resolver el problema del overbooking (admitir más reservas que plazas disponibles para prevenirse contra las anulaciones o ausencias). Si se presentaban todos los pasajeros, las líneas aéreas simplemente dejaban en tierra a algunos, escogidos según criterios oscuros o al azar: sistema, desde luego, conflictivo y poco justo. Simon ideó una solución transparente: ofrecer una compensación a los que voluntariamente renunciaran a embarcar. Su método, adoptado desde 1978 por todas las líneas aéreas estadounidenses, se extendió luego a los hoteles.

“La gente no es tonta”: así se podría enunciar la convicción básica que inspiró a Simon su solución al overbooking y sus estudios sobre población, recursos y medio ambiente. Si se les da oportunidad, los pasajeros escogerán lo que más les convenga. De modo análogo, la población no se multiplica para su propio perjuicio. La gente no gasta recursos limitados: crea recursos con su inteligencia y su trabajo. Las personas son el recurso por excelencia, como reza el título de la obra más famosa de Simon, The Ultimate Resource (1981), traducida a cinco idiomas -el español entre ellos (2)-, de la que en 1996 publicó una edición actualizada, llamada The Ultimate Resource 2.

Simon -judío, nacido en 1932, casado y con tres hijos- no siempre pensó así. Al principio creía lo que parece dictar el sentido común: lo que se gasta, se acaba. Si cambió de idea, fue porque examinó los datos. Vio que los recursos naturales crecían con la población, que la productividad aumentaba cuando había más gente, que el desarrollo traído por las nuevas cabezas en funcionamiento mejoraba el medio ambiente. La afición de Simon a los datos alcanzó quizá su expresión suprema en la obra, dirigida por él, The State of Humanity (1995), con 700 páginas llenas de números.

Este amor al dato le sirvió para ganar algún dinero suplementario. En 1980 retó al célebre neomalthusiano Paul Ehrlich a que escogiera cinco recursos naturales que, según él, se harían más escasos en un plazo de diez años. La prueba de la abundancia es el precio: el que perdiera pagaría al otro la diferencia entre la suma apostada (mil dólares) y el cambio de precios entre el principio y el final del periodo. De 1980 a 1990, la población mundial creció en 800 millones, y los precios de los recursos elegidos por Ehrlich bajaron alrededor del 50%. Así que Ehrlich tuvo que enviar a Simon un cheque por valor de 576 dólares (ver servicio 20/96, pp. 3-4).

En su vida profesional, Simon aplicó la capacidad de inventiva que él atribuía a todo el mundo en general. Estudió psicología en Harvard y economía en la Universidad de Chicago. Entre medias, fue durante tres años (1953-56) oficial de la Armada, destinado primero en un destructor y luego en una base de marines. En 1961 fundó y dirigió una empresa de venta por correo y publicidad, a la que dedicó dos años, antes de iniciar su definitiva carrera académica, como profesor de administración de empresas, en las Universidades de Illinois (1969-83) y Maryland (de 1983 hasta su muerte).

Su producción es muy abundante, compuesta sobre todo de libros y estudios técnicos: The Economics of Population Growth (1977), Population and Economic Growth Theory (1986), Population and Development in Poor Countries (1992) y otros.

Se puede ver una descripción de su trayectoria intelectual en el servicio 42/97 (“La cruzada de Julian Simon contra el pesimismo malthusiano”), y otras informaciones en el sitio de Aceprensa en Internet, sección “Listo para usar” (http://www.aceprensa.com).

ACEPRENSA_________________________(1) Ver un estudio de Simon al respecto en el servicio 20/96: “EE.UU.: los inmigrantes benefician a la economía”.(2) El último recurso, Dossat, Madrid (1987).

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