La cultura del engaño, al descubierto

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Análisis

La honradez parece estar de moda en la campaña para las elecciones presidenciales de EE.UU., mientras los equipos de los candidatos intercambian acusaciones sobre la experiencia del senador Kerry en Vietnam y sobre el limitado servicio militar de Bush.

Pero a pesar del tono encendido de la propaganda producida por los partidos políticos, la verdadera crisis de honradez de la sociedad norteamericana no se concentra en el parlamento, sino que está presente también en hogares y oficinas de todo el país.

Al menos, este es el mensaje del nuevo libro de Daniel Callahan, “The Cheating Culture: Why More Americans Are Doing Wrong to Get Ahead” (Harcourt). Callahan, un liberal al estilo John Kerry, argumenta que sus conciudadanos han perdido el norte moral y necesitan volver a los sólidos valores de la clase media que caracterizaron el modo de dirigir los negocios en los años cincuenta.

Mientras que otros progresistas norteamericanos han puesto el grito en el cielo a propósito de la política exterior, las tasas de interés, la sanidad y la seguridad social, Callahan se quejaba en un artículo reciente de “los crecientes problemas éticos de la sociedad norteamericana”.

“Los últimos escándalos empresariales sólo se mencionan muy de vez en cuando durante la campaña”, escribe Callahan. “Tampoco se ha hablado de que los estudiantes de secundaria y los universitarios hacen cada vez más trampas; ni de los clamorosos casos de dopaje en el mundo del deporte; ni de la evasión fiscal, que ha crecido más del doble en la última década; ni del deplorable estado de la ética en muchas profesiones como la medicina, el derecho o el periodismo”.

Por todas partes

“The Cheating Culture” (“La cultura del engaño”) es una especie de catálogo de comportamientos inmorales en la vida profesional. Callahan admite que no puede demostrar que ahora se hagan más trampas que antes, pero al igual que otros siente que el engaño impregna la estructura de la sociedad americana.

“La trampa está por todas partes -escribe-. Continuamente, americanos que serían incapaces de robar un paquete de chicles en una tienda, cometen fraude en el pago de impuestos, engañan a inversores, estafan a su compañía de seguros, defraudan la confianza de sus pacientes o mienten a sus clientes”.

Las “guerras culturales” americanas entre progresistas y conservadores se libran ahora con la ferocidad propia de la Primera Guerra Mundial. No hay diálogo ni tregua posible en el espacio que separa las banderas bordadas con las palabras “progresista” o “conservador”. Se trata de una lucha a muerte entre el mercado libre conservador y el intervencionismo socialdemócrata.

Por eso la perspectiva de Callahan sobre la responsabilidad moral individual es tan interesante y reconfortante. Abre, por lo menos, la posibilidad de un diálogo entre los conservadores que centran su atención en temas como la delincuencia, las drogas, las relaciones prematrimoniales, el divorcio y la investigación con células madre, y los progresistas que denuncian los robos de guante blanco, la codicia y la desigualdad. Al fin de cuentas, tanto el adulterio como el robo están condenados en los Diez Mandamientos. Seguro que si los conservadores mostraran un poco más de interés por los robos de guante blanco, y si los otros hicieran lo mismo con los embarazos de las adolescentes, llegarían a un punto de encuentro.

No es que Callahan haya sacado la bandera blanca. En vez de culpar al individualismo radical de los años sesenta (tan atacado por los conservadores), señala con el dedo a la generación de “la codicia es buena” que se esparció en los años ochenta con Ronald Reagan. El problema de fondo, piensa, es que el sistema de libre mercado premia la codicia insaciable más que el trabajo duro y las virtudes.

“Las dos décadas pasadas han visto cómo crecía la codicia, la competencia se hacía más dura, y el materialismo aumentaba, mientras que declinaba la preocupación por la comunidad, el servicio y la responsabilidad social. En una América que venera a los triunfadores y es dura con los perdedores, no es de extrañar que mucha gente se libere de cortapisas para salir adelante. Por otra parte, las regulaciones laxas de los gobiernos hacen más fácil la trampa y el engaño”, protesta Callahan.

Los partidarios de un mercado sin trabas echan la culpa del lado oscuro de la libre empresa a una cultura dominante que no aprecia virtudes como la solidaridad y la honradez. En palabras de William McGurn, redactor jefe de economía del “Wall Street Journal”, “la ley es más eficaz cuando ratifica un consenso social. Es menos eficaz cuando trata de imponer ese consenso”.

Pero Callahan insiste en que esto no es suficiente. Se necesitan regulaciones más exigentes para elevar el tono moral. En primer lugar, hay que disuadir a los listillos para que dejen de engañar. Tienen que darse cuenta de que no viven en un universo moral diferente, y de que están gobernados bajo las mismas leyes que los demás.

Las pequeñas corrupciones

Además, al gobierno le conviene que la “clase ganadora” sea honrada para evitar lo que Callahan llama “la corrupción escurridiza”.

“¿Qué pasa cuando eres una persona corriente de clase media que lucha por llegar a fin de mes, y sientes continuas presiones para imitar la buena vida que aparece en la televisión y en las revistas? ¿Qué ocurre cuando piensas que el sistema se ceba con gente como tú, y dejas de creer que las reglas del juego son justas? Pues que acabas construyéndote tu propio código moral”.

“A lo mejor empiezas a engañar con más frecuencia en tus impuestos, ansioso de mejorar tu bienestar, y convencido de que la normativa fiscal favorece injustamente a los ricos. O a lo mejor empiezas a hacer un mal uso de la cuenta de gastos en la empresa para adquirir algunos pequeños lujos que no están a tu alcance, y te justificas diciendo que los directivos cobran sueldos astronómicos, mientras que tú sólo estás haciendo una cosa insignificante”. A menos que la gente piense que puede ganar cumpliendo las reglas del juego, será muy difícil crear una sociedad en la que no impere la cultura del engaño, sostiene Callahan.

Quizá lo que falta en el análisis de Callahan es una referencia a las razones de fondo que llevan a las personas a ceder a la tentación y al mal ejemplo, o a los motivos por los que deberían ser virtuosos incluso cuando nadie les vaya a descubrir. Su libro sería más redondo con un poco más de ética y un poco menos de sociología. Pero aun así merece una felicitación por poner la honradez personal entre los temas importantes de la agenda nacional.

Michael Cook

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