La eficacia social del tercer sector

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Duración lectura: 2m. 32s.

Quizás porque la economía va bien, el tercer sector está registrando un crecimiento sin precedentes en Estados Unidos. Esta es una de las conclusiones del Foundation Center de dicho país en un informe, que The Wall Street Journal (29 febrero 2000) comenta en un editorial.

La bonanza económica, señala el editorial, puede explicar que las donaciones aumentaran un 22% en 1998, último año con datos de dicho estudio. Pero las entidades sin fin de lucro registran otro notable incremento que no depende directamente del dinero: el de voluntarios, que en los últimos veinte años se han multiplicado por dos.

¿Supone esto que las entidades no lucrativas están ocupando el lugar que corresponde al sector público? ¿Que están desempeñando un cometido no deseado ante la incapacidad de la Administración? En opinión del citado diario, “la fuerte expansión del sector no lucrativo no es una abdicación de la responsabilidad de la comunidad, sino una reivindación de la forma americana de asumirla”. En apoyo de esta tesis, el editorial cita al experto en management Peter Drucker, para quien el crecimiento del tercer sector anuncia una nueva política social, basada en reconocer que el voluntariado es “la vanguardia con que cuenta el país para atacar los problemas sociales”.

Cerca de 1,2 millones de organizaciones no lucrativas trabajan en Estados Unidos. Algunas, según el Wall Street Journal, superan en activos a muchas multinacionales. Otras apenas cuentan con recursos. Pero todas, según el diario, “hacen su trabajo mejor que los correspondientes organismos estatales y todas cuentan con el espíritu del voluntariado americano, que no tiene parangón”.

En todo este panorama tienen especial relevancia las organizaciones de raíz religiosa. Así lo reconocen los candidatos a la presidencia Al Gore y George Bush: los dos hablan a menudo de que es preciso contar expresamente con las “instituciones inspiradas en la fe” para afrontar los problemas sociales. Lo cual, dice el diario, “es una muestra no tanto de fervor religioso como de sentido común”. En efecto: “¿Quién tiene más probabilidades de sacar a un chico de la marginalidad: la escuela pública o las escuelas parroquiales del Cardenal O’Connor? ¿Quién puede ayudar mejor a los nuevos inmigrantes rusos para que aprendan inglés: el ayuntamiento o la Sociedad de Ayuda a los Inmigrantes Hebreos?”.

Sin embargo, como señala el Foundation Center, las principales fundaciones -dependientes de empresas o grandes fortunas- “solo dedican el 2% de sus donaciones a organizaciones religiosas, mientras que los particulares dan el 44% de sus donativos a organizaciones religiosas”. Un dato que hace pensar sobre quién confía en quién cuando se trata de solidaridad.

Concluye el editorial: “Las fundaciones privadas nunca podrán resolver todos los problemas del país. Pero la comparación entre los logros del Estado y los de las organizaciones sin fin de lucro muestra que la transferencia de funciones sociales del sector público al no lucrativo debería ser fomentada, no simplemente tolerada”.

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