La guerra justa, antes y ahora

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Duración lectura: 3m. 51s.

Contrapunto

En 2003, Kofi Annan, secretario general de la ONU, encargó a dieciséis personalidades de cuatro continentes (en su mayoría políticos o diplomáticos) un estudio sobre seguridad mundial. Los peligros -los de siempre y otros nuevos- se han “globalizado” y exigen de la comunidad internacional respuestas en consonancia. Los conflictos lejanos ya no lo son tanto en este mundo interconectado; el terrorismo y la delincuencia organizada cruzan las fronteras; las rivalidades étnicas se contagian a los países vecinos; adquirir arsenal nuclear está al alcance de más naciones. El así llamado “Grupo de Alto Nivel sobre las amenazas, los desafíos y el cambio” acaba de publicar su informe, titulado “Un mundo más seguro: la responsabilidad que compartimos”.

Entre las cuestiones candentes que hubo de examinar el Grupo se encuentra, naturalmente, la doctrina de la “guerra preventiva”, que fue motivo de hondas divisiones en la ONU cuando Estados Unidos y Gran Bretaña preparaban el ataque a Irak. Para tomar decisiones correctas en lo sucesivo, el Grupo propone cinco “criterios básicos” que el Consejo de Seguridad debería tener siempre en cuenta antes de aprobar el uso de la fuerza militar. El primero es la “gravedad de la amenaza”, que ha de ser suficientemente clara para justificar la respuesta bélica. El segundo es el “propósito correcto”: el “objetivo primordial” de la acción militar ha de ser “poner fin a la amenaza o evitarla”, con independencia de cualesquiera otros motivos que entren en juego. Tercero, el empleo de la fuerza tiene que ser el “último recurso”, una vez agotados todos los medios pacíficos. Cuarto, “proporcionalidad de los medios”, que deben ser los mínimos necesarios para alcanzar el objetivo legítimo. Por último, es preciso calcular el “balance de las consecuencias”, para asegurarse de que el recurso a la fuerza no traerá males mayores.

A menudo es difícil aplicar principios a las situaciones concretas, y llegado el caso, el Consejo de Seguridad puede no lograr la unanimidad aunque tenga en cuenta lo que el Grupo plantea. Pero es obligado admirar la luminosidad de esos cinco criterios y felicitar a los miembros del Grupo por su perspicacia y lucidez ética.

A la vez, resulta palmario que estos expertos no han llegado con sus reflexiones más lejos que Cicerón, san Agustín, santo Tomás de Aquino, Francisco de Vitoria y Hugo Grocio. Los criterios propuestos coinciden con los clásicos requisitos para iniciar una guerra justa, según la doctrina elaborada a lo largo de diecisiete siglos, como se puede ver, entre otros lugares, en el “Catecismo de la Iglesia católica” (n. 2.309).

Requisitos clásicos

Las cláusulas de “gravedad de la amenaza”, “último recurso” y “proporcionalidad de los medios” concuerdan a la letra con principios de los autores antiguos. El “balance de las consecuencias” se reduce a una de las condiciones que señala, por ejemplo, Grocio en “De iure belli ac pacis” (1625): la razonable probabilidad de éxito, pues una derrota militar sería un mal mayor. Con el segundo criterio, el Grupo afina mucho, pero no más que el de Aquino: el “propósito correcto” es lo que en la “Suma teológica” (II-II, q. 40, a. 1, c.) se llama “recta intención”, exigencia que santo Tomás incluye apoyándose en san Agustín (“Contra Faustum” XXII, cap. LXX). En fin, el informe no indica expresamente otro de los requisitos tradicionales: que la guerra sea declarada por la autoridad legítima; pero está implícito en cuanto que los cinco criterios son para que el Consejo de Seguridad decida si debe aprobar el uso de la fuerza.

Nada nuevo, pues. Pero no por ello se ha de quitar mérito al informe, pues lo acertado no pierde validez si es viejo, ni la verdad se hace superflua por reiterarla. Y si acaso los expertos repitieran ideas antiguas sin darse cuenta, enhorabuena por mostrar que unas mentes del siglo XXI llegan, al reflexionar sobre la guerra, a las mismas conclusiones que muy ilustres predecesores. Del medievo acá el mundo ha sufrido cambios drásticos, la guerra no es como entonces; pero los principios morales no están sujetos a vicisitudes. También la biotecnología actual permite posibilidades otrora insospechadas para obrar sobre la vida humana, y a veces, como fascinados por la novedad, tomamos lo factible por permisible, lo justificamos por el fin sin atender a los procedimientos. Haríamos bien en repasar añosos tratados y aprender algo sobre la “causa justa”, los “medios proporcionados”, el “último recurso” y la “recta intención”.

Rafael Serrano

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