Las remesas de inmigrantes reducen la pobreza en los países de origen

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Duración lectura: 2m. 15s.

La transferencia de fondos de los emigrantes constituyen una fuente de capital muy importante para sus países de origen, según el análisis que hace el informe de la OCDE “Perspectivas de las migraciones internacionales”. En 2002, las remesas de emigrantes hacia los países en desarrollo suponían 149.400 millones de dólares. Y, según un estudio del Banco Mundial con estimaciones más recientes, en 2005 habrían llegado ya a los 225.000 millones de dólares (ver Aceprensa 124/05).

Comparados con otros movimientos de capitales hacia los países en desarrollo, las remesas de emigrantes no alcanzan el volumen de las inversiones directas (equivalen al 83,7% de ellas), pero triplican la ayuda pública al desarrollo. Además, constituyen una fuente de capital muy estable, que a diferencia de otras no depende de la coyuntura y que sigue aumentando.

¿Hacia dónde se dirigen estas transferencias de fondos? En 2002, Asia se llevaba la parte del león con el 44% de las transferencias anuales, cosa que no es sorprendente ya que Asia es el continente más poblado y el que tiene una diáspora más numerosa. A continuación viene Latinoamérica con un 21%, seguida de Europa del Este con el 15%, y África y Oriente Medio con un 10% cada uno.

Cuanto más débil es la economía del país de origen y mayor la emigración, más importancia adquieren las remesas de emigrantes en porcentaje del PIB nacional. Puede ser más del 35% en Gaza y Cisjordania, casi el 15% en Nicaragua y en El Salvador y cerca del 10% en Filipinas.

Es claro que las remesas de los emigrantes contribuyen a mejorar el bienestar de sus familiares que han quedado en el país natal, y son una importante fuente de renta para familias de nivel de ingresos bajo o medio. En cambio, es menos clara la repercusión de estas transferencias en el desarrollo del país. Por una parte tienen efectos directos sobre las economías de estos países (reducción de la pobreza, compensación del déficit de la balanza de pagos, aumento de la disponibilidad de divisas…); además, suponen efectos indirectos positivos, pues desbloquean otros ingresos para inversiones y tienen un efecto multiplicador sobre los gastos de consumo.

Pero las transferencias pueden tener también efectos negativos. Si crean una demanda superior a la capacidad de respuesta de esa economía, pueden tener un efecto inflacionista.

En Egipto, por ejemplo, el precio de los terrenos agrícolas se ha disparado. Las transferencias pueden también estimular la emigración de personas valiosas en edad activa y crear una dependencia en los beneficiarios que se acostumbran a disponer de ese dinero.

ACEPRENSA