Las bancarrotas de la codicia

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Duración lectura: 7m. 23s.

Aunque no aparece en la extensa e importante encíclica de Benedicto XVI, Caritas in veritate, el mismo Papa trató no hace mucho un tema crucial: la codicia, raíz de eso que Juan Pablo II llamó “economicismo”, que es la versión actual de la adoración al becerro de oro.

En la Audiencia General del 22 de abril de este año, Benedicto XVI se refirió a un autor del siglo VIII, San Ambrosio Autperto, hoy poco conocido, pero figura muy relevante en su tiempo, entre otras razones porque fue uno de los educadores de Carlomagno. Autperto -dijo Benedicto XVI-, “observando la ambición de poder de los ricos y de los poderosos en la sociedad de su tiempo, siente el deber de componer precisamente para los monjes un tratado titulado De cupiditate, en el que con el Apóstol Pablo, denuncia ‘la codicia como la raíz de todos los males’”. El Papa añadió: “A la luz de la actual crisis económica esto revela toda su actualidad; de esta raíz, de la codicia, ha nacido esta crisis”.

Esta crisis económica y social es consecuencia, en Occidente -no en el sentido de una causa única pero sí en el de una influencia decisiva-, de haberse estado durante mucho tiempo sosteniendo el “no te prives de nada”. El famoso “enrichissez-vous” (enriqueceos) que Guizot lanzó en tiempos de Luis Felipe a los aspirantes a burgueses es ahora una consigna general.

Entrampados

No hace falta mucha incitación para que el común mortal se comporte de ese modo, porque “lo quiere todo y lo quiere ya”. Desde muy antiguo se comenta lo de “tanto tienes tanto vales” porque, testigo Quevedo, “poderoso caballero es don dinero”. Virgilio, en la Eneida habla de “auri sacra fames”, de un hambre sagrada de oro; “sagrada” porque el tener más se convierte en una especie de religión terrena.

Pero si, además, esa tendencia natural al disfrute con codicia estaba favorecida por un precio barato del dinero, se explica todo, o casi. Es fácil de gastar el dinero obtenido con un crédito, pero llega antes de que se piense el momento en el que hay que devolverlo, con los intereses. El lenguaje coloquial tiene una expresión certera, aunque ahora poco usada, para este vivir del crédito: entramparse, porque es, en efecto, en muchos casos, caer en una trampa, sobre todo si son créditos para el consumo y no como inversión en empresas productoras de riquezas.

Como esa crisis se ha dado en una economía de mercado, será el mercado el que, imponiendo ahora duras condiciones (quiebras, restricción de los créditos, descenso del consumo, desempleo, deflación) inicie una lenta etapa de recuperación. Pero es probable que cuando la recuperación sea tangible se olvide aquella otra variable (que en realidad es casi una constante humana), la codicia.

Raíz de la codicia

Codicia viene del verbo cupio, desear, a través del bajo latín cupiditas. La codicia es el apetito fuerte e incontrolado de bienes de todo tipo, pero especialmente económicos, porque, como decía Groucho Marx, “hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero, pero cuestan mucho”. Cuando se desea de ese modo codicioso, apuntaba ya Aristóteles, “se concede más atención al lucro que a la infamia”, lo que trae consigo que el sujeto se preste a la infamia, con tal de obtener un lucro: y eso es lo que sucede en los numerosos casos de corrupción; de políticos, por ejemplo.

El objeto principal de la codicia es el dinero, que es deseado a la vez ardientemente y de un modo instrumental. Salvo casos patológicos, no se quiere el dinero por el dinero, pero se lo desea con ardor porque con él se puede comprar casi todo. No tiene nada de extraño que Shakespeare lo llamara, en el Timón de Atenas, “prostituta común de todo el género humano”.

