La desmitificación de las estrellas

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

En las campañas políticas, la costumbre de cambiar la imagen de los candidatos lleva a preguntarse qué credibilidad puede tener una persona cuya imagen no se ajusta a la realidad. Si llegara a aplicarse la medida propuesta en Francia, afectaría a las fotografías de prensa, las campañas políticas, las imágenes artísticas y las fotos de envases y anuncios publicitarios. A lo que no llega la propuesta francesa es al autoengaño. Muchos ciudadanos -ingleses principalmente, según informa Judith Mascó en su artículo “Obsesionados por la perfección”-, piden en las tiendas de revelado que hagan retoques estéticos en sus fotografías.

Es un engaño tan absurdo como el que reconocemos que sufre el protagonista de la película Lars y una chica de verdad, quien trata a una muñeca como si fuera una persona real. Su propia familia y el pueblo donde reside, alentados por una doctora, deciden curar el delirio siguiéndole la corriente. En nuestro caso, parece que si toda la sociedad acepta que convivimos con imágenes irreales, es menos enfermizo. Pero es muy significativa la explicación de la falta de madurez del protagonista que le ha llevado al punto de confundir realidad con ficción, y que se deja entrever en el siguiente diálogo: “¿Cómo supiste que eras adulto?”-pregunta Lars-, a lo que contesta su hermano: “Creces cuando decides hacer lo que es correcto para todos -no para ti-, incluso aunque duela”. Se plantea “lo correcto”como aceptarse a uno mismo.

Bellezas con defectos

Como reacción a la perfección fingida, la prensa y la televisión rosa han hecho un hueco a la desmitificación de las estrellas. Desde la pionera revista Cuore, con un primer número que titulaba en portada “Bisturí que te vi. Las famosas que más se han gastado en reformas” (para comparar el antes y el después de las actrices que pasaron por quirófano), hasta el pionero ¡Qué me dices! (1) (primero programa televisivo y hoy revista), donde se retratan in fraganti los granos, los bostezos, los kilos de más y las frases sin sentido.

La explicación que da a esta tendencia el profesor de Sociología de la moda en el Centro Universitario Villanueva, Miguel Ángel Martín Cárdaba, no se centra exclusivamente en que necesitemos hacer humanos a los famosos, ya que “hay otras publicaciones como Hola que muestran que también necesitamos divinizar a los famosos”.

Para él, las nombradas Cuore y ¡Qué me dices! gustan tanto porque son más eficaces que muchos psicólogos. “Descubrir que la belleza que aparece en las revistas, y que supuestamente pertenece sólo a unos pocos elegidos, no es real, disminuye nuestra propia frustración y nos hace sentir mejor”. Este efecto terapéutico también repercute en los hombres, “ya que les facilita la tarea de aceptar la celulitis y demás defectos físicos de su pareja. Es decir, la distancia entre su pareja y las bellezas que él admira en los medios se reduce y por lo tanto se siente más afortunado -o menos desafortunado-.”

Y ahora que sabemos que todo es un juego, ¿por qué seguimos queriendo imitar a los famosos? “Los famosos forman un colectivo al que muchísima gente les gustaría pertenecer. Es lo que se llama técnicamente imitación de conductas del grupo de referencia. El único modo que los seres humanos tienen de hacerlo, es por semejanza e imitación de sus conductas”, añade el profesor. Aunque en el día a día casi nadie reconocería que nos influyen tanto los famosos, lo cierto es que los peluqueros están hartos de que pidamos el corte de nuestra actriz favorita.

Quizá nos consolamos con pensar que son hechos aislados, inofensivos, cuando de fondo surge la pregunta ¿imitar a otros es lo que nos hace sentir verdaderos? La virtual Simone cantaba a su público el estribillo de Aretha Franklin “me haces sentir como una mujer de verdad”. Quizá ahí está el dilema: qué es o qué queremos que nos reconozca como persona, nuestra apariencia o lo que verdaderamente somos. Su director, encarnado por Al Pacino, acaba diciendo: “Quería reconocimiento. Quería ser apreciado. Por eso creé a Simone”.

Querer disfrazarse de otro tendría los mismos efectos que pensar que un actor virtual puede quitarle el puesto a uno real: la magia del “intercambio real entre audiencia y actor” no se puede sustituir por nada artificial. Si dicen que los creadores de animación en 3D son actores frustrados, algo parecido podemos concluir cuando queremos ser como se muestran en algunos medios los personajes de moda. Pues la última esperanza para la persona es decir algo de sí misma.

_____________________________

NOTAS

(1) “Del posado con ‘glamour’ al michelín”. Carmen Pérez-Lanzac, El País.com. (26-10-2009).

newsletter
cabecera_aceprensa

Reciba semanalmente por correo electrónico nuestros titulares