Hay más bien que mal

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Se oye mucho eso de “no es ético ni moral”. En teoría se suele distinguir entre la moral, conjuntos de normas, y la ética, que sería la reflexión filosófica sobre esas normas. Pero cuando se dice corrientemente “no es ético ni moral” se usan los términos como sinónimos y lo que hay es una insistencia.

Para hacer ver que, salvo en una sociedad corrompida, modelo Sodoma-Gomorra, hay más bien que mal, hay que empezar definiendo qué se entiende por bien. La reflexión ética sufrió en el siglo XX un cierto estancamiento, porque se sostenía que era imposible dar con una noción de bien.  En 1903, en Principia Ethica, G.E. Moore escribía: “La cuestión fundamental de la ética es cómo definir ‘bueno’. Es imposible definir ‘bueno’ porque se trata del nombre de una característica de las cosas absolutamente simple e inalcanzable”. Añade: “Aunque no podamos definir ‘bueno’ ni hay demostración que pueda ser aducida para acreditar que algo es intrínsecamente bueno, podemos reconocer como tales una serie de cosas intrínsecamente buenas. El objeto significado por la palabra ‘bueno’ solo se puede intuir”. Ya es algo. Pero es que, además, Moore concreta: “El afecto personal y el aprecio por lo que es bello en el arte y en la naturaleza son buenos en sí, son las cosas que vale la pena tener permanentemente en virtud de ellas”. 

Ludwig Wittgenstein dijo algo semejante el 2 de enero de 1930, en la Universidad de Cambridge, en la conferencia “Acerca de  la ética y el valor”, solo conocida tras su publicación por primera vez en enero de 1965 en The Philosophical Review (Wittgenstein’s Lecture on Ethics). Parece que se confirmaba lo de no considerar la ética como ciencia. La conferencia terminaba así: “Mi tendencia total, y creo que la tendencia de todos los hombres que han intentado escribir o hablar sobre ética o religión, era arremeter contra los límites del lenguaje. Este arremeter contra las paredes de nuestra prisión es cabal y absolutamente sin esperanza. En tanto la ética surge del deseo de decir algo sobre el sentido último de la vida, sobre lo bueno absoluto, sobre lo valioso absoluto, no puede ser ciencia. Lo que dice no agrega nada a nuestro conocimiento en ningún sentido. Pero es un documento de una tendencia del espíritu humano que yo personalmente no puedo menos de respetar profundamente y que nunca ridiculizaría”.

La ciencia es solo una parte de la experiencia humana. Y en esa experiencia hay pocas cosas tan frecuentes como la experiencia del mal… y más aún del bien

Si, tras un salto, llegamos a la posmodernidad, filósofos como Gianni Vattimo siguen de acuerdo con que no hay demostración para la ética: “La ética no puede hablar en términos demostrativos” (en Nihilisno y Emancipación, de 2003). Pero, por otro lado, “el filósofo hermenéutico propone sus tesis no sobre la base de una demostración, sino casi como un juicio de gusto [esto recuerda mucho a David Hume: la anotación es mía], cuya universalidad se realiza como resultado de un consenso siempre contingente y dispuesto a ampliarse” (en Más allá de la interpretación). En resumen, huyendo de la demostración, de la objetividad y, en el fondo, de la metafísica, la ética queda en el ámbito de la intuición, del gusto, de lo místico incluso.

Ascendiendo por lo ético

Pongamos que es difícil en esto un lenguaje científico, si se limita lo científico a las matemáticas y a las ciencias experimentales. Pero es que la ciencia es solo una parte de la experiencia humana. Y en esa experiencia hay pocas cosas tan frecuentes como la experiencia del mal… y más aún del bien.

Pongamos también que escribir sobre el bien y el mal no es hacer ciencia, sino otra cosa, quizá literatura. ¿Por qué no? Gracias a la literatura, se ha podido tener una conciencia casi empírica del bien y del mal. En el caso del mal, un ejemplo: la lady Macbeth de Shakespeare. “¡Baja, horrenda noche, y envuelve en tu palio la espesa humarada del infierno! ¡Que mi agudo puñal oculte la herida que va abrir y que el cielo, espiándome a través de la cobertura de las tinieblas, no pueda gritarme: ‘¡Basta, basta!’”. Hay plena conciencia del mal que va a realizarse, de su crueldad, pero ni un atisbo de posible arrepentimiento. Al contrario, pide ayuda al infierno para que oculte una posible intervención del cielo.

Lo que todos buscan

Muchas veces ha sido citado unas enigmáticas palabras de Píndaro, del siglo V a.C., en la oda Pítica II, verso 73, del que se han hecho muchas traducciones. La que me parece más cargada de sentido es: “Aprende a ser quien eres” o, de otro modo: “sé  quien eres”. El verso es enigmático porque lleva a la pregunta “¿quién soy?” o, de manera general, “¿quién, qué es el ser humano?”

El ser humano no es unívoco o monotemático; está lleno de facetas, de aspectos, de pliegues. El ser humano es sentidos, inteligencia, voluntad, instinto, pasiones, sentimientos… Quiere saber, pero también dudar; quiere paz, pero también inquietud; quiere gozar antes que sufrir; quiere dominar antes que ser dominado… 

Para una visión ética lo esencial es que el ser humano quiere, antes que nada, el bien. “Bien, escribía Aristóteles, es lo que todos buscan”. La objeción que surge inmediata es: si quiere el bien, ¿cómo es tan frecuente el mal? Aristóteles y muchos después de él responderían que también el mal se quiere “en razón de bien”. Nadie hace el mal en razón de que es mal, sino de que es un bien (para él). Para el homicida, cualquiera que sea su motivación (robo, venganza, sadismo), matar es un bien para él. Si lo considerara un mal (para él) no lo haría. También el suicida, excluyendo los casos de grave enfermedad mental o los de la consciencia alterada por droga, se quita la vida pensando que es un bien para él. Fuera de estos casos límite, la aspiración continua y concreta de cada individuo de la humanidad es “que las cosas me vayan bien”.