Elogio de la moderación

¿Se ha pensado en la posibilidad de alimentar a la opinión pública, por parte de los comunicadores, de políticos, y, en general, de líderes sociales con valores tales como la austeridad, la moderación, el ahorro, todos perfectamente compatibles con la generosidad, la inventiva y el espíritu de empresa? La moderación tiene todo que ver con la templanza, que es un temple del ánimo, un equilibrado estado del alma que permite las grandes acciones, como el acero bien templado.

La moderación, al no caer en el error de una intensidad unívoca, permite al ser humano prestar atención a más aspectos de la realidad, a más frentes y a una mayor variedad. Moderado no es quien solo se atreve a poco, sino quien se atreve a lo conveniente en muchos campos. Es la inmoderación la que da paso a la adicción y la adicción es unívoca, absorbente y exclusiva.

Educar, desde la infancia, en la moderación, es una tarea que compensa, pero, como condición indispensable, los padres han de dar ejemplos concretos, de esos que entran por los ojos. Educar en la moderación es enseñar que de muchas cosas de las que se desean (casi siempre por mimetismo social) se puede perfectamente prescindir, porque no son necesarias. La vida es bella, alegre y plena sin todo eso. Es más, las cosas poseídas, cuando se acumulan, son un lastre.

Común en todas las culturas

Esta enseñanza de la moderación se ha dado en todas las grandes culturas clásicas. En la antigua sabiduría india, brahmacarya, con múltiples derivaciones, implica sobre todo moderación, dominio de sí mismo, continencia. Confucio escribió que “difícilmente yerra un hombre por exceso de moderación”. La enseñanza básica de Buda es que no se puede evitar el sufrimiento si no hay un continuo y detallado despego de los bienes de este mundo. Por eso, dicho sea de paso, las “conversiones” de algunos occidentales al budismo suelen ser episódicas y frívolas.

Desde al menos Solón de Atenas (siglos VII-VI a. C.) se oye en Grecia “nada en demasía”, que recogerán Platón y Aristóteles y pasará, en el helenismo, a la cultura romana: ne nimis.

En la tradición musulmana hay una amplia literatura que considera la wasatiya -moderación, justo medio- esencial en el islam y un camino posible para resolver antiguos pleitos de enfrentamientos y mal entendidas guerras santas.

La Biblia abunda en consejos sobre la moderación y los cristianos unen a esa tradición la de la cultura greco-romana, en esto coincidente. En un célebre texto de la Epístola a los Gálatas (5, 23), San Pablo enumera los frutos del Espíritu Santo: caridad, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe mansedumbre, continencia. La palabra “continencia” o “templanza” se traduce del griego enkrateia que significa dominio propio. Deriva de egkratés, fuerte en una cosa.

Los vicios privados son vicios públicos

Mandeville se equivocaba cuando desde el título de La fábula de las abejas (1715) afirmaba que los vicios privados dan origen a beneficios públicos. Los vicios engendran vicios, en un proceso de degeneración -de corrupción- cuya dialéctica es ya bien conocida. Pero hay más: los vicios privados de los de los líderes sociales dan origen a una ejemplaridad negativa.

La creciente desconfianza de la mayoría de la gente en la clase política -que se expresa, entre otros fenómenos, en el alto índice de abstención electoral- ha nacido de la observación de no pocos casos en la que los teóricamente servidores públicos se han servido de lo público para su disfrute privado, obteniendo ilegales beneficios económicos.

Por otra parte, esos políticos podrían objetar cínicamente que no hacen más, como es su obligación, que representar al pueblo, pues en el pueblo está muy extendida la idea de que no hay inconveniente en quedarse con lo ajeno, si se puede hacer de modo impune.

Las derivaciones de la codicia son innumerables. Se haría mal en no tenerla en cuenta en las previsiones económicas y políticas simplemente porque es una categoría moral. Precisamente una de las líneas fundamentales de Caritas in veritate es la no separación entre economía y ética: “Responder a las exigencias morales más profundas de la persona tiene también importantes efectos beneficiosos en el plano económico. En efecto, la economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona” (n.45).