Pacificar Estados Unidos

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Duración lectura: 3m. 18s.

Contrapunto

Las tropas norteamericanas desplazadas a Somalia intentan sin gran éxito desarmar a los clanes locales. Al tener las primeras bajas, han surgido ya voces que piden la retirada. ¿Por qué tendrían que dejarse matar allí los jóvenes americanos? Si vuelven a casa, podrían dedicarse a pacificar el frente doméstico, donde la violencia callejera se está cobrando un creciente número de víctimas. También en Estados Unidos hay cada vez más ciudadanos armados. Pero a medida que crece el arsenal de armas distribuido entre la población norteamericana -200 millones de fusiles, 70 millones de pistolas-, aumenta también la violencia.

Con 25.000 homicidios al año, Estados Unidos ostenta el récord de violencia en el mundo occidental. La muerte por arma de fuego es hoy la principal causa de mortalidad entre los jóvenes de 15 a 24 años. Hasta el punto de que un negro de esta edad tiene más probabilidades de ser matado que un soldado americano durante la guerra de Vietnam. “De cada diez asesinatos de jóvenes en los países industrializados, nueve tienen lugar en Estados Unidos”, asegura el último informe de UNICEF. Y el mayor crecimiento del crimen se está dando entre los jóvenes: los asesinatos cometidos por los de 14 a 17 años han crecido un 124% desde 1986 a 1991.

Esta explosión de violencia juvenil tiene sin duda causas complejas (droga, pobreza, desesperanza…). Lo que está claro es que el hecho de poder adquirir un arma sin apenas control proporciona la ocasión de descargar fácilmente esa agresividad.

Hasta ahora, los intentos de establecer controles más estrictos se han estrellado contra una tradición inconmovible pese a todos los cambios de la modernidad. Llevar armas, dicen sus partidarios, no es más que un derecho reconocido en el artículo 2 de la Constitución, un derecho tan sacrosanto como la libertad de expresión o la búsqueda de la felicidad. Esta es la tesis de la National Rifle Association (NRA), que con 2,5 millones de miembros es un lobby temido por todos los políticos.

Pero algo está empezando a cambiar en una opinión pública conmocionada por la tragedia de Waco, los asesinatos de turistas en Florida y las repetidas muertes de niños por balas perdidas en tiroteos entre bandas rivales. En Virginia, Connecticut, Minnesota y Colorado se han aprobado este año leyes sobre control de armas. Una encuesta Harris de este verano mostró que, por primera vez, una mayoría de americanos (52 contra 43 por ciento) estaba a favor del control en la venta de armas. Y el presidente Clinton ha abogado ante el Congreso en favor de leyes que supondrían controles más estrictos: un plazo de espera en la compra de armas, elevar la edad para su posesión, prohibición de armas de asalto.

La NRA replica que a este paso sólo el ciudadano honrado estará indefenso ante unos criminales armados hasta los dientes. Pero la realidad es que la carrera de armamentos se está revelando contraproducente. La misma libertad que se invoca para utilizar el arma como defensa es la que favorece que el criminal, el loco o el inconsciente den gusto al gatillo. ¿Será una casualidad que en otros países industrializados, que sufren también agudos problemas sociales pero donde hay control de armas, no exista tal nivel de violencia?

Para luchar contra el crimen, a algunos no se les ocurre otra receta que ampliar los delitos castigados con la pena de muerte. Pero muchos criminólogos advierten que esto sólo sirve como castigo, no como disuasión. Lo más disuasorio es que quien puede sentir la tentación de matar no tenga fácilmente un arma a su alcance. Mientras no se supere esta cultura de la violencia, hasta un marine puede correr más riesgos en algunos barrios de Los Ángeles o de Miami que en Mogadiscio.

Ignacio Aréchaga

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