Regla áurea

Se suele decir hoy, con cierta frecuencia, que el bien y el mal son cosas relativas que cada uno interpreta a su manera. Sin embargo hay una antigua reflexión, presente en todas las culturas que han dejado constancia escrita (la bíblica, la china, la india, la musulmana) que ha sido denominada regla áurea: “No quieras para otro lo que no quieres para ti”. Se trata de una regla formal, no material: es decir, no se indica lo que está bien o lo que está mal en concreto, sino que se da una norma general para poder juzgar con acierto. 

En todas las culturas hay conciencia de que existen comportamientos que están mal y que merecen condena

Si esto resulta demasiado “formal” o “abstracto”, ha habido tradicionalmente otro medio para conocer qué está mal: promulgando preceptos para indicar lo que no debe hacerse, porque está mal. Viene a la memoria enseguida el decálogo bíblico, muy claro en los libros del Éxodo y Deuteronomio: no matarás, no cometerás adulterio, no hurtarás, no darás falso testimonio del prójimo… Pero lo mismo existe en otras muchas culturas antiguas. Por ejemplo, el Código de Hammurabi, que data del 1.750 a.C., es ya un código penal, donde se señalan los delitos y las penas. En Roma, la Ley de las Doce Tablas, del siglo V a.C., es una regulación jurídica que abarca muchas materias. Pero en lo penal, es decir, en el señalamiento de comportamientos que se juzgan malos, es muy explícita. 

En todas las culturas hay conciencia de que existen comportamientos que están mal y que merecen condena. Al mismo camino se llega evocando lo que es quizá la más antigua y actual protesta humana: “¡No es justo!”. Lo que significa que lo injusto es malo y lo justo, por contraposición, bueno.

Realización del bien

Dada la condición humana, no es factible la completa desaparición del mal, de lo que hay constante testimonio en la historia y hasta hoy mismo.  Pero sí es factible el progreso en la realización del bien, de forma que se pueda evitar el mayor número de males posibles. Es, en esencia, lo que san Pablo escribe en Romanos 12, 21: no seas vencido por el mal, sino vence al mal con el bien. Por la misma época, Epicteto /55-135) escribía en su Enchiridion: “¿Dónde entonces ponemos el bien?, ¿a qué entidad lo adscribimos? A lo que depende de nosotros”. “Agárrate a lo que en el fondo de tu corazón sabes que está bien”. 

Sucede algo notable: el catálogo del mal, de lo malo, está completo y es conocido desde el principio de la Humanidad. Los crímenes que se cometen hoy han sido cometidos innumerables veces antes. El bien, en cambio, por mucho que se haya hecho y se conozca, es un continente donde quedan amplias zonas por descubrir. El reconocimiento de los derechos humanos –que son bienes para cada persona en concreto, en sí misma, por el hecho de ser–  ha sido una labor tardía. Aunque recibió un empuje en el siglo XX y en lo que va de este, todavía queda mucho por saber y, sobre todo, por hacer. 

Hábitos y virtudes

Para que haya una continuidad en el hacer se requiere que la acción se haga hábito. Y para el hacer el bien se necesitan “buenos hábitos”, que es lo mismo que decir “virtudes”. No es frecuente hoy, en los ámbitos públicos civiles, un discurso sobre la virtud. Hay una protesta o denuncia casi continua sobre determinados males en los ámbitos de la política, la economía, la administración de justicia. Pero el análisis no señala las causas de esos males, que son vicios (codicia, egoísmo, injusticia…) Al no esclarecerse los vicios no se cae en la cuenta de que la solución está en la práctica de las virtudes. Cuando se hace alguna consideración en ese sentido aparece casi con total seguridad la palabra “moralina”. Como si acusar de “moralizar” no fuese también moralizar.

Se puede observar que, si no se suele hablar públicamente de virtudes en los ámbitos civiles y políticos, apenas hay nadie que desee que acciones concretas de los vicios se ceben contra él. No deseamos que se nos mienta, que se nos difame, que se nos robe, que se nos estafe. No digamos que se nos torture o que se nos mate. Pero esto quiere decir que deseamos que se nos trate con verdad, con justicia, con sinceridad… Y eso son acciones buenas. Y no deseamos que esas acciones sean inconexas, de modo que un día se nos dice la verdad y otro día se nos mienta. Deseamos que sean hábitos… buenos. Y esa es la definición de virtud. 

Se puede concluir que quizá no podemos definir de modo exacto qué es el bien, pero la razón y la voluntad lo reconocen cuando lo ven y también cuando se le echa en falta. Y podemos decir con más seguridad de la que da la ciencia: “Eso está bien”. Pero, ¿cómo se demuestra que, salvo excepciones, hay más bien que mal? Puede servir este sencillo razonamiento: el bien es constructivo; el mal destructivo; si hubiera más mal que bien, de forma progresiva llegaría el momento en que se caerían los palos del sombrajo que sostienen la sociedad; dado que lo fundamental de esta sigue en pie, hay más bien que mal.

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